Rescoldo: los últimos cristeros de Antonio Estrada

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La editorial Encuentro en su sección de Literatura nos ofrece una novela recomendada por el mismísimo Juan Rulfo; pero Rescoldo no es una novela etiquetable, con perdón, no es ni siquiera una novela. Rescoldo es la vida; es una vida al límite, admitámoslo, y no hay drama que la iguale ni novela que se le asemeje; no hay teatro que la interprete ni pasión que la alcance. No hay rebajas, no hay exageraciones ni concesiones… es veraz, es dura, es sincera, es grandiosa y a la vez pequeña, es épica y cercana.
Rescoldo es una ventana a lo mejor y lo peor de aquella realidad mejicana: la dureza de la persecución, la aspereza de un camino, el dolor de una herida, el desgarro de una pérdida, el lloro de una madre, la contracción del miedo, el fragor de una batalla, la soledad de la duda, el resquemor de un odio, el pálpito de un corazón a la fuga, el sabor de la amargura, la belleza de un paisaje, el encanto de una flor, el recuerdo en un aroma, el calor de un abrazo, el cariño de los propios, el peso del deber y el consuelo de una fe inquebrantable…
¿El marco? La segunda cruzada cristera. Como el tímido rebrotar de una llama que se yergue al azote del viento contra unas brasas extenuadas, así nació aquella guerra; al calor, o mejor, al amor del rescoldo que aún perduraba en los corazones de algunos cruzados de la primera cristiada. No es el resentimiento, es el amor a Dios y el amor a la patria lo que mueve el corazón magnánimo y valiente del coronel Lencho Estrada y lo lanza de nuevo al monte al grito de «¡Que viva Cristo Rey!»
En una escritura mejicana cien por cien, en un lenguaje que nos es extrañamente familiar y complejo, de una belleza inusual y exquisita, quien nos lo describe es su hijo Antonio: un escritor del que todo el mundo hablaría si no fuera por su origen y por sus convicciones. Su memoria, escondida en estas líneas, ha vivido clandestina durante años ante la persecución de unos gobiernos ateos, masónicos y crueles. Él lo vive y lo cuenta. Él lo siente y nos lo hace sentir. Compartir sus sentimientos es algo inevitable. Queda advertido: todo lo arriba escrito lo sentirá y mucho más. Si no ha llorado jamás, llorará; si no ha visto la sierra de Durango, la verá; si no ha conocido el miedo, lo conocerá; si no ha palpado al valor, lo palpará; si no se ha sentido nunca desolado, se sentirá; si no le ha dolido jamás un libro, le dolerá.
Dios es lo primero y esta frase sencilla exige algunas veces acciones heroicas. Lencho Estrada, su familia y sus cristeros son hoy nuestros héroes. Pero el coronel, el esposo, el padre, el amigo, el hijo fiel de la verdadera Iglesia de Cristo tiene un corazón como pocos: entre incomprensiones, entre odios, entre el clamor de la necesidad más elemental y primaria… el honor de Dios, el deber de la lucha pro aris et focis se le imponen. Y ese corazón heroico, con sus limitaciones y sus virtudes, es el que nos va a meter el autor, sin pedirnos perdón ni permiso, entre pecho y espalda. No quiera huir, sienta; Dios hará el resto.