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Transhumanismo y pandemia

A menudo se ha hecho el paralelismo entre nuestra época y aquella del derrumbe del Imperio romano en el siglo v. La velocidad de expansión del imperio, la grandeza de sus gestas, el alcance de sus conquistas y la fuerza de su fundación todavía resonaba en los cantos de Virgilio.

«Cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis»

La experiencia, como profesional sanitario, de atender de forma directa a enfermos con COVID 19 ha sido muy intensa, y con una gran mezcla de situaciones, tanto positivas, como negativas.
Mi caso particular ha consistido en la atención médica de enfermos con coronavirus ingresados en una planta de hospitalización. En esta planta ingresaban, por lo general, pacientes con formas graves de la enfermedad (neumonía bilateral con insuficiencia respiratoria).

Pensar y vivir la Eucaristía como miembros de la Iglesia

En una situación como esta puede resultar muy iluminador recuperar las enseñanzas sobre la Eucaristía de un papa santo, como Pablo VI, quien en su Encíclica Mysterium fidei (3.9.1965), publicada tres meses antes de la clausura del Concilio Vaticano II, salía al paso de algunos motivos de preocupación en torno al misterio eucarístico, entre los cuales enumeraba el valor de las llamadas «misas privadas», es decir, aquellas misas que celebra el sacerdote solo, sin presencia de pueblo fiel.

Un virus que derrumba nuestras utopías*

Dios, Nuestro Señor, nuestro único Señor, en su admirable Providencia, nos está regalando, con esta peste, una oportunidad maravillosa de volver a Él; de encontrar en su Sagrado Corazón la cura de todos nuestros males, y alzar nuestra mirada, de una vez por todas, hacia nuestro destino final: el Cielo. Que esta plaga haya surgido, y se haya expandido, sobre todo donde reina el materialismo ateo, puro y duro, debe hacernos recordar que toda carne es como hierba y toda su gloria como flor del campo: la hierba se seca y su flor se marchita (1 Pe 1, 24).

San José, nuestro padre y Señor

Dice santa Teresa de Jesús que «es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado santo». Por lo cual, escribe la santa, «tomé por abogado y señor al glorioso san José. Vi claro que así de esta necesidad como de otras mayores de honra y pérdida de alma este Padre y Señor mío me sacó con más bien que yo le sabía pedir».