A propósito de Alfie Evans

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Todos hemos seguido con atención y oración los sucesos que han marcado los últimos días de vida del niño Alfie Evans. Se ha escrito tanto que es imposible reseñarlo todo, pero no podemos dejar pasar la ocasión de reproducir algunos de los textos que mejor nos pueden orientar.
Escribe Miguel Ángel Quintana en The Objective que «en el Imperio romano la tasa de mortalidad infantil superaba el treinta por ciento. Cuando nace un pequeñuelo, se le pone a los pies del padre y sólo si éste lo alza en brazos se considera que lo ha reconocido; de no hacerlo, se abandonará a la criatura, que morirá de hambre o quién sabe si saciará la de los perros. También puedes, en lugar de abandonarlo, “exponerlo” (tracemos distinciones): en este caso el bebé se convertirá en “expósito”, cualquiera podrá recogerlo por la calle y llevárselo a casa.
[…] Esta mentalidad sólo cambiará cuando el cristianismo comience a echar raíces por los predios de Roma, condene taxativo el infanticidio e incluso equipare el mundo infantil con el Reino de los Cielos (Mc 10-14). Empieza entonces a fraguarse una idea extraña, que ya los estoicos habían avanzado: la de que los seres humanos (a diferencia de los caballos, las monedas o las fincas) no tenemos mayor o menor precio, sino que el valor de todos nosotros es idéntico y es máximo. Surge ahí lo que llamamos desde entonces “dignidad” humana. Lo que ha configurado, mal que bien, Occidente a lo largo de dos milenios: nuestras leyes, nuestra moral, nuestra cultura. También nuestra tranquilidad.
Hace unos pocos siglos las cosas, empero, comenzaron de nuevo a mutar. La idea de dignidad empezó a parecer demasiado vaporosa. ¿Dónde está, por qué no encontramos al abrir un cuerpo, esa cosa llamada dignidad que hay que respetar a toda costa? También empezó a parecer una idea demasiado exigente: ¿por qué habría yo de respetar esa presunta dignidad de todos?
Surgieron entonces dos propuestas que hoy ya han cuajado lozanas. La primera reza así: quizá baste con los sentimientos de compasión que sentimos de modo natural unos humanos hacia otros para ir tirando; quizá no haga falta hablar de absolutos como la dignidad o como los mandatos divinos o elevar al ser humano con un valor incomparable al del resto de las cosas. Las normas absolutas se sustituyeron entonces por la empatía.
[…] La segunda novedad, consecuencia de la anterior, que desde hace unos pocos siglos ha ido cristalizando a nuestro derredor es que lo importante no es tanto la vida, o el sentido de esta, o su dignidad, palabras todas ellas demasiado rimbombantes para nosotros, meros mortales. Seamos más humildes: lo que de verdad cuenta es pasarlo bien y evitar pasarlo mal. La vida es una cuenta corriente en que tienes que acumular ingresos de felicidad y disminuir los gastos que cualquier dolor le supone. Si en tu cuenta corriente empiezas a tener demasiados gastos o entras incluso en números rojos, esa cuenta valdrá menos (lo sabe cualquier banquero) que la de un tipo, más acomodado, que ingrese más y más placeres. De hecho, párate y reflexiona: ¿tiene de verdad sentido que mantengas una cuenta de ahorro en que sólo sustraes cantidades y apenas eres capaz de acumular experiencias positivas? ¿Qué aportas al bienestar de tu nación si sólo te pierdes en dolores y no contribuyes con alegrías?
[…] Alfie está enfermo, muy enfermo. No se sabe bien de qué, pero los médicos calculan que no le queda por delante mucho tiempo. Su estado es semivegetativo. Unos jueces ingleses han decidido entonces que su vida no merece los gastos que exige conservarla. Los padres de Alfie piensan de manera diferente. Italia ha concedido la nacionalidad a Alfie Evans para facilitar que sea trasladado al hospital Bambino Gesù de Roma, ciudad donde ahora tratan a los niños con dificultades en lugar de dejarlos, como antaño, expósitos. Pero los jueces británicos se niegan a permitir semejante traslado: han hecho sus cálculos y creen que eso no causará al niño ningún bienestar reseñable. Pues, recordemos, las cuentas corrientes de nuestros bienestares es lo único que importa, no la vida sin más.
Alfie fue desconectado de cualquier soporte vital terapéutico hace tres días (cuando redacto estas líneas), mas pese a ello sobrevive, para sorpresa de todos (se ve que los médicos no son infalibles al tasarnos cuánto nos queda de vida y si merece la pena que la vivamos). Aun así, el padre tuvo que suplicar el martes pasado que le den un poco de agua al niño, tras seis horas y una larga conversación con los médicos (quizá andaban algo molestos con que su previsión de muerte inmediata de Alfie no se hubiese cumplido).
Recurso tras recurso, los jueces han dictaminado que a Alfie le conviene (“it’s in his best interest”) que se le facilite morir cuanto antes. Recurso tras recurso, los jóvenes padres de Alfie (Tom y Kate), se empeñan en que la vida de su hijo tiene sentido digan lo que digan los tribunales. Diga lo que diga el saldo de su cuenta corriente de placeres. Diga lo que diga la mentalidad compasiva que cree que, en el fondo, le haces un favor a un enfermo cuando, para acabar con su enfermedad, lo eliminas a él también.»
En la misma línea escribía Enrique García Máiquez que «si una lección nos da Alfie Evans, es que hay una inutilidad más importante que todos los imperios. Un amigo ateo y partidario de la eutanasia está espantado con lo que ocurre. Porque Alfie nos avisa de lo que esconden los buenos deseos de la demagogia indolora, la solidaridad subvencionada y el humanitarismo al por mayor. Un peligro repugnante se cierne sobre nuestra libertad y nuestra dignidad. Si, a partir de ahora, alguien se espanta cuando le toque el turno, habrá que espetarle: “¿Para qué crees tú que vivió Alfie?”».
Porque si algo ha quedado claro, en palabras del profesor don Roberto Colombo, genetista de la Universidad Católica de Roma y miembro ordinario de la Pontificia Academia para la Vida, es que «al igual que con el pequeño Charlie Gard, también con Alfie se está en presencia de un “encarnizamiento tanatológico”, es decir, de una obstinación ideológica y carente de un razonable fundamento clínico y ético para poner fin a la existencia del niño. Los ingleses se refieren al encarnizamiento terapéutico con el término “obstinación terapéutica”, pero en este caso se podría hablar de “obstinación anti-curativa”. Esto es lo contrario de los auténticos cuidados paliativos, que prevén hacerse cargo del paciente incurable hasta el último instante de su vida, sin procurar anticipar su muerte con una eutanasia por omisión. La medicina tiene necesidad de liberarse de una ideología mortal que niega de raíz su vocación al servicio de la vida».
Una ideología mortal que viene de lejos. Lo señalaba David Warren en The Catholic Thing: «la legalización del aborto lleva inevitablemente a esto. Si las personas, incluidas sus propias madres, pueden escoger y elegir qué bebé por nacer es “querido” (y por lo tanto el equivalente moral de un ser humano) y cuáles son “no deseados” (y por lo tanto el equivalente moral de un gato enfermo), las puertas del Infierno quedan abiertas”. Añade Warren, a propósito del despliegue de policía para impedir que los padres pudieran llevarse a Alfie del hospital donde estaba retenido, que “esto era también previsible. Cuando se adoptan políticas que son contra naturam, es necesario imponerlas. Los defensores del antiguo orden deben ser silenciados, por temor a que se organicen. Para lo que llamaré el “liberalismo post aborto”, la oposición ya no es una cuestión de libertad de expresión. Es un acto de rebelión contra su dictadura del relativismo. Alfie debe morir, y los que piensan lo contrario son enemigos jurados del Estado”.
Por último, vale la pena detenernos en la valiente y clarificadora nota de Mons. Juan Antonio Reig Pla, donde advertía de que “lo que está sucediendo con este niño es un ataque a la institución familiar[…] Es necesario recordar el derecho-deber de los padres a custodiar el bien de sus hijos, ya que “es tal la patria potestad, que no puede ser ni extinguida ni absorbida por el poder público, pues que tiene idéntico y común principio con la vida misma de los hombres.” (León XIII, encíclica Rerum novarum, 10)».