La columna de Monseñor José H. Gómez, Arzobispo de Los Ángeles

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Los que gobiernan y moldean la dirección de la sociedad han desarrollado una hostilidad a la religión y a los valores tradicionales de la familia y de la comunidad. Con una frecuencia cada vez mayor, vemos que están utilizando la fuerza bruta de la ley y de las políticas públicas para imponer sus puntos de vista y para negar los derechos y las libertades de los que no están de acuerdo con ellos.
Esto lo vemos en todos los debates que ha habido en torno a los matrimonios del mismo sexo y a la identidad de género. Lo vemos en el modo en que los gobiernos federales y estatales están usando la anticoncepción, el aborto y la política del suicidio asistido para dictaminar que los creyentes religiosos y otros también, deben abandonar sus convicciones fundamentales para poder seguir operando sus negocios o sus ministerios.
No es exagerado decir que las elites culturales y del gobierno parecen ahora estar funcionando como si fueran una nueva religión que está imponiendo una nueva «ortodoxia» en el resto de la sociedad. Y obligándonos al resto de nosotros, a creer lo que ellos creen y a actuar de la manera que ellos quieren que actuemos.
En el corazón de esta nueva ortodoxia se encuentra un falso «humanismo», es decir, un peligroso conjunto de creencias acerca de lo que significa ser humano y de lo que hace que una persona sea feliz.
Para afrontar esta peligrosa dirección que está tomando nuestra sociedad, como católicos debemos comprometernos a ser personas de oración y compasión. Tenemos que pedir la fuerza y la sabiduría, y así como lo hicieron los apóstoles, necesitamos orar por quienes ostentan la autoridad.
Tenemos que defender nuestra libertad de servir a Dios y de seguir y promover la hermosa visión de la dignidad humana y de la felicidad que Jesús nos ha dado. (18/7/2016)