Elecciones en Israel: contra todo pronóstico gana Netanyahu, pierde Obama.

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Las elecciones legislativas en Israel habían adquirido tintes históricos, una disyuntiva en la que Israel debía elegir entre dos caminos y en la que todas las encuestas daban como perdedor a quien ha llevado las riendas del país durante los últimos años, Benjamín Netanyahu. Enfrentado al presidente estadounidense Barack Obama, debilitado por las escisiones en el seno de su partido, el histórico Likud, enfrentado con la prensa y con una intelectualidad judía que desea a toda costa vivir en un país normal, «a la europea», todo parecía indicar que Netanyahu iba a ceder su puesto al laborista Isaac Herzog, el hijo de Chaim Herzog, presidente de Israel desde 1983 hasta 1993 y nieto del gran rabino askenazi de Israel que asistió a la constitución del Estado de Israel. Y sin embargo, la victoria de Netanyahu ha sido amplia y clara, rompiendo todos los pronósticos y llevando al Likud a conseguir treinta escaños, una cifra que no obtenía desde 1996. Además, Netanyahu va a superar a David Ben Gurion como la persona que durante más años ha gobernado en Israel, entrando así en el panteón de los prohombres israelíes.

Si Netanyahu ha sido el gran vencedor, el gran derrotado ha sido el presidente Barack Obama. La animadversión entre ambos es grande y recíproca. Barack Obama inauguró su presidencia intentando abrir un nuevo periodo en las relaciones internacionales y muy especialmente en Oriente Medio, apostando por el diálogo y las concesiones. En lo que algunos han bautizado como una bella fiesta repleta de buenas palabras (que luego los hechos muchas veces desmentían), Netanyahu adoptó desde el principio el papel de aguafiestas, negándose a seguir el discurso de Obama y advirtiéndole de sus peligros. Siete años después, la política internacional de Obama se ha demostrado un enorme desastre, que ya no pueden defender ni los más cercanos al presidente estadounidense. Las decisiones de Obama han roto los frágiles equilibrios mundiales y han desencadenado un caos del que nadie sabe cómo salir: la tragedia siria, la amenaza iraní, la desestabilización de una inmensa región, desde el norte de África hasta Asia meridional, e incluso la guerra que ha regresado a Europa en Ucrania configuran un panorama desolador. Netanyahu, ahora, saca pecho y le echa en cara a Obama aquello de «ya te avisé», algo que saca de sus casillas al soberbio presidente de los Estados Unidos.

Esta animadversión alcanzó su máxima cota en las semanas previas a las elecciones. Netanyahu aceptó la invitación del líder de la mayoría republicana en el Congreso de los Estados Unidos y pronunció un histórico discurso en Washington, brillante y firme, que Obama interpretó como una agresión (fue la tercera ocasión en que Netanyahu toma la palabra en el Congreso estadounidense, un hito que sólo otro líder extranjero ha conseguido, Winston Churchill). Por su parte, el presidente estadounidense hizo todo lo posible por perjudicar a Netanyahu, desde atacarlo directamente, amenazar a Israel, apoyar explícitamente a Herzog o incluso enviar a su equipo a pilotar la campaña del candidato laborista, que aprovechó para prometer una nueva era de mayor entendimiento con Estados Unidos en caso de resultar ganador («ganaré seguro y tranquilizaré a Obama», llegó a afirmar el ahora derrotado Herzog). Este mensaje encontró eco entre la población cosmopolita de Tel Aviv, pero no entre la mayoría de israelíes, que vieron con malos ojos la intromisión estadounidense y, al contrario, ven a Netanyahu como un líder capaz de enfrentarse a los más poderosos de la tierra en defensa de Israel. Las amenazas por parte de la administración Obama de votar en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas a favor de una moción para el reconocimiento de un estado palestino es la última reacción de un Obama derrotado e irritado. Pero dentro de un año Obama estará dando conferencias mientras Netanyahu aún estará al timón de Israel.

Y es que esta victoria supone, como ya señalábamos, la consagración de Benjamín Netanyahu como uno de los líderes más influyentes en la moderna historia de Israel. Procedente también de una influyente familia, uno de sus abuelos, rabino, dirigió la famosa escuela hebrea de Varsovia, el gimnasio Krinsky y llegó a Tel Aviv en 1920, donde cambió su apellido por el actual Netanyahu, que significa en hebreo «regalo de Dios». Su padre fue el historiador Benzion Netanyahu, discípulo del padre del sionismo revisionista, Vladimir Jabotinsky, y uno de los más renombrados historiadores de la Inquisición. Tras negársele una cátedra en la Universidad de Jerusalén, Benzion marchó con su familia a Estados Unidos, donde sí pudo ocupar una cátedra en el Dropsie College. De su padre, Netanyahu ha heredado el convencimiento del carácter cíclico de las persecuciones contra Israel (bajo esta luz, y tras varias décadas de tranquilidad, contempla los planes nucleares de Irán). Benjamín, hasta ahora el único primer ministro israelí nacido en Israel, llegó a Pensilvania con 14 años y allí desarrolló una brillante carrera académica que le llevó a trabajar en el prestigioso Boston Consulting Group. Pero su vida dio un cambio brusco cuando su hermano mayor Yoni, héroe de la guerra del YomKippur y al que estaba muy unido, perdió la vida en la operación del aeropuerto de Entebbe, en Uganda, en el rescate de los rehenes secuestrados por terroristas palestinos. Benjamín regresó a Israel, se alistó en la unidad militar de elite Sayeret Matkal y posteriormente inició su exitosa carrera política con una idea muy clara: el conflicto entre judíos y árabes no tiene solución e Israel debe aprender a convivir y gestionar con esta situación sin hacerse ilusiones acerca de la resolución del mismo.

Durante la reciente campaña los opositores a Netanyahu han centrado sus propuestas en el coste de la vida, los precios abusivos de la vivienda, las amenazas a las pensiones… cuestiones relevantes en un país normal, un adjetivo que difícilmente se puede aplicar a Israel, un país cuya capital no es reconocida ni por sus aliados, que vive rodeado de enemigos por todos lados y cuyas colonias en Judea son como puestos de avanzadilla en un planeta hostil con una atmósfera mortal. En este contexto, la irrupción del Estado Islámico y el caos y la destrucción que imperan en la región han convencido a muchos israelíes de seguir apostando por las políticas de seguridad de Netanyahu, empezando por la negativa a crear a corto plazo un Estado palestino, hostil y en manos de organizaciones terroristas, que constituiría una base de lanzamiento perfecta contra Israel.

Precisamente los asentamientos fuera de las fronteras de 1948 han sido uno de los elementos clave de estas elecciones. Los colonos han apoyado masivamente a Netanyahu y en una situación en la que el proceso de paz con los palestinos sencillamente ya no existe y en la que las relaciones con Estados Unidos son gélidas, no es improbable que en los próximos meses veamos construir nuevos asentamientos.

Otro tema crucial que tendrá que abordar Netanyahu será el de la relación con los árabes israelíes, que con catorce escaños son la tercera fuerza en el parlamento israelí, si bien completamente aislados. Es previsible que ahora aumente la intensidad de las presiones para que sea sancionada formalmente la identidad judía del Estado de Israel, lo que significaría convertir a los ciudadanos árabes (entre los que se cuentan algo más de ciento veinte mil árabes cristianos, un 9% de la población árabe residente en Israel) en ciudadanos de segunda categoría.

Ahora Netanyahu debe abordar la política de alianzas para formar gobierno desde la posición de fuerza que le da el poder optar por, al menos, tres tipos de alianza que obtendrían la mayoría de la Knesset, el congreso israelí: una alianza con los partidos religiosos, con los partidos seculares nacionalistas o un gobierno de unidad con los laboristas. Todo es posible, pero lo que parece seguro es que Netanyahu, para bien o para mal, va a seguir marcando la senda por la que el Estado de Israel va a transitar en el futuro inmediato.