Ignacio Aláez Vaquero, compañeros seminaristas y familiares mártires en Madrid

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Ignacio Aláez Vaquero, compañeros seminaristas y familiares mártires en Madrid

El 21 de octubre de 2010 se iniciaba en fase diocesana la causa de canonización por martirio de siete seminaristas de la entonces diócesis de Madrid-Alcalá, uno de la de Santander y otro de la de Toledo; además de un sacerdote y un seglar, todos ellos asesinados en Madrid durante la persecución religiosa en los años 1936 y 1937. Dicha fase se clausuraba el 21 de octubre de 2014, pasando a fase romana.
El celoso promotor de las causas martiriales Monseñor Juan Antonio Martínez Camino, obispo auxiliar de Madrid, en la festividad en memoria de todos los santos y beatos mártires del siglo xx en España del pasado 6 de noviembre de 2017 prologaba un luminoso folleto de la delegación episcopal para las causas de los santos, presentándolos así:
«La Iglesia católica ha escrito en la España del siglo XX una de las páginas gloriosas de su historia con la sangre de más de cuatro mil sacerdotes y seminaristas diocesanos –además de tres mil religiosos y decenas de miles de laicos– que dieron su vida por ser católicos, por amor a Jesucristo y a su santa Iglesia. Entre ellos se cuentan los nueve seminaristas y sus familiares martirizados en Madrid en 1936 y 1937, cuya causa de canonización está ya en su fase romana.
Siete eran seminaristas de la entonces diócesis de Madrid-Alcalá, hoy provincia eclesiástica de Madrid. Se formaban en el Seminario conciliar de la Inmaculada y de San Dámaso, en las Vistillas. Son los siguientes:
Ignacio Aláez Vaquero, de 22 años, estudiante de filosofía.
Ángel Trapero Sánchez-Real, de 20 años, estudiante de teología.
Antonio Moralejo Fernández-Shaw, de 19 años, estudiante de filosofía.
Cástor Zarco García, de 23 años, subdiácono.
Jesús Sánchez Fernández-Yáñez, de 21 años, estudiante de filosofía.
Miguel Talavera Sevilla, de 18 años, estudiante de filosofía.
Pablo Chomón Pardo, de 21 años, estudiante de teología.
Mariano Arrizabalaga Español, de 21 años, estudiante de filosofía, seminarista de la diócesis de Barbastro, donde había nacido. Se estaba formando en el Seminario Pontificio de Comillas, en Cantabria, pero se encontraba en Madrid pasando con su familia las vacaciones de verano de 1936.
Ramón Ruiz Pérez, de 24 años, subdiácono, pertenecía a la archidiócesis de Toledo, pero había sido apresado en su pueblo natal de la provincia de Jaén y conducido a Madrid en el llamado «tren de la muerte», que transportó a la capital a unos ciento cincuenta presos jienenses –entre los que se encontraba el hoy beato obispo mártir de Jaén– asesinados junto a las vías en el Pozo del Tío Raimundo.
La causa de canonización de estos nueve seminaristas fue abierta en Madrid en 2010. El proceso diocesano se cerró en 2014 y continúa ahora en Roma. Con los seminaristas han sido incluidos también en la misma causa dos familiares que fueron martirizados con dos de ellos: Julio Pardo Pernía, (sacerdote, de 63 años, confesor de las Hospitalarias de Ciempozuelos, tío de Pablo Chomón Pardo) y Liberato Moralejo Juan, laico, de 60 años, padre de Antonio Moralejo Fernández-Shaw.

El Seminario de Madrid en 1936

El seminarista mártir Cástor Zarco García, en julio de 1936 escribía a sus padres desde el seminario: «Ayer hubo dos o tres quemas de conventos y algunos crímenes de pobres monjas. A unas las acuchillaron en la cara, a otras las desnudaron y a otras las arrastraron.»
Ante el cariz de los acontecimientos de las primeras semanas de julio, el rector del Seminario Conciliar de la Inmaculada y san Dámaso había suspendido las clases y enviado a sus casas a sus 215 jóvenes seminaristas, pero aquel sábado 18 de julio de 1936 les había convocado a un retiro predicado por el párroco de Carabanchel Bajo, don Hermógenes Vicente, mártir dos meses después, y en proceso de canonización. El director espiritual del seminario menor escribe: «Estando comiendo vino el portero a decirnos que las turbas habían roto ya la mampara de la entrada y penetraban en el recinto. Fuimos a la capilla a consumir las sagradas especies y, vestidos de paisano, salimos por la puerta de la huerta. Cada cual marchó a su casa. Al día siguiente llamé por teléfono preguntando si podría celebrar misa allí. Contestó un miliciano diciéndome que fuera, ¡que me iba a escabechar!» Ardían ya las parroquias de san Millán y san Cayetano, la basílica de Atocha y la colegiata de San Isidro.
Los asaltantes instalaron en el Seminario una checa, y luego las autoridades una cárcel. Se apoderaron de los expedientes de los seminaristas donde constaban sus datos y domicilios, y allí fueron a buscarlos para darles muerte. Sólo se ha podido recoger hechos fehacientes para introducir proceso de canonización de siete de ellos, aunque suponemos que otros, de los que no los poseemos, les acompañen también con sus palmas en las manos ante el Rey de los mártires.
A continuación expondremos una breve reseña de la vida de Ignacio Aláez Vaquero que encabeza la lista de los diez compañeros mártires y es una pequeña muestra de la vida que llevaron hasta el momento de su entrega final.

Ignacio Aláez Vaquero

Encabeza la causa el estudiante de filosofía Ignacio Aláez Vaquero de 22 años, hijo del peluquero Evelio Aláez y de Marina Vaquero, ama de casa. Estudió en los escolapios de San Fernando, y su padre, adorador nocturno, le transmitió su honda piedad eucarística. A sus 16 años ingresaba en el seminario, donde estudiaría seis cursos. De fina sensibilidad artística y poética, expresaba así sus ansias premonitorias de martirio:
«Yo quisiera incendiar el orbe entero, yo quisiera volverme misionero, y al infiel tus “locuras” predicar…
Y morirme después martirizado… ¡Que me importa, Jesús sacramentado, si al fin he conseguido hacerte amar!»
Al desatarse la fase sangrienta de la persecución religiosa en Madrid, se le ofreció refugio en el domicilio de un militar republicano amigo de la familia, pero Ignacio, sabiéndose denunciado, lo rehusó, permaneciendo en su casa. El 9 de noviembre una patrulla de milicianos de la checa de Líster, se presenta para un registro. Ignacio no oculta que estudia para sacerdote, y se llevan al hijo por «curita» y al padre por «fascista». No se tiene más noticia de ellos hasta la mañana siguiente en que sus cadáveres aparecen en el camino del quemadero de Fuencarral, en cuyo cementerio fueron enterrados.
Monseñor Martínez Camino concluye el folleto de presentación de los once siervos de Dios con esta invocación: «Quiera Dios que podamos celebrar pronto la beatificación de estos siervos de Dios, testigos de la fe hasta la sangre. El amigo lector encontrará aquí una oración para pedir este favor divino. Todavía no es posible rendir culto público a Ignacio Aláez y compañeros mártires, pero ya podemos acogernos de modo privado a su intercesión rogando al Señor, en particular, que mande muchos y santos trabajadores a su mies, jóvenes que respondan a la vocación sacerdotal, para ser servidores de la misión de Jesucristo entre nosotros.»