Golpe de estado y tragedia en Venezuela

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La situación en Venezuela, que se degrada cada día que pasa, ha estallado ya en un caos que se puede calificar de guerra civil. Las continuas manifestaciones masivas pidiendo nuevas elecciones y la liberación de los presos políticos son el último episodio de esta pesadilla.
El régimen chavista, dirigido por Nicolás Maduro tras el fallecimiento del caudillo Hugo Chávez, encarna el populismo más demagógico, la tiranía más despiadada y violenta, el socialismo más destructivo y el latrocinio generalizado e institucionalizado en beneficio de quienes sostienen al régimen (que no se contentan con acaparar las rentas provenientes del petróleo, del que posee las mayores reservas del mundo, sino que controlan también el narcotráfico).
Durante un tiempo la situación se pudo sostener, pero la caída del precio del petróleo (prácticamente la única exportación del país, representando el 96% del total) y la pésima gestión de la economía venezolana han llevado al país a una situación desesperada. La fijación de precios por parte del Estado, una de las medidas que más apoyo ha recibido por parte de la izquierda internacional y los grupos populistas, ha provocado el desabastecimiento, el abandono de la producción en muchos casos y la aparición del mercado negro. La hiperinflación, que ya ha alcanzado el 700 %, se prevé que acabe este año en el 1.600 %. La tasa de pobreza, disimulada por Chávez a base de petrodólares, ha escalado hasta niveles de hace dos décadas, llegando al 70 % según evaluaciones independientes, mientras que el éxodo de venezolanos no cesa.
La destrucción de la economía venezolana ha golpeado a todos los grupos, pero de modo especial a los más débiles: privados de antibióticos y a veces sin tan siquiera jabón, los hospitales públicos han visto la tasa de mortalidad de los recién nacidos de menos de un mes multiplicarse por cien entre 2012 y 2015 (y esto según las cifras oficiales). En el mismo periodo, la tasa de mortalidad de las madres se ha quintuplicado. Por no hablar de la inseguridad: con más de diez asesinatos al día, Caracas es una de las ciudades más peligrosas del mundo.
Maduro, lejos de ceder, se aferra con uñas y dientes al poder en un país que se hunde en el caos. Tras ser ampliamente derrotado en las últimas elecciones legislativas, ha dado un golpe de Estado a través del poder judicial, que controla, para quitar todo poder al Congreso. La reacción, en forma de marchas masivas, ha paralizado el país, pero el chavismo ha respondido con muerte, violencia y mayores restricciones (los medios de comunicación han sido reducidos al silencio). El diálogo promovido por el Vaticano en contra de las advertencias de los obispos venezolanos ha terminado por dar la razón a estos últimos: Maduro sólo quería ganar tiempo para golpear con mayor violencia.
Como ha escrito la Conferencia Episcopal venezolana en un valiente comunicado en Venezuela crece el hambre y la violencia: «la represión ha arreciado y es cada vez más dura en contra de los manifestantes en protestas cívicas, muchos de los cuales son jóvenes», al tiempo que «la desesperanza se apodera de la gente y se va perdiendo el sentido de la vida y no se ve un futuro prometedor para los jóvenes.»
No es de extrañar que la persecución de la autodenominada revolución bolivariana contra la Iglesia se haya también desatado. Como ha señalado el presidente de la Conferencia Episcopal, monseñor Diego Padrón, «los ataques no parecen casos aislados, sino que parecen perfectamente preparados para intimidar a la Iglesia católica». Estamos hablando de amenazas de muerte y blasfemias escritas en las paredes de las iglesias, de misas interrumpidas por la irrupción de «colectivos» chavistas o del cardenal de Caracas, Jorge Urosa, acallado durante la homilía y obligado a abandonar la iglesia. O de la venerada imagen del Nazareno en la catedral de Valencia cubierta con excrementos humanos. O de las curias de las diócesis de Guarenas y Maracay saqueadas y la sede de la conferencia episcopal arrasada. O mucho más grave: del robo de hostias consagradas en Maracaibo y de un sacerdote asesinado en Guayana y otro secuestrado.
Una situación trágica que desvela con claridad, para aquellos que hasta ahora se han negado a ver, lo que resulta obvio: el carácter tiránico y anticristiano del populismo chavista. Cuando escribimos estas líneas, el balance de asesinados por el chavismo durante estas protestas supera ya la cincuentena. Unas muertes que son también una denuncia del silencio atronador con que tantos líderes mundiales, dispuestos a condenar taxativamente un catálogo interminable de situaciones, pasan de puntillas por la tragedia de Venezuela.