Comentario de san Juan Crisóstomo a los salmos

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«Ten misericordia de mí y escucha mi oración»

Aunque hagamos innumerables cosas buenas, seremos escuchados por la gracia y la clemencia. Aunque lleguemos a la propia cima de la virtud, seremos salvados por la misericordia. De ahí que debamos aprender que después de la justicia es necesaria también el alma contrita. Y aunque uno sea pecador, suplique con humildad –lo que es parte de la virtud–, y podrá conseguir grandes cosas. Y si se acerca con arrogancia, aunque sea justo, se alejará de todos los bienes. Ambas cosas enseñó el ejemplo del publicano y el fariseo. Conviene, pues, conocer el modo de orar. ¿Cómo debe ser la oración? Aprende del publicano y no te avergüences de tomar tal maestro, pues actuó de tal forma que consigió todo incluso desprovisto de palabras. Además, puesto que su mente estaba dispuesta rectamente, bastó una palabra para que se le abriera el cielo. Y ¿cuál era su disposición? Se tenía a sí mismo como pecador, se golpeaba el pecho y no se atrevía a mirar al cielo.
También tu, si vas a rezar así, harás una oración más ligera que una pluma. Si el pecador se justificó por la oración, considera que sucederá al justo si aprende a hacer tal oración. Y por eso, tampoco en este punto antepone su persona, sino su oración ante la justicia, y después la súplica, diciendo: Ten misericordia de mí y escucha mi oración.

«Mas yo entraré en tu casa por la muchedumbre de tu misericordia»

En efecto, pues la Iglesia se formó de hombres de este tipo: griegos, magos, homicidas, hechiceros, embaucadores y corruptos, por eso dijo: Odias y detestas; y para mostrar que no fue liberada de esos hombres ni conducida al interior de la justicia por las buenas acciones sino por su clemencia, añadió: «Mas yo entraré en tu casa por la muchedumbre de tu misericordia». Así pues, que nadie pregunte: «¿Cómo tú, que hiciste también esto y aquello, fuiste salvada?». Se refirió al modo de la salvación; fue salvada por la mucha benevolencia y por el inefable bien dispensado. Pero hay algunos que no admiten misericordia, enfermos incurables, como eran los judíos; así, la gracia y la misericordia, aunque sea gracia y misericordia, sólo salvan a los que lo desean y retienen la gracia, no a los que son libertinos y no quieren admitir el don, como los judíos, de los que también Pablo dijo que, ignorando la justicia de Dios y buscando establecer la suya propia, no se sometieron a la justicia de Dios.

«Ten misericordia de mí, Señor porque soy débil»

Todos estamos necesitados de esta expresión, aunque infinitas veces nos mantengamos en la virtud o nos conduzcamos con la mayor justicia. Por lo mismo más adelante dice nuevamente: «No será justo ante ti todo viviente». Y también: «¿si tienes cuenta de los delitos quién podrá resistir?» Y Pablo: «Nada me reprocho a mi mismo mas no por ello quedaré justificado». Y otro pasaje: «¿Quién se gloriará de tener un corazón puro, o quien se librará de estar limpio de inmundicia?». En verdad todos estamos necesitados de misericordia, aunque no todos seamos dignos de ella. En efecto, si existe la misericordia, hay que buscar al que la merece. Así decía Dios a Moisés: «Tendré misericordia con quien tengo misericordia y tendré piedad de quien tengo piedad». Así pues, quien haya hecho algo digno de ser compadecido podrá decir: «Ten misericordia de mí»; pero quien rechaza el alcanzar ese mismo perdón, en vano dirá: «Ten misericordia». Ciertamente, si la misericordia tuviese que llegar a todos, nadie sería reprendido. Mas también ella misma tiene cierto juicio y busca al que sea digno y merecedor, para que goce de ella.