Jaque ruso a Estados Unidos también en Iraq

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Nos hemos hecho eco en el pasado de la crítica situación que se vive en Oriente Medio, de la desastrosa política estadounidense que ha generado el escenario en el que ha aparecido y crecido el Estado Islámico y de las tremendas y crecientes dificultades para las comunidades cristianas de la región, amenazadas incluso en su supervivencia. Esta situación, si bien se mantiene crítica, ha experimentado una ligera mejoría con la asunción por parte de Rusia de un papel más activo, actuando directamente en contra del Estado Islámico y apoyando los objetivos militares del régimen sirio de Bashar Al Assad, lo que ha supuesto un cierto respiro para los cristianos. Ahora, el parlamento iraquí ha votado, después de dos semanas de presiones y polémicas, la formalización de la petición a Moscú de extender sus bombardeos también a territorio iraquí para golpear con mayor eficacia a las fuerzas del Estado Islámico en Iraq.
El impacto militar de esta decisión lo comprobaremos en los próximos meses, pero ya se puede evaluar el impacto político: una importante derrota de los Estados Unidos y de la coalición internacional que en casi quince meses de actividad no han conseguido avances significativos, ni contra el Estado Islámico ni contra Al Assad. Ahora, con la decisión del parlamento iraquí de pedir ayuda a Rusia, uno de los principales aliados de Estados Unidos en la región, si bien no cambia de bando, al menos da un paso hacia una Rusia que se está consolidando como alternativa a Estados Unidos y que parece actuar con mayor eficacia, determinación y claridad de objetivos.
Con esta decisión, los ataques rusos podrán perseguir a los efectivos del Estado Islámico hasta sus santuarios en el norte de Iraq. Esta votación iraquí es especialmente dolorosa para los intentos de los Estados Unidos de controlar tan estratégica región, pues llega pocos días después de la visita al país del jefe del Estado Mayor estadounidense, Joseph Dunford, que había pedido explícitamente al primer ministro iraquí Haider al-Abadi que no abriera el espacio aéreo a los aviones rusos. El hecho de que una exigencia tan directa haya sido ignorada en un país teóricamente aliado, dice mucho acerca de la pérdida de credibilidad de los Estados Unidos tras casi una década de despropósitos en manos de la administración Obama. Frente al Estado Islámico se configura de este modo una coalición de facto entre Rusia, Siria, Irán y, ahora, Iraq. Se consolida también el papel de gran potencia en la zona de Rusia, que amplía su zona de influencia hasta el Golfo Pérsico, un objetivo que ni el Imperio zarista ni la Unión Soviética consiguieron alcanzar.
Mientras los poderosos combaten en el gran tablero de la región, los cristianos respiran hoy un poco más tranquilos que antes de la intervención rusa.