Beatificados nueve seminaristas mártires en Oviedo

Email this to someonePrint this pageShare on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+

El pasado 9 de marzo de 2019 tuvo lugar en la catedral de Oviedo la beatificación del Siervo de Dios Ángel Cuartas Cristóbal y ocho compañeros, jóvenes seminaristas asesinados en odio a la fe entre 1934 y 1937.
La ceremonia, presidida por el cardenal Angelo Becciu, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, y concelebrada por números obispos y casi la mitad del clero asturiano, dio comienzo con la entrada en procesión, al son del himno de los mártires y acompañadas por un grupo de seminaristas con ramas de laurel y lámparas, de las reliquias de los nuevos beatos, introducidas en la Caja de las Ágatas, joya de orfebrería prerrománica donada a la Iglesia en el año 910 por Alfonso III.
Esta trigésima beatificación de mártires de la persecución religiosa en España durante los años 1934 a 1939 –como señala Hispania Martyr– ofrece ciertas singularidades. En primer lugar, pone de manifiesto lo impropio de calificar a los mártires españoles como «mártires de la Guerra civil». «Los seminaristas mártires de Oviedo –afirmaba su paisano monseñor Juan Antonio Martínez Camino– forman parte de ese inmenso y blanco ejército de los mártires que ofrecieron sus vidas a Dios en el siglo xx. Seis de ellos fueron martirizados antes de la guerra. Y los tres asesinados durante ésta no murieron combatiendo en ningún frente, ni estaban alineados en ningún bando. Se les dio muerte por ser seminaristas. “Son curas y basta” fue la gran razón que oyó el seminarista superviviente a quienes les disparaban a quemarropa».
Por otro lado, también se da la circunstancia excepcional de que todos los beatificados eran aún seminaristas, con edades entre los 18 y 25 años, hecho que desmiente la extendida falacia de que durante la sublevación de 1934 se asesinaba al clero por su asidua connivencia con el poder político conservador, y tras el alzamiento de 1936 por su cooperación al golpe militar.
Estos jóvenes seminaristas, que no habían participado en ningún acto político, «fueron víctimas de (una) violencia feroz marcada por una acentuada hostilidad anticatólica, que tenía como objetivo la eliminación de la Iglesia, y en particular del clero. (…) Fue suficiente identificarlos como seminaristas para descargar sobre ellos su crueldad criminal, impulsados por el odio visceral contra la Iglesia y el cristianismo alguno. (…) Entusiastas, cordiales y devotos –continuó el cardenal Beciu durante su homilía–, se dedicaron por completo al estilo de vida del Seminario, hecho de oración, de estudio, del compartir fraterno, de compromiso apostólico. Siempre se mostraron decididos a seguir la llamada de Jesús, a pesar del clima de intolerancia religiosa, siendo conscientes de las insidias y de los peligros a los que se enfrentarían. Supieron perseverar con particular fortaleza hasta el último instante de sus vidas, sin negar su identidad de clérigos en formación. La afirmación de la condición de ser clérigos equivalía a una sentencia de muerte, que podía ejecutarse inmediatamente o ser retrasada, si bien no había ninguna duda sobre el destino que esperaba a los seminaristas una vez que habían sido identificados. Por lo tanto, cada uno de ellos, conscientemente, ofreció su vida por Cristo en las circunstancias trágicas ocurridas durante la persecución religiosa de los años treinta del siglo pasado».
También el pretexto de que los mártires fueron asesinados a causa del clima de enfrentamiento social imperante en aquella época y por su connivencia con el poder político y económico contrarrevolucionario queda desmentido por el hecho de que ninguno de estos seminaristas provenía de la burguesía acomodada, sino que «venían de las cuencas mineras; eran hijos de mineros, de agricultores, de marineros, y durante el verano tenían que ganarse el pan y trabajar para pagarse los estudios, lo que a duras penas conseguían. No eran lumbreras en inteligencia –señala el comboniano padre Fidel González, Relator de la Causa–, pero tenían un sentido de pertenencia eclesial y de fe tan sumamente arraigada que, a pesar de que habían recibido consejos de que no volviesen al Seminario, a veces incluso por parte de los mismos párrocos, sin embargo ellos, perfectamente conscientes del peligro que corrían, tras el verano, decidieron volver aquel curso al Seminario, sabiendo a lo que se exponían».