Stanley Payne aclara el origen de la guerra civil y denuncia la imposición de lo políticamente correcto

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La revista Nuestro Tiempo incluye una interesante entrevista al prestigioso hispanista Stanley Payne. Allí señala, a propósito de la imposición de una versión oficial (y falsa) de la historia por parte de la izquierda, que «un historiador debe decir la verdad, pero en España existe una interpretación distorsionada de la realidad. La historia contemporánea de España sufre de una profunda corrección política y se considera revisionista a cualquiera que discrepe de la versión dominante. La verdadera historia siempre tiene cierto componente de revisión: surgen nuevas investigaciones, afloran datos desconocidos, se accede a archivos clausurados… Con toda esta nueva información deben revisarse los relatos anteriores. Ésta es la base de investigación científica, pero la izquierda occidental no lo acepta porque hay una ortodoxia que se blinda contra la realidad. Los hechos no importan, o importan muy poco, si rebaten la versión oficial. Es lo que pasaba en el bloque comunista: si la realidad no confirma mis teorías, la culpa es de la realidad».
Más adelante, abordando la situación que se vivía en España en 1936, Payne explica que «en 1936 ya no existía en España un sistema democrático: entra en una fase de desgobierno, de abusos, de manipulación del parlamento, de inaplicación de las leyes. La situación política en España en 1936 era tan desastrosa que lo que ocurrió podía haber sucedido en cualquier país en las mismas circunstancias. Ahora bien, en los Estados Unidos la gente no habría soportado el abuso gubernamental que se produjo en la primera mitad de 1936. Podemos decir, por tanto, que los españoles fueron muy pacientes y que se acorraló a la oposición conservadora ¿Había alternativa a la rebelión del 18 de julio? El país sólo tenía dos alternativas: someterse al atropello u optar por la violencia, un recurso que las izquierdas habían empleado anteriormente en seis ocasiones: la primera, las huelgas insurreccionales de diciembre de 1930, después, tres levantamientos anarquistas, quinta, la revolución socialista de Asturias en 1934 y, sexta, el terror callejero desde enero del 36 que el gobierno toleró.»
Y acaba el prestigioso historiador con una reflexión sobre el momento que vivimos: «Es curioso que, después de la derrota de los totalitarismos y tras el establecimiento de la democracia liberal, hemos pasado de una dictadura comunista en sociedades enteras a una dictadura blanda en todo Occidente. No es un control tiránico, pero sí una penetración ideológica en los medios de comunicación, en la educación media y superior… Existe una agenda de corrección política que trata de excluir al disidente. Aunque parezca menos grave, esta exclusión es más preocupante, ya que cuesta más trabajo identificarla. No utiliza la violencia física, como sucedía en la Unión Soviética o ahora en Venezuela y Cuba, sino que forma estados de opinión que etiquetan al que se opone (llamándole antidemócrata, xenófobo, machista…). En España ocurre con el relato oficial sobre la Segunda República, que retoma la propaganda de guerra del Frente Popular como la verdad histórica y que rechaza las investigaciones que demuestran que ese discurso no recoge la verdad.»