Razón del número

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Dedicamos el presente número de la revista a conmemorar gozosamente el 25 aniversario de uno de los actos mas importantes del magisterio pontificio del siglo xx, nos referimos a la aprobación por Juan Pablo II del texto del Catecismo de la Iglesia católica. En unos tiempos en los que, como dijo Benedicto XVI, vivimos rodeados y por tanto influenciados por un ambiente cultural dominado por la dictadura del relativismo, el Catecismo ha constituido el lugar de referencia de la fe de la Iglesia y regla segura de su enseñanza.
A lo largo de su historia la Iglesia ha tenido que salir al paso de aquellas afirmaciones teológicas de carácter dogmático o moral que se apartaban en algún punto de la verdad que la Iglesia profesa y enseña. Prácticamente todos los concilios ecuménicos estuvieron relacionados con esta tarea magisterial. De igual modo, muchos actos del magisterio ordinario de la Santa Sede también tuvieron como objeto condenar algún error teológico y afirmar la doctrina católica. A principios del siglo xx con la aparición del modernismo teológico, los errores ya no afectaban a un punto concreto del dogma o de la moral sino que era toda la religión católica que era sustituida por un sistema de pensamiento que bajo el ropaje de un complejo lenguaje religioso ponía en entredicho todo el dogma católico. A pesar de la firme condena de Pío X en la encíclica Pascendi, el modernismo no ha dejado de tener presencia en algunos ambientes eclesiásticos. Esto explica el contenido de una parte importante del magisterio pontificio de los papas del siglo xx; recordemos como altamente significativos la encíclica Humani generis de Pío XII, el Credo del Pueblo de Dios de Pablo VI y en este mismo sentido podemos interpretar la oportunidad del Catecismo promulgado por Juan Pablo II.
Otro de los «dogmas» de nuestro tiempo es el pretendido pluralismo como algo inherente a la diversidad humana y por tanto necesario en todos los campos del pensamiento, incluido el teológico. De acuerdo con ello una afirmación contraria a la fe puede ser presentada como una opinión más o menos discutible pero en todo caso aceptable. Como afirmaba nuestro maestro Francisco Canals en un artículo escrito con motivo de la promulgación del Catecismo: «El Catecismo lo que no contiene son “opiniones” ofrecidas a la discusión. Convendría no olvidar que ninguna opinión puede ser en sí misma verdad salvífica, ni tiene que ser contenido esencial de una tarea de predicación o de catequesis… El Catecismo ofrece un tesoro de verdades que han de ser creídas con fe teologal o afirmadas con asentimiento cierto, u obedecidas en la vida moral individual y colectiva como cumplimiento de la Ley y la voluntad de Dios».
Por ello este número quiere ser una acción de gracias a Dios por este acto del magisterio pontificio que ha sido un don providencial para la Iglesia de nuestro tiempo y pedimos a Dios que ojalá sirva este Catecismo «para la renovación a la que el Espíritu Santo incesantemente invita a la Iglesia de Dios» en palabras de Juan Pablo II.