Interesante debate sobre la historicidad e inspiración de los Evangelios

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Las palabras del padre Arturo Sosa, S.J. acerca de la fiabilidad de los Evangelios han provocado, como era lógico, numerosas reacciones. Las polémicas palabras, en respuesta a una pregunta en la que se le pedía que valorase las palabras de Jesucristo «lo que Dios unió, no lo separe el hombre», son las siguientes:
«Antes que nada sería necesario comenzar una buena reflexión sobre lo que verdaderamente dijo Jesús. En esa época nadie tenía una grabadora para registrar sus palabras. Lo que se sabe es que las palabras de Jesús hay que ponerlas en contexto, están expresadas con un lenguaje, en un ambiente concreto, están dirigidas a alguien determinado.»
El padre Sosa señala a continuación «que la palabra es relativa, el Evangelio está escrito por seres humanos, está aceptado por la Iglesia que, a su vez, está formada por seres humanos… ¡Por lo tanto, es verdad que nadie puede cambiar la palabra de Jesús, pero es necesario saber cuál ha sido (esa palabra)!».
Y sigue afirmando que la palabra de Jesús «no se pone en duda, se pone en discernimiento», lo que se pone en duda «no es la palabra de Jesús, sino la palabra de Jesús tal como nosotros la hemos interpretado». Y a la cuestión de quien decide finalmente este discernimiento, el prepósito general de la Compañía de Jesús responde que «la Iglesia ha confirmado siempre la prioridad de la conciencia personal». Un discernimiento que contrasta con la doctrina: «Doctrina es una palabra que no me gusta mucho, lleva consigo la imagen de la dureza de la piedra. En cambio la realidad humana es mucho más difuminada, no es nunca blanca o negra, está en un desarrollo continuo». Otro rasgo del discernimiento, según el padre Sosa, es que «puede llegar a conclusiones distintas a la doctrina, porque la doctrina no sustituye al discernimiento, como tampoco al Espíritu Santo.»
Hasta aquí las palabras textuales del padre Sosa… que pronto han sido contestadas desde numerosos lugares.
En España el primero fue el escrito del padre Santiago Martín, publicado parcialmente en ABC y en su totalidad en «Magnificat TV», que se fija en el el origen de esta perspectiva y en sus consecuencias. En cuanto al origen, Santiago Martín lo remonta a los «filósofos de la sospecha» y a la separación que aparece en un contexto protestante «entre el llamado “Jesús histórico” y el “Cristo de la fe”. Una diferencia que cada vez se fue acentuando más, llegando a la conclusión de que los Evangelios eran “mitificaciones” de un personaje originario del cual prácticamente no podíamos saber nada.»
El siguiente paso es Rudolf Bultmann, quien concluye que tenemos que «olvidarnos» del Jesús histórico, y que tenemos que acercarnos a los Evangelios como un relato «mítico» elaborado posteriormente, y sobre todo elaborado a raíz de la «invención» del cristianismo, que va a «hacer san Pablo».
A continuación se detiene el padre Martín en las consecuencias de esta visión, entre las que destaca lo que Benedicto XVI denominó la «religión del supermercado», en la que cada uno elige el contenido de su fe: «Pongamos un ejemplo. A ti te parece muy importante y esencial insistir en que el Señor dijo “lo que hagas al más pequeño a mí me lo hicieron”, el compromiso social, la ayuda a los pobres, y a ti te parece eso muy importante, muy bien. Pero a ti no te parece importante en cambio, que el Señor haya dicho “lo que Dios unió que no lo separe el hombre», que «el que se divorcia de su mujer y se casa con otra comete adulterio contra la primera», eso no te parece importante, entonces lo segundo, que no te parece importante, lo pones en duda, y dices: «¿Lo dijo Cristo?», primera cuestión, «no había grabadoras».
En el caso de que dijera algo parecido, «¿en qué contexto?, «¿quién lo escuchó?, ¿cómo lo entendió y cómo lo contó?, ¿cómo lo escribió el que años después lo escribió?» No merece la pena hacer un problema por eso.
Luego otro, con los mismos derechos que tú, con su carrito de supermercado, ha elegido otro producto y ha dicho «a mí eso sí me parece muy importante, pero no me parece importante que el Señor dijera «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia», o que el Señor dijera «Tomad y comed que esto es mi cuerpo», o que Cristo resucitara, o que Cristo en la cruz nos dijera que es importante pedir ayuda para perdonar como Él estaba perdonando cuando exclamó «Padre, perdónales que no saben lo que hacen».
Es decir, la religión del supermercado es muy cómoda, pues es una religión a tu manera y a tu gusto, para que no te moleste, pero eso que tú haces lo puede hacer exactamente igual cualquier otro, y naturalmente eligiendo productos que a ti no te gustan nada pero que aquel alega que tiene el mismo derecho a hacerlo.
Y concluye: «Poner en duda la Palabra del Señor, a propósito del divorcio, decir que hay que “reinterpretar a Cristo” porque “en aquella época no había grabadoras” abre la puerta sí o sí, sin ninguna duda, a poner en duda la palabra del Señor en otras cosas. No puedes pretender que lo que a ti te conviene poner en duda, sea lo único que se ponga en duda… Para finalizar sólo quisiera hacer una pregunta: ¿De verdad nadie se da cuenta de a dónde nos conduce todo esto?, ¿De verdad nadie se da cuenta del tipo de “demolición” de nuestra fe al cual estamos yendo?, es decir, a ese nihilismo, a esa falta absoluta de certezas, porque destrozando una parte del mensaje, porque nos “conviene” destrozarla, estamos empezando a destrozar el conjunto del mensaje.»
En Inglaterra, el padre Alexander Lucie-Smith, escribe a propósito de la entrevista del padre Sosa en Catholic Herald lo siguiente:
«El padre Sosa está en lo cierto al sugerir que tenemos que reflexionar sobre cada versículo de la Escritura. Nadie lo discute. Por eso mismo, los versículos han sido interpretados por la Tradición de la Iglesia, expresada en el Magisterio de forma completamente coherente, durante muchos siglos.
El padre Sosa dice que no habían grabadoras en esa época, lo que probablemente es un intento de humorada. Pero si la implicación es que no podemos estar seguros de si estas palabras fueron realmente dichas por Jesús, esa implicación es completamente falsa. El consenso de la Iglesia ha sido desde hace mucho tiempo que ese pasaje representa las ipsissima verba de Nuestro Señor. Hay varias razones para ello:
En primer lugar, en este pasaje Jesús dice algo muy inusual. Dice algo que rompe con la tradición judía e implícitamente rechaza a Moisés, que había permitido el divorcio. No es lo que uno esperaría de un judío del siglo i y es lo contrario de muchas de las cosas que Jesús dijo y en las que aparecía claramente su gran estima por Moisés y por la Ley. Esto significa que este pasaje no es una invención de los seguidores de Jesús. Es algo duro, como el mismo pasaje deja claro, algo que nadie inventaría, y representa un impactante apartarse de la tradición; ergo, está en el Evangelio porque debe de haber salido de la misma boca del Señor. Nadie se hubiera atrevido a inventárselo, ni siquiera podrían habérselo imaginado».
En segundo lugar, «este pasaje tiene paralelos en Marcos y Lucas y representa lo que llamamos una “triple tradición”. Que tengamos tres testigos de esas palabras de Jesús aumenta grandemente la probabilidad de que sean sus propias palabras, no unas palabras puestas en su boca.»
En tercer lugar, las cartas de san Pablo y las demás epístolas no contradicen de ninguna manera estas palabras de Jesús. Al contrario, están en continuidad con ellas. «La Carta a los Hebreos fue escrita probablemente a mediados de los años sesenta del primer siglo, cuando los Evangelios no habían sido escritos y las palabras de Jesús se transmitían en forma oral, y está en perfecta armonía con las palabras de Jesús, lo mismo que el decreto del Concilio de Jerusalén, recogido en Hechos de los Apóstoles, 15.»
Concluye el padre Lucie-Smith afirmando que «supongo que tenemos que estar agradecidos al padre Sosa por brindarnos la ocasión de reafirmar la doctrina tradicional de la Iglesia, una doctrina que, por cierto, aprendí en una universidad jesuita en Roma. Allí nos enseñaron, muy claramente, que ningún poder, ni en el Cielo ni en la tierra, puede disolver un matrimonio consummatum et ratum. Esas palabras, enunciadas con gran énfasis, salieron de la boca del padre Gianfranco Ghirlanda S.J., quien aún sigue enseñando en Roma.»
En Italia, por su parte, el sacerdote y teólogo Antonio Livi, desde La Nuova Bussola Quotidiana, hace hincapié en la importancia de la Revelación y en la enseñanza de la Iglesia al respecto:
«Los fieles católicos saben que la verdad que Dios ha revelado hablando por medio de los profetas del Antiguo Testamento y luego con su propio Hijo (Carta a los Hebreos, 1, 1), es custodiada, interpretada y anunciada infaliblemente por los Apóstoles, a los que Cristo ha conferido la potestad de magisterio auténtico. A los Apóstoles Cristo les ha dicho: “Quien a vosotros os oye, a mí me oye; quien a vosotros os desprecia, a mí me desprecia; y quien a mí me desprecia, desprecia al que me ha enviado” (Lucas, 10, 16). El valor de verdad de la doctrina de los Apóstoles y de sus sucesores depende, pues, enteramente del valor de verdad de la doctrina de Cristo mismo, el único que conoce el misterio del Padre: “Mi doctrina no es mía sino del que me ha enviado” (Juan, 7, 16). Quien, prisionero de la ideología irracionalista, (pastoralismo, praxismo, historicismo) es alérgico a la palabra “doctrina” no se da cuenta de que ofende no sólo a la Iglesia de Cristo, sino a Cristo mismo».
Livi acaba recordando la divina inspiración de la Biblia, «de la que derivan las propiedades de “santidad” y de “inerrancia” recordadas por Pío XII en su encíclica Divino afflante Spiritu y luego repropuestas por el Concilio Vaticano II con la constitución dogmática Dei Verbum y la infalibilidad del Magisterio cuando define formalmente la verdad que Dios ha revelado para la salvación de los hombres, definida en el Vaticano I con la constitución dogmática Pastor aeternus y también recordada en el Vaticano II con las constituciones dogmáticas Lumen gentium y Dei Verbum».