La conmemoración del centenario de la institución de la fiesta de Cristo Rey, proclamada por el papa Pío XI mediante la encíclica Quas primas, nos invita a volver la mirada a la razón profunda que lo llevó a establecer esta solemnidad: la inseparable unión entre la verdad de Cristo Rey y el misterio de su Sagrado Corazón. Pío XI explicó que esta fiesta debía entenderse como la culminación del acto de consagración del género humano al Corazón de Jesús, realizado por su predecesor León XIII en el año 1900.
En su encíclica Miserentissimus Redemptor, dedicada a la reparación al Corazón de Jesús, Pío XI interpreta los signos de la Providencia en su tiempo y muestra la urgencia de reconocer a Cristo como Rey desde el misterio de su Corazón. El Papa remonta este camino a las revelaciones del Corazón de Jesús a santa Margarita María de Alacoque en Paray-le-Monial, contraponiendo esta manifestación de amor divino al rechazo de Cristo promovido por los gobiernos revolucionarios del siglo xix. Recordaba el Papa: «Hasta hubo asambleas que gritaban: “No queremos que reine sobre nosotros”. Por esta consagración […] los amantes del Corazón de Jesús oponían acérrimamente: “Es necesario que reine”». (Misseremptissimus redemptor, 4) De ese impulso nació la consagración del género humano al Sagrado Corazón al inicio del siglo xx, obra de León XIII, que Pío XI quiso prolongar con la institución de la fiesta de Cristo Rey.
El Papa deseaba que los frutos de esa consagración se extendieran a todo el mundo, y pronto esos frutos se manifestaron en el testimonio de los mártires del siglo xx, víctimas de las ideologías totalitarias. Recordamos especialmente a los mártires en México y en España entre 1931 y 1939, junto con la innumerable legión de testigos de la fe en Europa y otros continentes. Todos ellos dieron testimonio de su amor al Corazón de Jesús ofreciendo la vida para que se cumpliera la divina promesa: «Reinaré a pesar de mis enemigos».
Junto a los mártires, florecieron numerosas obras de apostolado: consagraciones de naciones, familias e instituciones; nuevas congregaciones, obras misionales y cofradías. Entre esos frutos se cuenta también Schola Cordis Iesu, que celebra su propio centenario, y su revista Cristiandad fiel a su lema: «Al Reino de Cristo por los Corazones de Jesús y María».
Un siglo después, constatamos que la apostasía de las naciones se ha extendido por todo Occidente, afectando incluso a los países de nueva cristiandad. Sin embargo, la Iglesia, en medio de las persecuciones y crisis, continúa proclamando –desde el Concilio Vaticano II hasta nuestros días– que «solo en el misterio del Verbo encarnado se esclarece el misterio de la vida del hombre» (Gaudium et spes 22) y que «el Señor es el fin de la historia humana, punto de convergencia hacia el cual tienden los deseos de la historia y de la civilización, centro de la humanidad, gozo del corazón humano y plenitud total de sus aspiraciones» (Gaudium et spes 45).
A pesar de los desafíos, también hay signos de esperanza. En nuestros tiempos se ha producido un verdadero renacer de la devoción al Corazón de Jesús. En 1999, san Juan Pablo II, con ocasión del centenario de la consagración del género humano, escribió desde Varsovia una carta en la que vinculaba ese aniversario con la preparación del Jubileo del año 2000, afirmando: «En el culto al Corazón de Jesús se ha cumplido la palabra profética: “Mirarán al que traspasaron” (Jn 19, 37; cf. Zac 12, 10)». Desde entonces, esta devoción ha crecido de forma admirable durante los pontificados de Juan Pablo II, Benedicto XVI y, más recientemente, con la encíclica Dilexit nos del papa Francisco.
En Dilexit nos el papa Francisco señalaba: «En el Corazón de Cristo nos volvemos capaces de relacionarnos de un modo sano y feliz, y de construir en este mundo el Reino de amor y de justicia. Nuestro corazón unido al de Cristo es capaz de este milagro social» (Dilexit nos, 28). Resuenan en estas palabras aquellas proféticas pronunciadas por el papa Pío XI en el inicio de su pontificado y recordadas en la encíclica Quas primas en las que señalaba que nuestro mundo solo encontraría «la Paz de Cristo en el Reino de Cristo».
De manera providencial, el Señor ha querido que coincidan el final del Jubileo por los 350 años de las revelaciones del Corazón de Jesús a santa Margarita María y el inicio del centenario de la fiesta de Cristo Rey. No es casualidad: fue precisamente desde Paray-le-Monial de donde surgió la petición a Pío XI para instituir esta fiesta, en cumplimiento de la promesa del Sagrado Corazón: «Reinaré a pesar de mis enemigos».
En 1945, el padre Ramón Orlandis, «curador espiritual» de Cristiandad, escribía sobre la actualidad psicológica y providencial de la fiesta de Cristo Rey. Psicológica, porque el reinado de Cristo responde a una necesidad profunda del alma humana, que muchas veces implora sin saberlo; y providencial, porque su instauración forma parte del designio divino y anuncia esperanza para el futuro de la humanidad. La actualidad de esta fiesta, el anhelo, el deseo y la esperanza en el reinado del Corazón de Jesús se patentizan en nuestro mundo que «gime con dolores de parto esperando la plena manifestación de los hijos de Dios» (Rom 8, 22)
Por esta razón, la celebración anual de la fiesta de Cristo Rey renueva en Cristiandad el deseo de su inspirador, el padre Orlandis: poner todo nuestro empeño al servicio del ideal del reinado del Corazón de Jesús.











