En 1925 con ocasión del 1600 aniversario del Concilio de Nicea, Pío XI instituyó la fiesta de Cristo Rey con la encíclica Quas primas. Recordaba el Papa como el credo de Nicea al afirmar como dogma católico la consubstancialidad del Hijo Unigénito del Padre, incluía además en el símbolo o fórmula de fe también las palabras: «cuyo Reino no tendrá fin»: con estas palabras se quería subrayar la íntima relación existente entre la afirmación de la divinidad de Cristo y el reconocimiento consiguiente de su realeza.
En un mundo en el que no hacía muchos años había terminado la primera gran guerra de la modernidad y estaban gestándose ideologías y situaciones que podían provocar nuevos enfrentamientos y guerras entre las naciones, Pío XI señala de un modo claro y rotundo las causas de esta trágica situación: «los hombres y las naciones, alejados de Dios, corren a la ruina y a la muerte por entre incendios de odios y luchas fratricidas». El camino de la paz no es otro que la aceptación con todas sus consecuencias sociales, de la realeza de Cristo. Pío XI ya lo había afirmado en su primera encíclica Ubi arcano: en el mundo solo habrá paz cuando los hombres reconozcan que la paz de Cristo, que es la única verdadera paz, solo es posible en Reino de Cristo.
En este nuevo aniversario; 1700 años del Concilio de Nicea, el Papa actual ha querido celebrarlo de un modo muy significativo. Su primer viaje fuera de Roma ha tenido por motivo acudir a aquellos lugares en los que desde tiempos apostólicos se formaron las primeras comunidades reconocidas con el nombre de cristianos, y, de un modo especial, visitar la población de Iznik , donde se celebró el Concilio de Nicea, allí tuvo lugar un encuentro ecuménico con representantes de otras comunidades cristianas no católicas que también reconocen a lo aprobado en Nicea como expresión de la fe cristiana.
También en esta ocasión subrayó la importancia de recordar lo que se proclamó en Nicea, la divinidad de Cristo, para que sea la luz que haga posible salir de las tinieblas que rodean las circunstancias actuales. «En una época dramática en muchos aspectos, en la que las personas se ven sometidas a innumerables amenazas a su propia dignidad, el 1700 aniversario del Primer Concilio de Nicea es una valiosa ocasión para preguntarnos quién es Jesucristo en la vida de las mujeres y los hombres de hoy, quién es para cada uno de nosotros». Algunas actitudes confusamente religiosas, señala León XIV, parecen repetir aquellos mismos errores que combatió Nicea: «Hay un desafío, que definiría como un “regreso del arrianismo”, presente en la cultura actual y a veces hasta en los propios creyentes, cuando se ve a Jesús con admiración humana, incluso aún con espíritu religioso, pero sin considerarlo realmente como el Dios vivo y verdadero presente entre nosotros. Su ser Dios, Señor de la historia, viene de esta manera oscurecido y nos limitamos a considerarlo un personaje histórico, un maestro sabio, un profeta que ha luchado por la justicia, pero nada más. Nicea nos lo recuerda: Cristo Jesús no es un personaje del pasado, es el Hijo de Dios presente entre nosotros que guía la historia hacia el futuro que Dios nos ha prometido».
Dos aniversarios de Nicea, el de tiempos de Pío XI y el actual, y en ambos casos los papas han querido subrayar la importancia en la vida cristiana de confesar íntegramente las verdades centrales de nuestra fe tal como la Iglesia las ha definido. Benedicto XVI había afirmado que la crisis social y moral que se vive en nuestros días tiene su raíz y es manifestación de una crisis de fe. Desde la misma enseñanza del catecismo, pasando por los temarios de la asignatura de religión en la enseñanza escolar hasta los planes pastorales, reducidos a lo moral o social, reflejan esta falta de atención a la centralidad de la virtud teologal de la fe como principio y fundamento de la vida cristiana. Solo afirmando la divinidad de Cristo entendemos la posibilidad, la importancia y la necesidad de reconocer socialmente su realeza, y solo confesando que Dios se ha hecho hombre, podemos entender la frecuente afirmación de los primeros Padres de la Iglesia, tan recordada por el padre Ramière: el destino del hombre querido por Dios es su divinización.











