La lección fundamental de la «arzobispa» anglicana
En la revista italiana Tempi Leone Grotti se hace eco de la reacción del obispo anglicano egipcio Mouneer Anis al nombramiento de Mullally como «arzobispa» anglicana de Canterbury. Mouneer Anis ha declarado que:
«Con su nombramiento, la Iglesia de Inglaterra se ha alejado de hecho de la inmensa mayoría de los anglicanos del sur del mundo, que siempre han defendido las enseñanzas cristianas tradicionales sobre el matrimonio y la ordenación. Muchos habían esperado un camino de sanación y reconciliación dentro de la Comunión Anglicana, profundamente dividida. En cambio, esta decisión parece cerrar esa puerta y supone una confirmación de la dirección heterodoxa y unilateral emprendida por la Iglesia de Inglaterra. La Iglesia no debería abrazar cada nueva tendencia o innovación que surge de la cultura circundante. Aunque está llamada a interactuar con el mundo con amor y comprensión, también debe salvaguardar su propia identidad espiritual e integridad moral. Cuando la Iglesia pierde su especificidad, corre el riesgo de confundirse con el mundo que debería transformar. Para permanecer fiel a su vocación, la Iglesia debe discernir con cuidado, aceptando lo que está en consonancia con el Evangelio y rechazando lo que lo contradice. Solo conservando esta santa especificidad puede la Iglesia seguir siendo la sal que preserva y la luz que guía a un mundo oscurecido».
A lo que Grotti reacciona señalando que «el encuentro entre el Papa católico y la “papisa” anglicana, un acto de cortesía más que otra cosa dentro del riterado intento de Roma de volver a la comunión con las realidades cismáticas, ofrece a la Iglesia católica la ocasión perfecta para reflexionar sobre el tema planteado por el obispo anglicano Anis: ¿qué ocurre cuando la Iglesia abandona las Escrituras y la Tradición con la ilusión de acercarse más al mundo, abrazando “cada nueva tendencia o innovación que surge de la cultura circundante”?
En primer lugar, se desnaturaliza hasta volverse irreconocible para el mundo al que quería acercarse; en segundo lugar, a base de anularse, aleja a sus propios fieles. Es justo lo que ha ocurrido con el nombramiento de Mullally. La “arzobispa” fue elegida para el cargo más importante de la Iglesia anglicana, a pesar de haber admitido en varias ocasiones que no es una experta en teología y que es una “mujer de acción” más que una “pensadora”. En su labor, Mullally se ha volcado en las causas LGBT, a favor de los matrimonios homosexuales (que podría intentar autorizar definitivamente antes de que termine su mandato), en el ecologismo radical (invitaba a los sacerdotes a participar en las manifestaciones de Extinction Rebellion), se ha definido como “más proaborto que provida” en materia de aborto y no le ha preocupado el hecho de que aproximadamente nueve anglicanos de cada 10 no reconozcan su autoridad y que la Comunión Anglicana prácticamente ya no exista.
Según revela un estudio reciente de la Universidad de St. Mary’s de Londres, desde 1992 –es decir, desde que el Sínodo general anglicano abrió el sacerdocio a las mujeres, algo que primero san Juan Pablo II y después el papa Francisco calificaron de “imposible”–, 714 sacerdotes anglicanos se han incorporado a la Iglesia católica. En los últimos diez años, el 19% de todas las ordenaciones sacerdotales de la Iglesia católica en Inglaterra y Gales corresponde a sacerdotes anglicanos, porcentaje que asciende al 35 % si se considera el periodo 1992-2024. ¿A qué se deben todas estas conversiones al catolicismo? Resumiendo las entrevistas recogidas en el informe, la razón es una sola y es la misma que adujo uno de los anglicanos convertidos más famosos del mundo, G. K. Chesterton: “La dificultad de explicar «por qué soy católico» radica en que hay diez mil razones, todas ellas reducibles a una sola: ¡que el catolicismo es verdadero!”».
La Iglesia se encuentra en un momento decisivo
Es lo que sostiene el cardenal Sarah en una entrevista concedida a la revista Valeurs actuelles, en la que advierte de un peligro muy actual:
«La Iglesia nunca puede permanecer indiferente ante el sufrimiento de los pueblos ni ante los desequilibrios de nuestro mundo. Pero el peligro surge cuando estos temas se convierten en casi exclusivos. Si la Iglesia habla más de ecología que de salvación, más de organización social que de conversión, corre el riesgo de olvidar su misión esencial. La Iglesia no existe, ante todo, para comentar la actualidad. Existe para anunciar una verdad que trasciende todas las preocupaciones políticas: Dios se hizo hombre para salvar a la humanidad.
En 2026, la Iglesia debe recordar con fuerza las realidades fundamentales de la fe: la presencia de Dios, la belleza de la liturgia, la necesidad de la oración, la gracia de los sacramentos, la conversión del corazón y la esperanza de la vida eterna. Cuando la Iglesia habla del mundo sin hablar de Dios, se convierte en una voz entre muchas otras. Pero cuando habla de Dios con claridad, se convierte en una luz para el mundo».
Debates sobre el posliberalismo
R.R. Reno escribe en First Things sobre una de las trampas por las que se nos impone un supuesto curso ineluctable del progreso al que tendríamos que resignarnos:
Además, la obviedad de que nunca se puede dar marcha atrás al reloj funciona en ambos sentidos. Soy un hombre del siglo xxi, formado por el Occidente moderno. Por lo tanto, cuando sostengo que el matrimonio entre personas del mismo sexo es contrario a la ley natural y a la revelación de Dios, o cuando señalo que la libertad y la igualdad no son los únicos criterios para una sociedad justa, lo hago, por definición, como un «hombre de hoy», no como un «hombre de ayer». Afirmar lo contrario es un viejo truco progresista, mediante el cual quiere presentar sus juicios como si fueran el mandato de la historia.









