Una hija del hombre pasó a ser Madre de Dios; para ella, por su puesto, un don de Dios absolutamente inefable, pero para Él, ¡qué condescendencia! ¡Qué vaciamiento de su gloria hacerse hombre! Y no solo ser un niño indefenso, lo cual ya es suficiente humilla ción, sino heredar todas las flaquezas e imperfecciones de nuestra
naturaleza compatibles con su alma sin pecado. ¿Cómo se sentiría, si podemos aventurarnos a decirlo o a admitir semejante reflexión acerca del Infinito, al experimentar por primera vez sentimientos humanos, dolores humanos, necesidades humanas? ¡Que misterio tan grande es, de principio a fin, que el Hijo de Dios se haga hombre! Pues en proporción a la magnitud del misterio son la gracia y la misericordia que entrañan; y como es la gracia, así es la grandeza de sus frutos. Contemplemos atentamente el misterio, y digamos si de esta maravillosa manifestación divina se sigue alguna consecuencia que sea demasiado grandiosa, algún misterio más grandioso, alguna gracia más abrumadora que la que se ha manifestado en la Encarnación y muerte del Hijo eterno.
(…) Cristo, el primer fruto de nuestra raza, Dios y hombre, ha ascendido al Cielo por encima de toda criatura, y nosotros estamos destinados, por su gracia, a esa misma beatitud, habiendo recibido ya aquí una prenda de su gloria, y en la otra vida la plenitud, si nos mantenemos fieles. Si todas estas cosas son así, la lección de alegría
que la Encarnación nos da es tan impresionante como la lección de humildad.
San John Henry Newman, 25 de diciembre de 1825.
Parroquial and Plain Sermons, 8/17









