La persecución religiosa que tuvo lugar en España de 1931 a 1939 es la mayor persecución en menos tiempo que ha sufrido la Iglesia católica en dos mil años. En los primeros meses de la guerra civil española [de julio a diciembre de 1936] murieron más mártires que en los tres primeros siglos de las persecuciones romanas. De esta página gloriosa de la historia de la Iglesia católica en España se cumplen ahora noventa años.
Los números hablan por sí solos: mientras los historiadores calculan un arco de 2.000 a 5.000 víctimas para las persecuciones del Imperio romano hasta el Edicto de Milán de Constantino en el año 313; en España, solo por odio a la fe, se calcula que fueron asesinadas 10.000 personas: 12 obispos, un administrador apostólico, 4.184 sacerdotes seculares y seminaristas (110), 2.365 religiosos y 297 monjas. Y a estos números habría que añadir cerca de tres mil seglares… aunque en mi modesta opinión, y tras casi 25 años de estudios, el número de seglares sería el doble por lo menos, si bien es verdad que es más difícil demostrar las causas de martirio.
Finalmente, a día de hoy, han sido elevados a los altares 11 santos y 2.243 beatos. En proceso de beatificación, en fase diocesana o en fase romana, hay otros tres mil mártires.
Numerosos historiadores coinciden: la persecución religiosa en España en los años 30 fue insólita por su crudeza, intensidad y extensión. La mayor en Europa occidental, incluso en los momentos más duros de la Revolución francesa, escribe el hispanista americano Stanley G. Payne. En ninguna época de la historia de Europa y probablemente del mundo se ha manifestado un odio tan apasionado contra la religión, afirma el historiador inglés Hugh Thomas. Antes de empezar la guerra, de 1934 al 18 de julio de 1936, ya se había asesinado a más de 50 clérigos y religiosos.
Poco antes de empezar la guerra, políticos como la diputada socialista Margarita Nelken incitaban a la violencia: «Necesitamos una revolución gigantesca. Ni siquiera la rusa nos sirve. Queremos llamaradas que enrojezcan los cielos y mares de sangre que inunden el planeta».
El 18 de julio de 1936 estalla la Guerra Civil. Los eclesiásticos, personas desarmadas, no combatientes, son exterminados al ritmo de 70 personas al día en agosto. No los matan, como se repite incesantemente, descontrolados: por ejemplo, en Cataluña hay 200 comités y patrullas que los cazan. Los anarquistas son los más activos.
Miquel Mir publicó en 2007 el diario del anarquista barcelonés José Serra: «Nos daban las direcciones de personas que pertenecían a organizaciones consideradas sospechosas. (…) Por la noche teníamos órdenes de matar», escribe el pistolero.
«Nuestro lema es: “sotana que pillamos, sotana que matamos”», dicen en el comité de Alcoy (Alicante), cuando le piden clemencia para el salesiano Álvaro Sanjuán.
El 8 de agosto de 1936, Andreu Nin, líder del POUM, dice: «El problema de la Iglesia lo hemos resuelto yendo a la raíz; hemos suprimido los sacerdotes, las iglesias y el culto». Cuando dice esto, ya hay unos 1.400 clérigos asesinados.
Solidaridad obrera, el diario anarcosindicalista de Barcelona, incita así el 15 de agosto de 1936: «Hay que extirpar a esta gente; la Iglesia ha de ser arrancada de cuajo de nuestro suelo».
El ministro anarquista Joan Peiró, en su libro Peligro en la retaguardia, es de los pocos que lamentan la matanza y reparte culpas: «Todos los partidos, desde Estat Català al POUM, pasando por Esquerra Republicana y el Partido Socialista Obrero catalán, han dado un contingente de ladrones y asesinos por lo menos igual al de la CNT y la FAI. Ninguno de ellos ha pedido aún perdón».
El primero y el último obispo asesinado
Frente a todo esto, una de las características más sobrecogedoras de esta nuestra persecución es la que recoge el poeta francés Paul Claudel en su famoso poema A los mártires españoles (1937) cuando explicita la siguiente afirmación al describir el asesinato de los miles de mártires: «no hubo ni una sola apostasía».
El beato José Vigil Cabrerizo, que subió a los altares en Sevilla el 18 de noviembre de 2023, es el protomártir de la persecución religiosa. En la parroquia de San Jerónimo de Sevilla, hoy gastada por los efectos del tiempo, aún puede leerse el siguiente texto: «Diligite inimicos vestros. A la buena memoria del señor Don José Vigil Cabrerizo, presbítero, capellán rector de esta iglesia de San Jerónimo, gravemente herido por los impíos en la persecución marxista en la calle Conde de Ibarra la tarde del 18 de julio de 1936, y que consumó su heroico sacrificio al siguiente día, después de perdonar generosamente a sus verdugos y de rogar a sus padres [y hermanas] que también los perdonaran, imitando las lecciones del divino Maestro. Exemplum enim dedi vobis (Jn 13, 15)».
El beato Anselmo Polanco Fontecha, OSA, obispo de Teruel, fue asesinado el 7 de febrero de 1939 en Pont de Molins (Gerona). Por su relevancia, nos ayuda a poner el punto y final en la lista de los más de diez mil mártires (aunque alguno más muriera en los meses siguientes).
Anselmo nace en 1881 en Buenavista de Valdavia (Palencia). Ingresó en 1896 en los agustinos de Valladolid: ordenado sacerdote en 1904, dedicó gran parte de su vida a la formación académica y espiritual de jóvenes religiosos, destacándose como profesor de teología y rector del seminario. En 1932 lo eligieron prior provincial de la provincia agustiniana de Filipinas. Visita las misiones agustinas de Filipinas, China, EEUU, Colombia y Perú. Y es en China donde queda muy sorprendido cuando, en la misión de Lichow, oye por primera vez cantar a los chinos el «Cantemos al Amor de los Amores» en lengua castellana.
Pío XI lo nombra en 1935 obispo de la diócesis de Teruel y administrador apostólico de Albarracín, donde desarrolla una intensa labor pastoral. Al estallar la Guerra Civil decide voluntariamente quedarse en Teruel para no abandonar a sus feligreses. Todo se agrava durante la batalla de Teruel. El 1 de enero de 1938 monseñor Polanco celebra su última misa en el seminario de Teruel y el 8 del mismo mes es apresado, permaneciendo arrestado durante trece meses. El 7 de febrero de 1939, con la guerra ya prácticamente perdida, el obispo de Teruel es maniatado y llevado en un camión con otros prisioneros a escasos kilómetros de la frontera francesa, para ser asesinado junto a su vicario general, el beato Felipe Ripoll.
León XIV cuando fue elegido papa salió a la logia vaticana portando un pectoral con una reliquia del beato Anselmo Polanco, agustino como él.
Los más jóvenes y las más ancianas:
Nicolás Campo Giménez de Bikuña nació el 5 de marzo de 1920 en el caserío de Ula, en la localidad alavesa de Salvatierra-Agurain, profesó como claretiano en la localidad de Vic el 11 de junio de 1936 y pocos meses más tarde, el 19 de octubre, sería fusilado en Mas Claret, en la localidad leridana de Cervera, junto a otros 17 compañeros. Con tan solo 16 años, en 2017 fue reconocido como uno de los mártires más jóvenes no solo de su congregación claretiana sino de la persecución religiosa en España en aquellos años.
Luego en Córdoba, el 16 de octubre de 2021, el beato Francisco García León (1920-1936), presidente de la Juventud Católica de Montoro (Córdoba), subiría al pódium del primero más joven con tan solo 15 años.
Beata Aurora López González, de 86 años, natural de San Lorenzo (Madrid) había nacido el 28 de mayo de 1850. Sierva de María, de la congregación fundada por santa Soledad Torres Acosta, llevaba 62 años como religiosa. Alcanzó la palma del martirio en la noche del 6 al 7 de diciembre de 1936, en Aravaca (Madrid). Fue beatificada en Tarragona, el 13 de octubre de 2011.
La beata María Teresa Ferragut Roig, de 83 años, pertenecía a la Acción Católica. Nació en Algemesí (Valencia). Madre de nueve hijos, cuatro de las cuales eran monjas de clausura en Alcira (Valencia). El 19 de octubre de 1936 los milicianos asaltaron la casa de Teresa Ferragut y se llevaron presas a la madre y a las cuatro hijas religiosas. La madre no quiso separarse de sus hijas y todas juntas fueron encerradas en el convento cisterciense de Fons Salutis de Algemesí, que había sido convertido en cárcel. Durante la semana que permanecieron presas, sus carceleros intentaron apartarlas de su vocación con halagos, que ellas rechazaron indignadas. Fueron asesinadas el 25 de octubre. Subieron a los altares el 11 de marzo de 2001.











