Apóstol de Cataluña
La vida de san Antonio María Claret recorre prácticamente todo el siglo XIX, desde su nacimiento en Sallent, Barcelona, en 1807, hasta su muerte durante el destierro en Francia, en 1870. Una vida apasionante, marcada por el deseo ininterrumpido de trabajar al servicio de Dios por la salvación de las almas. Si algo destaca de su biografía es que las circunstancias de su época, el siglo de la implantación del liberalismo en España y de los gobiernos liberales, con todas sus dificultades políticas e históricas en ningún momento le impidieron encontrar la manera de continuar realizando su misión, sino que, por el contrario, fueron ocasión de entregarse aún más a la causa de Cristo.
En su juventud, Antonio María trabajó como tejedor en su ciudad natal y en Barcelona. Con veintidós años comenzó la carrera eclesiástica en Vic y se ordenó en 1835, poco antes de las medidas anticlericales de Mendizábal: la desamortización y la exclaustración de las órdenes religiosas. Mientras estudiaba en Roma, siendo ya sacerdote, quiso formar parte de la Compañía de Jesús, pero no lo logró. Volvió a Cataluña y se convirtió en párroco. Recibió el título de «misionero apostólico» en 1841, y se dedicó plenamente a la predicación en la Cataluña central, tomando el relevo de los religiosos –jesuitas, paúles y capuchinos– que habían sido expulsados.
El padre Claret predicaba como los primeros apóstoles, caminando infatigablemente, a pie y sin otro equipaje que un hatillo con una Biblia, unos calcetines, una camisa y un mapa de Cataluña. Además de la predicación oral, hacía apostolado con la publicación de catecismos, devocionarios y hojas volantes en catalán, que repartía a miles allá donde iba. El espíritu que le animaba queda bien reflejado en esta oración recogida en su autobiografía, en la que se manifiesta el fuego de las ansias redentoras de Cristo que inflamaba su corazón, así como su profunda confianza en la Virgen María, de la que era tan devoto:
«No busco, Señor, ni quiero saber otra cosa que vuestra santísima voluntad para cumplirla, y cumplirla, Señor, con toda perfección. Yo no quiero más que Vos, y en Vos y únicamente por Vos y para Vos las demás cosas. Yo os amo, Padre mío, fortaleza mía, refugio mío y consuelo mío. Haced, Padre mío, que yo os ame como Vos me amáis y como queréis que yo os ame.
»¡Oh, Padre mío! Bien conozco que no os amo cuanto debo amaros; pero estoy bien seguro que vendrá el día en que yo os amaré cuanto deseo amaros, porque Vos me concederéis este amor que os pido por Jesús y por María. ¡Oh, Jesús mío!, os pido una cosa que yo sé me la queréis conceder. Sí, Jesús mío; os pido amor, amor, llamas grandes de ese fuego que Vos habéis bajado del Cielo a la tierra. Un fuego divino. Un fuego sagrado enciéndame, árdame, derrítame al molde de la voluntad de Dios.
»¡Oh, Madre mía, María! ¡Madre del divino Amor, no puedo pedir cosa que os sea más grata ni más fácil de conceder que el divino amor, concedédmelo, Madre mía! ¡Madre mía, amor! ¡Madre mía, tengo hambre y sed de amor, socorredme, saciadme! ¡Oh, Corazón de María, fragua e instrumento del amor, enciéndeme en el amor de Dios y del prójimo!
»¡Oh, prójimo mío!, yo te amo, yo te quiero por mil razones. Te amo porque Dios quiere que te ame. Te amo porque Dios me lo manda. Te amo porque Dios te ama. Te amo porque eres criado por Dios a su imagen y para el Cielo. Te amo porque eres redimido por la sangre de Jesucristo. Te amo por lo mucho que Jesucristo ha hecho y sufrido por ti; y en prueba del amor que te tengo, haré y sufriré por ti todas las penas y trabajos, hasta la muerte, si es menester. Te amo porque eres amado de María Santísima, mi queridísima Madre. Te amo porque eres amado de los ángeles y santos del Cielo. Te amo, y por amor te libraré de los pecados y de las penas del Infierno. Te amo, y por amor te instruiré y enseñaré los males de que te has de apartar y las virtudes que has de practicar, y te acompañaré por los caminos de las obras buenas y del Cielo.»
Fundador, arzobispo y confesor de la reina
Después de pasar un año, en 1848, como misionero apostólico en Canarias, volvió a Cataluña y fundó la Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, o «claretianos». Un año más tarde, el padre Claret fue nombrado arzobispo de Santiago de Cuba. Allí trabajó hasta el año 1857, cuando fue elegido confesor de la reina Isabel II.
Una de sus labores más fecundas en el ejercicio de este cargo fue su influencia en el nombramiento de obispos de las sedes españolas, a través de la reina. Así se fue formando aquel episcopado modelo de fortaleza y de prudencia, fiel a la ortodoxia, según pudo demostrar muy pronto en el Concilio Vaticano I. Pío IX, hablando en una ocasión de las malas doctrinas que se encontraban incluso en la Iglesia, repentinamente, volviéndose a uno de los personajes españoles que le escuchaban, prosiguió en castellano: «Allí es donde no entran las malas doctrinas, porque los obispos todos sin excepción están en el buen terreno… No hay entre todos los que conozco quien se aparte de la verdadera doctrina». Tampoco en España se explicaba nadie el fenómeno que contemplaban de la elección de excelentes obispos, dentro de un ambiente político tan hostil. «Muchísimas veces, dice el ilustrísimo Aguilar, oímos exclamar a diferentes personas: ¡Qué obispos tan buenos nombra el gobierno, parece un milagro lo que sucede en estos nombramientos! Dios mira con cuidado especial, sin duda, en la presentación de prelados». Y es que había pocos que estuviesen en el secreto de las intervenciones claretianas en este trascendental asunto.
La revolución de septiembre de 1868, que destronó a Isabel II, sorprendió a Claret en el ejercicio de su ministerio y, junto con la familia real, tuvo que exiliarse a Francia. Con todo, pudo asistir a las sesiones del Concilio Vaticano I (1869-1870) Los religiosos claretianos, o «misioneros del Inmaculado Corazón de María», mientras duraba el «calvario» y los exilios de su fundador, se fueron extendiendo y consolidando por las ciudades y pueblos de Cataluña donde ejercían con gran fruto el ministerio de la predicación popular.
Entretanto, se acercaba la muerte de un gran santo; el 24 de octubre de 1870 moría en el monasterio de Fontfreda, cerca de Narbona, extenuado por sus trabajos apostólicos. Incluso el cielo parecía anunciarlo: el 24 y el 25 de octubre de 1870 se produjo una espectacular aurora boreal que los compañeros de san Antonio María Claret vieron como un prodigio sobrenatural que anunciaba la entrada en el Cielo de su padre y fundador, el famoso confesor real que, de joven, había sido un humilde obrero textil; un «tejedor de santidad» a través de la predicación, plenamente reconocido por la Iglesia, hasta su canonización en 1950.











