Infancia y primera juventud
El nacimiento de san Atanasio se sitúa por la mayoría de las fuentes, aproximadamente, entre el 295 y el 298. Sin embargo, como ya se expuso detalladamente, en números anteriores de esta revista, parece que puede ubicarse el inicio de su vida, con mayor rigor, entre los años 300 y 305. Nació en el seno de una familia cristiana acomodada que pudo proveerle una educación excelente, llegando a ser versado en literatura griega, filosofía, retórica, gramática y jurisprudencia. A su vez, adquirió un conocimiento excepcional acerca de la doctrina cristiana y de la Sagrada Escritura. Empaparse así del ambiente intelectual cristiano que se respiraba en la Alejandría del momento sería clave para su madurez espiritual y humana.
En esa profundización en el conocimiento de la fe y de la vida cristiana, dos hechos pueden destacarse como cruciales en la vida del santo. El primero de ellos es que, desde bien pequeño, llamó la atención del obispo Alejandro. Atanasio se encontraba en la playa, jugando con otros niños a simular que recibían el bautismo. Al llamarlos a su presencia, debido el asombro que le produjo descubrir la hermosa reverencia en su actuación, quedó aún más sorprendido de las respuestas que uno de ellos le ofreció al conocer los detalles del juego. Este no era otro que Atanasio, quien había ejercido de obispo en el actuar lúdico como si intuyese que, años más tarde, le sucedería en el episcopado. Alejandro dispuso que estos compañeros de juego comenzasen a recibir instrucción necesaria para la carrera eclesiástica. Por este motivo, comenzó, desde tan joven, los correspondientes estudios. Sería sobre el año 320 cuando Atanasio fue ordenado diácono, acompañando, desde entonces, más estrechamente al obispo, de quien ya era secretario.
El segundo hecho es que Atanasio también mantuvo una estrecha relación con los ermitaños del desierto, sobre todo, con el gran san Antonio, de quien, dichosamente, se reconocía como discípulo, pudiendo, más adelante, recoger por escrito su vida. Se dice que, ciertamente, Atanasio se sintió atraído por esta forma de vida, destacando por su disciplina, renuncia y comodidad por lo solitario.
Todas estas circunstancias, así como las cualidades naturales de Atanasio, permitieron que sobresaliese por su fortaleza y gran ánimo en la defensa en la fe, resistiendo mansamente incluso en la hora más adversa.
Como se ha expuesto, adquirió, desde muy temprano, un conocimiento exhaustivo de la doctrina y de la Sagrada Escritura, lo que le permitió ser gran valedor de las verdades de fe precozmente. Así, cuando probablemente no contase con más de una veintena de años, publicó dos tratados, Contra gentes y Oratio de Incarnatione, anticipándose, sin saberlo, a la cuestión que haría de su vida una semilla verdaderamente fructífera: la entrega a la defensa de la verdad acerca de Cristo, su divinidad, y la que, merecidamente, le alcanzaría el título de Atanasio el Confesor.
Arrianismo y Concilio de Nicea
La relevancia que estaban cobrando las afirmaciones heréticas de Arrio supondrían, para Atanasio, un compromiso más determinante en la defensa de la ortodoxia cristológica. Luciano de Samosata, fundador de la Escuela de Antioquía, fue el primero en formular las enseñanzas que ahora proclamaba Arrio. Bien es cierto que el triunfo de estas ideas venía propiciado por el patrocinio que Eusebio de Nicomedia ejercía sobre aquel. Sea como fuere, la realidad es que el debate sobre la divinidad de Jesucristo y sobre si el Hijo era subordinado al Padre estaba presente en las conversaciones a pie de calle.
Atanasio fue una pieza clave en esta crisis. Primeramente, en calidad de diácono y secretario del obispo, apareciendo como uno de los firmantes de la carta encíclica que, posteriormente, promulgaría el patriarca de Alejandría junto a sus compañeros afines, como intento de plantar cara a aquellas.
La ocasión definitiva para combatir la escandalosa herejía arriana se dio cuando, en el año 325, el emperador Constantino, aconsejado por Osio, obispo de Córdoba, convocó el Concilio de Nicea. Buscando poner fin a las controversias que estaban perturbando la paz de la Iglesia, reunió a trescientos obispos, aunque habían sido convocados unos 1800, en Nicea de Bitinia. Osio, consejero de Constantino en aquel momento, presidió las sesiones y los presbíteros Vito y Vicente representaron al obispo de Roma.
Ambos bandos se encontraban representados por grupos no muy numerosos de personas. Por su parte, el resto de los obispos, la gran mayoría, no se identificaban con ninguno de los anteriores. Más bien acudían al Concilio, con la intención de alcanzar una postura conciliadora para todos que, definitivamente, se resolviesen aquellas diferencias, finiquitando toda tentación de división dentro de la Iglesia.
Si bien estas eran las intenciones, lo cierto es que los argumentos arrianos encontraron una oposición feroz por parte de la mayoría de la asamblea. Tras la intervención de Eusebio con una propuesta intermedia, para tratar de granjearse el favor de los padres conciliares, Alejandro y Atanasio introdujeron el término que zanjaba la discusión: «de la sustancia del Padre», homoousios tô Patrí. Salvo dos obispos que apoyaban a Arrio y este mismo, todos los participantes ratificaron este credo. De esta manera, quedaba fijada claramente la doctrina de la Iglesia.
Muerte de Alejandro, ascenso al episcopado y primer exilio
Poco después del fin del Concilio, en el año 328, fallecía Alejandro, patriarca de Alejandría. Por deseo del difunto, Atanasio fue designado como su sucesor, contando con la aprobación de los obispos de la Iglesia de Alejandría, el clero y con la aclamación de todo el pueblo fiel.
El inicio de su episcopado transcurría entre las actividades ordinarias de su cargo. Sin embargo, no se vio privado de disensiones, teniendo que hacer frente a la oposición de sus enemigos. Especialmente, la situación comenzó a empeorar cuando Eusebio de Nicomedia volvió de su destierro. Éste había sido exiliado, por decreto de Constantino, tras retirar su firma del Concilio de Nicea, meses después de que tuviese lugar. Consiguiendo, de nuevo, el favor del emperador, retornó con más fuerza, puesto que su influencia sobre el gobernante había crecido. Así, hacia finales del año 330, fue persuadido para que solicitase a Atanasio que readmitiese a la comunión eclesial a todos aquellos que estuviesen dispuestos a aceptar, bajo una fórmula semiarriana, las definiciones de Nicea. El santo obispo replicó rotundamente que la Iglesia no podía estar en comunión con los herejes que atacaban la divinidad de Cristo.
Eusebio de Nicomedia, al ver frustradas sus intenciones, se confabuló con los melecianos, para elaborar un nuevo plan con el que deponer a Atanasio. Presentaron varias acusaciones contra el obispo de Alejandría, como no tener la edad canónica al ser consagrado como obispo o haber promulgado un impuesto sobre el lino a las provincias, entre otras. Atanasio compareció ante el emperador, demostrando indudablemente su inocencia. Sin embargo, no quedando satisfechos, volvieron a verter acusaciones contra aquel, ahora culpándolo de haber asesinado a un obispo meleciano. En este caso, se negó a comparecer. No obstante, el emperador le ordenó que se presentase ante otro concilio, reunido esta vez en Tiro en el año 335. El santo obispo volvió a evidenciar su inocencia sin titubeos. Pero, al caer en cuenta de que la mayoría de los presentes pretendían condenarle de antemano, abandonó la reunión repentinamente, embarcándose hacia Constantinopla, para personarse ante el emperador.
Atanasio consiguió su objetivo, probando su inocencia en forma tan convincente que, cuando el Concilio de Tiro anunció en una carta que el patriarca había sido condenado y depuesto, Constantino respondió convocando al Concilio en Constantinopla para juzgar de nuevo el caso. Pero súbitamente, antes de que la primera carta imperial llegase a su destino, el emperador rectificó su decisión, mediante otra posterior, por la que confirmaba la sentencia del Concilio de Tiro, desterrando a Atanasio a Treves, en las Galias (actual Treveris, en Alemania).
Durante el tiempo del destierro, que duró año y medio, el obispo de esta localidad acogió hospitalariamente a Atanasio. El pueblo de Alejandría permaneció fiel a su obispo exiliado, a quien no dejó de guiar a través de contacto epistolar.
Tras la muerte de Constantino en mayo de 337, una de las primeras decisiones de su hijo Constantino II –sucesor junto con sus dos hermanos, Constancio y Constante– fue la de perdonar a todos los prelados que se hallasen en el exilio. De este modo, a finales de noviembre de dicho año, el santo obispo retornaba triunfante a su diócesis.
Cuatro exilios restantes y final de su vida
El patriarca había vuelto a su sede y eso implicaba que sus enemigos, otra vez, se dedicaban obstinadamente a lograr deponerle. Eusebio de Nicomedia se ganó enteramente al emperador Constancio, en cuya jurisdicción se encontraba Alejandría. Atanasio fue acusado de graves hechos ante el monarca, logrando Eusebio, además, que un concilio reunido en Antioquía destituyese nuevamente a Atanasio, ratificando la elección de un obispo arriano para su sede. Así, fue exiliado por segunda vez, en el año 339. Sin embargo, para consuelo de Atanasio, la jerarquía ortodoxa de Egipto escribió una encíclica al Papa y a todos los obispos católicos, en la que exponía la verdad sobre él. Finalmente, el Papa convocó un concilio, que terminó con la completa reivindicación del santo obispo. Sin embargo, Atanasio no podría retornar a Alejandría hasta ocho años después, cuando falleció Gregorio de Capadocia. El pueblo le recibió con un júbilo sin precedente y, durante tres o cuatro años, pudo permanecer en su sede, relativamente en paz.
Cuando Constante, principal sostén de la ortodoxia, fue asesinado, se retomó la persecución contra Atanasio. En este caso, con una situación aún más compleja, pues Constancio se dedicó deliberadamente a extenuarlo, pues lo consideraba como una causa personal contra él. Tras varios concilios, los pocos prelados amigos del santo obispo fueron desterrados. Entre ellos, se encontraba el papa Liberio, a quien mantuvieron desterrado en Tracia hasta que, deshecho de cuerpo y espíritu, aceptó la condenación de Atanasio. Este consiguió permanecer durante algún tiempo en Egipto, contando con el apoyo del clero y del pueblo. Sin embargo, una noche, cuando se hallaba celebrando una vigilia en la iglesia, los soldados forzaron las puertas y penetraron para herir o matar a los que opusieran resistencia. Logró escapar providencialmente, refugiándose, aproximadamente, desde el año 356, entre los monjes del desierto. A este período se atribuyen muchos de sus principales tratados.
En el 361, tuvo lugar la muerte de Constancio. El nuevo emperador, Juliano, revocó todas las sentencias de destierro de su predecesor, de suerte que el patriarca pudo regresar a su sede. Sin embargo, pronto, Juliano el Apóstata encontraría un obstáculo infranqueable en el gran campeón de la fe en Egipto, pues quería imponer el politeísmo, paganizando las costumbres cristianas. Por ello, en el año 362, Juliano le desterró por considerarlo un perturbador de la paz. Atanasio tuvo que refugiarse una vez más en el desierto.
Al tener noticia de la muerte de Juliano, en el año 363, el santo obispo volvió inmediatamente a Alejandría. Tras un breve mandato de Joviniano, en mayo del 365, el emperador Valente publicó un edicto por el que desterraba a todos los prelados a quienes Constancio había exilado y los sustituía por los de su elección. Atanasio se vio obligado a huir una vez más, aunque esta vez sería por poco tiempo. El pueblo fiel a su amado obispo, cansado de sus padecimientos, provocó que Valente revocase el edicto, ante el temor de un posible levantamiento. A su vuelta, sus fieles le escoltaron, con grandes demostraciones de júbilo.
Diecisiete años pasó Atanasio en el exilio, sellando con la entrega de su vida, aquello que tan excelsamente había defendido de palabra. Por fin, podía ejercer su ministerio íntegramente, guiando directamente a la grey que nunca había descuidado, pues la había sostenido espiritualmente mediante correspondencia. Pudo disfrutar de los últimos siete años de su vida, sin que nadie le disputase su sede. Entregó su alma a Dios, en Alejandría, el 2 de mayo del año 373, ganándose el título de Atanasio el Grande.











