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San Isidoro de Sevilla, tutor de los pueblos bárbaros

San Isidoro de Sevilla fue capaz de identificar en los albores del siglo VII que comenzaba una nueva era; que, bajo el amparo de la monarquía visigoda había surgido un pueblo nuevo cuyo fundamento estaba en el catolicismo, que dio unidad a una diversidad de pueblos y culturas y cuya forma fue la monarquía.

Por María Jaurrieta Manresa
mayo 2026
en Artículos
10 min de lectura

Eres, oh España, la más hermosa de todas las tierras que se extienden del Occidente a la India; tierra bendita y siempre feliz en tus príncipes, madre de muchos pueblos. (…)
Con razón puso en ti los ojos Roma, la cabeza del orbe; y aunque el valor romano vencedor se desposó contigo, al fin el floreciente pueblo de los godos, después de haberte alcanzado, te arrebató y te armó, y goza de ti lleno de felicidad entre las regias ínfulas y en medio de abundantes riquezas».
La Laus Hispaniae, fruto de la pluma de un hombre enamorado de su tierra es una manera privilegiada para entrar en la vida de un personaje que fue un faro en medio de la tormenta que se desató sobre el occidente europeo con la caída del Imperio Romano: san Isidoro de Sevilla (562?-636).

La circunstancia histórica: los visigodos
Casi profético, este canto muestra una gran confianza en el pueblo de los godos, los bárbaros que en el siglo v se habían asentado en el sur de la Francia con la misión de proteger la Península de los embates de las tribus de suevos, vándalos y alanos. Tras la batalla de Vouillé (507), fueron expulsados del territorio de la Galia por el rey franco Clodoveo y se asentaron en la península, con capital en Toledo. Desde allí comenzaron a desarrollar un proyecto político centrado en la península.
Sin embargo, el desarrollo del reino visigodo de Toledo no fue fácil. Además de los embates constantes de reinos vecinos y pueblos invasores, ávidos de tierras y riquezas, la monarquía visigoda se enfrentaba a una amenaza interna más inmediata. Y es que la monarquía visigoda era electiva. Las luchas internas, conspiraciones, levantamientos y enfrentamientos de facciones impedían que ningún rey pudiera desarrollar su proyecto político efectivamente. En el año 550 Atanagildo se levantó contra el rey Agila y llamó en su auxilio al ejército bizantino, que desembarcó en el Levante y contribuyó a la derrota de Agila. Pero, una vez cumplida su misión, las tropas imperiales, respondiendo al deseo de Justiniano (482-565) de restaurar en su antiguo esplendor y extensión el Imperio Romano, se asentaron en el sureste hispano y se hicieron fuertes contra la monarquía visigoda.
Entre las familias que tuvieron que huir de la zona de Murcia durante este conflicto se encuentra la de Severiano de Cartago y sus hijos Leandro, Fulgencio y Florentina. Exiliados de su tierra, se asentaron en Hispalis (Sevilla) donde nació su cuarto hijo, Isidoro, mucho más joven que sus hermanos. Esta familia, muy unida y en la que reinaba el cariño y la caridad cristianas se dedicó por completo al Señor. Los dos hijos mayores, de preclara inteligencia y excelente formación, se entregaron al servicio de la Iglesia católica, ocupando las sedes episcopales de Sevilla (Leandro) y Écija (Fulgencio) Ambos alcanzarán la santidad, al igual que su hermano menor, Isidoro. Por su parte, Florentina entró en el estado de vida religiosa en un monasterio de la diócesis de Sevilla. ¿Qué pasó entonces con el pequeño Isidoro, huérfano a corta edad? Leandro escribe en una carta a su hermana:
«Finalmente, te ruego, queridísima hermana mía, que te acuerdes de mí en tus oraciones y que no eches en olvido a nuestro hermano pequeño Isidoro; cómo, al dejarlo nuestros padres comunes bajo la protección de Dios y de sus tres hermanos vivos, tranquilos y sin preocupación por su niñez, descansaron en el Señor. Como yo lo tengo verdaderamente por hijo y no antepongo al cariño que le debo ninguna preocupación terrenal, y me vuelco totalmente en su amor, quiérelo con tanto cariño y ruega a Jesús tanto por él cuanto sabes que fue querido con toda ternura por nuestros padres».
Aquí se nos da noticia de cómo Leandro, ya obispo, asumió una tutela atenta y cuidadosa de su hermano menor. Isidoro estuvo por lo tanto en la sede hispalense durante los hechos fundamentales de la historia de España entre el 550 y su muerte en 636. En efecto, allí estaban los hermanos cuando el rey Leovigildo asumió el trono a la muerte de su hermano Liuva (568). Estuvieron allí mientras esta figura asumía el ideal de unidad para su reino bajo la soberanía visigoda. Y estuvieron allí mientras lo llevó a cabo.

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Rumbo a la unidad del reino
En primer lugar, Leovigildo buscó la unidad territorial, con la conquista del reino de los suevos (585), el dominio efectivo de todas sus provincias y el aislamiento de los territorios bizantinos. En segundo lugar, la unidad social. Aunque los godos gobernaban, hay que considerar que eran una minoría, de costumbres germánicas (que se van romanizando muy poco a poco), regidos por el derecho consuetudinario de su pueblo y, más importante aún, seguidores de la herejía cristiana del arrianismo. Frente a ellos, se encontraba la mayoría de población, hispanorromana y católica, como era, por ejemplo, la familia de Isidoro. Todo matrimonio mixto estaba legalmente prohibido, y, aunque se dieron algunos, sí había una conciencia muy grande del abismo cultural y sobre todo religioso que existía entre ambos grupos. Frente a esto, Leovigildo empieza a trabajar en una ley que permita los matrimonios mixtos y plantea la posibilidad de un código de leyes único para el reino, que no verá la luz hasta el Liber Iudicorum de Recesvinto. Pero aún falta un tercer nivel de unidad: el religioso.
Mientras lleva a cabo estas medidas, el rey se enfrenta al mayor peligro para su intento: la propia monarquía. Va a dar pasos hacia la instauración de una monarquía hereditaria asociando a su trono a sus dos hijos Recaredo y Hermenegildo como reyes (573). No está claro del todo qué territorio le correspondió a Recaredo, pero Hermenegildo asumió el gobierno de Sevilla. Allí, bajo la guía del obispo Leandro y la benéfica influencia de su mujer, la princesa franca Ingundis, se convirtió al catolicismo. Esto supuso una convulsión en la corte visigoda, fervientemente arriana.
Y es que Leovigildo comprendió que ninguna política que pudiera llevar a cabo tendría ni valor ni efectividad si no solucionaba la verdadera división en su reino. La unidad religiosa, entiende el rey, es lo único sobre lo que se puede fundamentar la vida social y política. Y, como en los últimos tiempos se había dado una identificación entre godo-arriano e hispanorromano-católico, decide que la soberanía goda y la unidad del reino se habían de dar sobre el arrianismo. No pudo ser.
La negativa de los católicos a someterse a las medidas del rey, el proceso imparable de conversiones de godos al catolicismo y la resistencia de nobles, obispos y gente llana a la persecución arriana (mayormente incruenta pero no por ello menos intensa) llevó al reino visigodo a un punto de tensión insoportable. Y entonces Hermenegildo, príncipe visigodo, se convierte al catolicismo y se levanta en armas contra su padre (579-584). La guerra, que Leovigildo tomó con relativa calma, acabó cuando, abandonado de todos sus aliados, Hermenegildo es hecho prisionero por su hermano Recaredo y después asesinado en su celda por su carcelero al negarse a recibir la comunión de manos de un sacerdote arriano. El asesino quedó impune y Hermenegildo es venerado como mártir por la Iglesia.
En cualquier caso, Leovigildo constata que su reino jamás aceptará una unidad fuera de la verdad de la fe católica. Su hijo Recaredo, pocos meses después de acceder al trono, se convierte privadamente al catolicismo. Entre el 588 y 589 va a llevar a cabo importantes negociaciones para preparar una declaración pública de importancia radical para el reino. En el III Concilio de Toledo (589), Recaredo confiesa públicamente su fe católica y, con él los nobles godos. A partir de aquí, con pocas y aisladas resistencias, la unidad social y religiosa se convierte en realidad. Los nombres godos aparecen en las listas episcopales, los linajes godos se unen a los hispanorromanos, se van romanizando, la cultura y la vida religiosa empiezan a florecer. Y esto no gracias, sino a pesar de la vida política de los visigodos –ahora católicos–, que siguió tan viciada como antes.
El joven Isidoro que, desde la metrópoli de Sevilla asiste a estos hechos históricos de la mano de su hermano Leandro, uno de los actores principales, no pudo quedar indiferente a ellos. Su formación y su estudio, que afectan a su vida moral tanto como su vida intelectual, es intensa y protagonizada por el contacto con la escuela y la biblioteca, en torno a las siete artes liberales de Casiodoro, que luego serán el trívium y cuadrivium medievales (gramática, retórica, oratoria; aritmética, geometría, música y astronomía). Desarrolló el joven una gran admiración por san Agustín y Gregorio Magno, exponentes de la vida intelectual y, sobre todo de un intensísimo amor a Dios y a su Iglesia.
En efecto, desde que se convierte en obispo de Sevilla a la muerte de su hermano Leandro en torno al 602, va a volcar sus esfuerzos en llevar al pueblo que Dios le había encomendado hacia el Cielo. Y entiende que la mejor manera de hacer esto es por la acción pastoral; y formando a un grupo de cristianos en todo el conocimiento verdadero al que pueda acceder el estudioso para que puedan educar y guiar a su vez a los demás.
Todo su estudio, el inmenso conocimiento, la vasta cultura, las grandes obras que le ganaron la fama, todo estaba ordenado y alimentado por su celo pastoral, su amor por su pueblo. Ya que está convencido de que, el estudio verdadero del universo, las criaturas, el ser humano, la lengua… del orden establecido por Dios, en fin, conduce al hombre a servirle, alabarle y amarle.
Esta labor le llevó a predicar incansablemente. San Ildefonso de Toledo y Braulio de Zaragoza reconocen y ponderan las maravillas de sus homilías y sermones, su capacidad oratoria que le hacía destacar en su época. Contribuye a la vida de la Iglesia presidiendo el Concilio II Hispalense (condena de los acéfalos monofisitas, ordenación de la exuberante vida monástica de la Bética) y Concilio IV de Toledo.
El celo de almas le condujo también a escribir, pero no buscaba la idea original o innovadora, sino que se afanó por recoger, recopilar y resumir lo ya escrito por los Padres de la Iglesia y, a través de ellos, de los autores clásicos, con el fin de facilitar el estudio y conocimiento de un público amplio. De aquí que sus obras sean en sí mismas una enciclopedia o síntesis de la herencia bíblica y greco-romana, que Braulio de Zaragoza recoge y resume en su Renotatio librorum domini Isidori, hasta una veintena de libros como el de las Diferencias, las Sentencias, una Regla monástica, sobre el origen de los godos…, sobre los números, sobre la naturaleza de las cosas y, sobre todo, «un códice de Etimologías de enorme extensión (…). Todo aquel que lea a fondo y medite frecuentemente esta obra del todo conveniente a la filosofía, no será ya, con razón, desconocedor de los asuntos humanos y divinos. En ella abundan las elegancias de las distintas disciplinas, pues en ella reunió de forma resumida todo cuanto en la práctica debe saberse».

Artífice de los principios que regirán la política medieval
Así vemos cómo, al servicio de la fe, recopila el saber antiguo y nuevo. Pero no por una nostalgia, o con estéril intención conservadora de «cicerón de cementerio», sino para asegurar que este conocimiento estuviera disponible en la nueva era que le toca vivir. Y en esta era ya no hay Imperio romano, el Imperio bizantino está lejos, en Oriente… los protagonistas de la nueva época que empieza son los germanos, los visigodos. A ellos hay que hacer entrega del tesoro de conocimiento y cultura antigua y cristiana para que lo desarrollen y lo hagan florecer. De aquí su esperanza y confianza en el «floreciente pueblo de los godos» a quienes no duda en otorgar una misión en la historia conforme al designio divino en su Historia de los godos.
Estuvo íntimamente unido por amistad con los monarcas godos de su tiempo: Gundemaro, Sisebuto, Suíntila y Sisenando. Colaboró con ellos, participó de reuniones episcopales, visitaba al rey para resolver problemas… de hecho, dedicó al rey Sisebuto el Libro del universo y la primera versión de las Etimologías. Pero a él debemos también principios que regirán la doctrina política medieval como por ejemplo la definición de auctoritas y potestas, o el convencimiento de que por el cumplimiento de las leyes morales inscritas en el alma humana se sigue también la ley de Dios y que, por tanto, el derecho consuetudinario, las costumbres de los pueblos probadas por el tiempo son justas y obligan al rey y al reino tanto como el derecho positivo. De ahí el condicional de su famosa fórmula «Rex eris si recte facias, si non facias, non eris» en el libro IX de las Etimologías.
Estas doctrinas y sus enseñanzas se extendieron rápidamente y encontramos obras de san Isidoro, o bien, summas, versiones, partes de las mismas en las bibliotecas de monasterios de toda Europa hasta convertirse en parte fundamental de la civitas christiana medieval.
Por fin, habiendo rebasado los 70 años, san Isidoro nota que se acerca su muerte. En otoño de 635 empieza a encontrarse mal. Tenemos noticias de una última penitencia en 636 antes de su muerte: cilicio y ceniza, una larga oración de arrepentimiento, súplica de perdón a Dios y a sus hermanos en Cristo y devota recepción de la Eucaristía.
Desde que sus reliquias fueron trasladadas a la iglesia de San Isidoro de León, en 1063, por el rey Fernando I de León, a su fama como intelectual se le añadió una intensa devoción que recibió el espaldarazo en 1722 cuando el papa Inocencio XIII estableció el 4 de abril como día del santo y aceptó su tratamiento como doctor de la Iglesia. Y lo es porque sintetiza en su figura la cultura clásica, la tradición germánica y la tradición judeo-cristiana, raíces que, regadas y permeadas por la fe católica, crecieron hasta convertirse en un gran árbol. O, en palabras de Braulio de Zaragoza:
«A éste lo suscitó Dios en los tiempos que corremos después de tantas catástrofes de Hispania, creo yo, para restaurar las doctrinas y testimonios de los antiguos, y para que no acabáramos esclerosándonos en un ambiente de ignorancia, nos lo puso como una especie de tutor».
Además del valor universal de sus recapitulaciones y enseñanzas, san Isidoro de Sevilla es capaz de identificar en los albores del siglo vii que comenzaba una nueva era; que, bajo el amparo de la monarquía visigoda había surgido un pueblo nuevo cuyo fundamento estaba en el catolicismo, que dio unidad a una diversidad de pueblos y culturas y cuya forma fue la monarquía. Este proyecto visigodo, objeto de las esperanzas de san Isidoro fue ideal y bandera durante los inicios de la reconquista y más tarde cristalizó en aquella monarquía tradicional y católica por la que brindó Menéndez Pelayo en el Retiro (1881).

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