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CRISTIANDAD

San Ildefonso de Toledo, clave en la consolidación de la devoción mariana

San Ildefonso ha pasado a la historia como el santo mariano de la época tardoantigua. Su fervor hacia la Virgen empapó la fe del pueblo cristiano que vivía en Hispania y este fervor ha sido propagado de generación en generación. Por ello, se puede decir que la devoción a María es una de las características más sobresalientes de la fe del pueblo español, cuya tierra se denomina «tierra de María».

Por Francisco María Fernández Jiménez
mayo 2026
en Artículos
8 min de lectura

San Ildefonso, arzobispo de Toledo del siglo VII, es considerado como uno de los teólogos hispanos más mariano. Como veremos, su obra De virginitate sanctae Mariae (La virginidad de Santa María) pasa por ser uno de los hitos importantes en la devoción mariana en España.

Antecedentes
Pero para llegar hasta el pensamiento de san Ildefonso, nos preguntamos sobre los orígenes de la devoción hispana a la Madre de Dios. Ya al final del periodo romano, la Iglesia en Hispania recibió como herencia las obras de algunos Padres de la Iglesia como san Jerónimo y san Agustín que ensalzaban la virginidad de María y su vida ejemplar como modelo del cristiano, especialmente de las personas que abrazaban la vida monástica.
Otro aspecto no menos importante en este origen de la devoción mariana fue la lucha de los hispanos romanos por mantener su fe católica frente a los visigodos que profesaban el arrianismo. Estos últimos carecían de devoción mariana como también negaban la divinidad de Cristo, por tanto, rechazaban el título mariano de Madre de Dios. En cambio, entre los católicos, gracias al Concilio de Éfeso, se extendió la devoción a la Madre de Dios por toda la Cristiandad católica, tanto latina como bizantina. Además no podemos olvidar la presencia de los citados bizantinos en el sur de la Península durante el siglo vi que también se caracterizaban por la piedad mariana.
Ya más cerca del nacimiento de nuestro santo, se produjo la conversión del rey Recadero al catolicismo y con ella la dedicación de la iglesia principal de la ciudad de culto católico a Santa María. Fue el 13 de abril del 587 y todavía se encuentra el testimonio de esta consagración en una inscripción de la época que se encuentra en el interior de la actual catedral toledana, que sigue dedicada a la Virgen. Esto ocurre dos años antes del famoso concilio donde se produce la unificación religiosa de Hispania en el III Concilio de Toledo (año 589) que se celebró en este templo precisamente, acontecimiento clave para la historia de la fe católica en España.

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San Ildefonso de Toledo
En este contexto nace nuestro santo arzobispo. Su nacimiento se sitúa en torno al año 607. Su biógrafo san Julián afirma que desde niño sintió la vocación monacal y por eso ingresó en el monasterio agaliense, situado en los alrededores de Toledo, donde llevó una vida ejemplar. En el monasterio llegó a ser abad, rigiéndole con la disciplina debida y guardando la regla, hasta que en el año 657, al fallecer el arzobispo san Eugenio, el rey Recesvinto lo llamó del monasterio agaliense para que aceptare el oficio de pastor de la diócesis de Toledo, cargo que ejerció durante nueve años con gran santidad y celo. Murió el 23 de enero de 667.
Del arzobispo toledano nos interesan principalmente tres cualidades suyas de las que tenemos abundantes testimonios y que sirvieron para encumbrar su figura: su virtud pastoral, su elocuencia y su fervor mariano.
Empecemos por su virtud pastoral. Si hacemos un repaso al episcopologio de la sede toledana, nos damos cuenta de que san Ildefonso ni es el primer obispo, sino el trigésimo primero, ni el primer prelado santo de esa diócesis, sino el tercero después de san Eladio y san Eugenio; sin embargo ha pasado a la historia como su pontífice más importante hasta convertirse en el patrón de la diócesis. Nos preguntamos la razón de este hecho y la respuesta es por su elocuencia y, singularmente, por su fervor mariano, de lo que luego nos ocuparemos; también por formar a los catecúmenos, a los que dedica un libro titulado Conocimiento del Bautismo y otro a los ya bautizados, llamado el Camino del desierto. Dos obras en las que muestra su capacidad de enseñar y su deseo de hacerlo.
Sobre su elocuencia tenemos el testimonio de la Crónica mozárabe del 754 en la que se recoge lo que ya era su fama de pastor santo y elocuente no sólo en su palabra sino también en sus escritos: «Brillando extraordinariamente entonces el melifluo Ildefonso por su boca dorada, elocuente en diversos libros y floreciente en gran manera en el Tratado acerca de la Virginidad de Nuestra Señora, la siempre Virgen María, con una expresión nítida y limpia, escrito en estilo sinonímico, y estando sentado sobre el ancla de la fe de su tiempo en toda su Iglesia, fueron escritos por él libros y se extendieron por Iberia».
Pero lo que más fama le ha producido fue su amor a la Virgen, que el Pueblo de Dios ha relacionado con dos hechos de su vida: la composición del libro sobre la virginidad de Santa María y la intervención suya en favor de la inclusión en el calendario litúrgico hispano de la fiesta mariana del 18 de diciembre. Empecemos por esto último. En el Concilio X de Toledo, celebrado bajo la presidencia de san Eugenio en el año 656, se trataron, entre otras cuestiones, la manera de acabar con dos problemas: el primero consistía en el deseo de unificar en toda Hispania el día de la celebración de la fiesta de santa María, que tenía lugar en diversos momentos del año según las diferentes Iglesias locales. El segundo era dar esplendor al día de la Anunciación, fiesta considerada en sus vertientes cristológica y mariana que, como refieren los cánones del citado concilio, caía o durante la Cuaresma o en las fiestas pascuales, no pudiéndose por eso oficiar con solemnidad. Para solucionarlo deciden que la fiesta de santa María se celebre el 18 de diciembre, ocho días antes de la Navidad. El motivo que aducen para elegir este día es la relación de María con el nacimiento del Hijo de Dios e igual que ocho días después de empezar los días de la Pasión viene la Pascua de Resurrección, ocho días después de celebrar a la Madre viene el Verbo divino. Es opinión común que en este concilio estuvo el abad del monasterio agaliense, san Ildefonso, como asesor del prelado toledano, san Eugenio, y que fue él el que promovió y defendió esta unificación de la fecha. Por tanto, se puede decir que él logró la celebración en toda España de la fiesta de santa María el 18 de diciembre.

Doctrina mariana
Ahora centremos nuestra mirada en su doctrina mariana y para ello nada mejor que leer su libro, La virginidad de santa María, del que nadie duda que es el que mayor fama le ha dado de todos los que compuso, además de ser el libro mariano por excelencia de la patrística hispana, convirtiéndole en el Padre de la Iglesia hispana mariano. Son numerosos los manuscritos que conservamos (24 códices entre los siglos ix al xiv) que nos dan idea de lo célebre que se había hecho durante la Edad Media. Parece que empezó a escribirlo siendo abad del monasterio agaliense y que ya había terminado cuando se celebró el Concilio X de Toledo, pues de esta forma se lo pudo regalar al obispo de Barcelona Quirico que asistió a este evento. Al mismo tiempo, si comparamos algunos pasajes del De virginitate con el oficio y la misa de la fiesta mariana del 18 de diciembre, vemos abundantes paralelismos que nos hacen sospechar que el abad del monasterio fue el autor único o, al menos, principal de la misa y que este libro estaba relacionado con la citada celebración de la Virgen. A esto hay que añadir que san Ildefonso fue ordenado obispo al año siguiente del concilio y como prelado de la ciudad regia tuvo que poner por obra sus cánones, especialmente los relativos a la fiesta. No es difícil imaginarnos el amor que pondría el arzobispo en la celebración de esta solemnidad dedicada a la Madre de Dios que él mismo con tanto amor había promovido.
Nadie pone en duda que este libro es el hito inicial de toda la literatura mariana de España y el germen de una devoción que ha arraigado en nuestro país. Además hay unanimidad en reconocer que el De virginitate sanctae Mariae fue el punto de arranque de la teología mariana de España y aún, en ciertos aspectos, de la de otros países.
Sobre la finalidad de la obra, podríamos quedarnos con la opinión de Jaime Colomina que reúne las dos ideas básicas en este párrafo: «él quiere adoctrinar combatiendo; enseñar la verdad sobre María, incluso a los mismos que combate, como puede verse en repetidas súplicas al judío para que acepte la divinidad de Jesús y la grandeza de esta Madre-Virgen, hija excelsa de su estirpe».
Su contenido es no sólo mariológico, sino también cristológico, habida cuenta de la necesidad de defender la divinidad de Cristo frente a los antiguos arrianos, algunos no convertidos verdaderamente al catolicismo, y a los judíos que vivían entre los cristianos.
Pero hay un detalle novedoso de esta obra: el tema de la esclavitud mariana, que luego se recogerá para la consagración mariana. En efecto, en el último capítulo de esta obra san Ildefonso expresa su deseo de ser «el esclavo de la esclava de mi Señor» que se resume en esta frase: «que de tal suerte me gobierne ella, que por ello sepa yo que te doy gusto a ti; que su señorío me domine de tal modo en el tiempo que Tú seas mi Señor en la eternidad». Esta práctica se extendió en el tiempo, pues san Julián escribe al obispo Modeno, y le dice: «Te saludo, bondadoso hermano, que te veas siempre libre de todo peligro. Se acuerda de ti María, Virgen y Madre de Dios, a quien sirvo en el noble baluarte de su esclavitud. Que ella sea para vosotros y nosotros la patrona de la gloria, para que seamos recompensados en el santo Cielo por aquella que fecundó en su santa carne al Verbo de Dios».

Aparición mariana
Pero no podíamos terminar esta reseña del santo arzobispo toledano sin hacer referencia a la aparición de la Virgen el día de su fiesta el 18 de diciembre, en la basílica de Santa María. Cuenta la tradición que el día de su fiesta, cuando se disponía a celebrar los santos misterios, al entrar en la basílica se encontró una luz celestial y un coro de ángeles cantando. Cuando entró en el templo y se acercó al altar, halló sentada en su sede episcopal a la Madre de Dios que le dijo: «Ven a mi encuentro, queridísimo siervo de Dios, recibe de mi mano este pequeño regalo que te he traído del tesoro de mi Hijo. Es necesario que la vestidura que te he regalado tú sólo la uses en mi día. Y porque siempre permaneciste con los ojos de la fe fijos en mi servicio y pintaste en el corazón de los fieles mi alabanza, difundida la gracia tan dulcemente en tus labios, te adornarás ya en esta vida con las vestiduras de gloria, y en el futuro te alegrarás en mis moradas con los otros siervos de mi Hijo». Lo que realmente le promete la Virgen es la vida eterna como premio por su fervor mariano y su dedicación a la predicación al Pueblo de Dios. Sólo Ildefonso es digno de ella, pues sólo él ha sido el cantor por excelencia de María. Por eso recibe el premio que es la vestidura celestial, para todos los que sean dignos de la vida eterna. Esto nos enseña la importancia de difundir el fervor mariano, pues no quedará sin recompensa quien propaga la devoción.
Desde entonces, san Ildefonso ha pasado a la historia como el santo mariano de la época tardoantigua. Su fervor hacia la Virgen empapó la fe del pueblo cristiano que vivía en Hispania y éste ha sido propagado de generación en generación. Por ello, se puede decir que la devoción a María es una de las características más sobresalientes de la fe del pueblo español, cuya tierra se denomina «tierra de María».

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