Dios suscita santos en todos los estados de vida y en todos los momentos de la historia, de tal manera que comprendamos cuán verdadera es la llamada universal a la santidad. Por eso, también por su gracia hubo gobernantes que pudieron alcanzar la corona inmortal, cuando su vida, sus costumbres y su obra de gobierno se ordenaron a la mayor gloria del Rey universal, Cristo Nuestro Señor. El caso que trataremos hoy es el de Fernando III el Santo, rey de Castilla y de León.
Para comprender la vida santa del rey Fernando vamos a considerar tres claves que se entrelazan entre sí: la educación recibida, que le predispuso a una vida santa, el espíritu cruzado, que marcó su acción de gobernante y su muerte, que coronó una vida ordenada a Dios.
Educación materna
La presencia constante y eficaz de su madre, Berenguela de Castilla, fue decisiva en la formación del futuro santo. Por Berenguela recibió Fernando, en primer lugar, la misma sangre que corrió por las venas de Alfonso VIII «el de Las Navas», rey cruzado, padre de Berenguela. Por ella recibió Fernando, al mismo tiempo, la sangre de su padre Alfonso IX, rey de contradicciones, pues si bien fue el gran ausente en la mencionada hazaña cristiana de Las Navas, al mismo tiempo bajo su égida fueron reconquistadas las tierras de la actual Extremadura (Cáceres, Mérida, Badajoz).
Pero, además de sangre tan significada en la lucha por la Cristiandad, lo que sobre todo recibió Fernando de su madre fue una educación esmerada, permeada por el amor a Dios y la experiencia de una vida cristiana. El matrimonio de sus padres, celebrado en Valladolid en 1197, fue declarado nulo por el papa Inocencio III meses más tarde de celebrarse en razón de la consanguinidad de los contrayentes (eran primos hermanos). No obstante, la separación definitiva no se produjo sino años más tarde, cuando había nacido una numerosa prole. Entre ellos, Fernando, que vino al mundo en 1201.
Precisamente en razón de esta separación, Fernando quedó más estrechamente vinculado a su madre, cuya influencia no se limitaría a la infancia, sino que permanecería largo tiempo. Tres cosas podemos destacar en Fernando, como fruto bueno de la educación recibida. En primer lugar, el sentido de la justicia, que iluminó su labor de gobierno, en sus relaciones con rivales, con nobles, con burgueses, con eclesiásticos… En segundo, la castidad con la que se condujo, gracias, por una parte, a la rectitud moral que su madre imprimió en él y, por otra, a los bien avenidos matrimonios que Berenguela procuró para Fernando, evitando que por la ausencia de esposa cayera su hijo en un mal tan frecuente y pernicioso, fuente de numerosos desórdenes. Beatriz de Suabia, y tras su muerte en 1235, Juana de Ponthieu (desde 1237), fueron las esposas del rey santo. La primera fue la madre de su heredero, el futuro Alfonso X el Sabio. En tercer lugar, la religiosidad sobre la que se construyeron sus pensamientos, afectos y decisiones. En el seno de ésta cabe destacar su piedad mariana, que le vincula tan entrañablemente a advocaciones marianas como Valme (Dos Hermanas), La Antigua (Sevilla) y los Reyes (Sevilla). Esta religiosidad fue el espíritu que da sentido a sus buenas relaciones con el clero (sin menoscabar por ello la defensa de una serie de privilegios del poder temporal), a la promoción de las órdenes religiosas (monjes del Císter, frailes predicadores y frailes menores) y a las empresas de reconquista.
Espíritu de cruzada
Sin duda, esta es la nota que nos ayuda a entender de forma sintética al Rey Santo. Si algo caracterizó su vida fue la defensa de la Cruz. Esto derivó de su educación y quedó coronado con su muerte santa. Hay que mencionar que tanto su llegada al trono castellano, primero, como leonés, después, estuvieron marcadas por la dificultad. En el primer caso era a su madre a quien correspondía la corona, pero por la conveniencia que suponía el que fuese varón quien reinase, Berenguela propició que su hijo Fernando ocupase el trono (sin renunciar en ningún momento a su derecho a la corona). Esto tuvo lugar en 1217. En el otro caso, si bien Fernando había sido reconocido como heredero por su padre en 1206, el hecho de ocupar el trono castellano enfrió las perspectivas de reinar en León, por los recelos a una unión entre ambas coronas que existían en la corte leonesa. Sea como fuere, nunca fue revocado explícitamente el designio sucesorio, por lo que Fernando pudo reclamar, con éxito, el trono leonés a la muerte de Alfonso IX, su padre, en 1230. En relación con ambos accesos al trono, la legitimación por parte de Honorio III en 1218 facilitó sobremanera las cosas (por superar la dificultad de provenir de un matrimonio inválido). Pronto la Santa Sede comprobaría lo acertado de apoyar a un caballero cristiano como Fernando para ocupar los tronos de Castilla y de León.
En 1224, como rey de Castilla, reabrió la guerra contra el moro. Al año siguiente obtuvo del Papa los beneficios de cruzada para quienes combatiesen en esta empresa hispánica. Sería, desde entonces, la tenacidad del rey, combinada con una situación propicia en sus reinos y con una adecuada organización, lo que permitió mantener de forma permanente huestes en pie de guerra contra el islam. Recordemos que, desde la invasión mahometana en 711, se había ido afianzado en la Cristiandad hispánica el deseo de recuperar el reino perdido en la unidad de una misma fe. Los distintos entes políticos que fueron surgiendo (León, Castilla, Navarra, Aragón, Barcelona, Portugal) compartieron este espíritu cruzado y este sentido de continuidad con la monarquía goda. Esto lo podemos comprobar cada vez que en fuentes contemporáneas se habla de «tota Espanya» o un monarca en particular se autodefine como «rey de España».
La contribución de Fernando a esta magna empresa fue doble. Por un lado, en él quedaron ya unidos dinásticamente los reinos de León y Castilla, que en adelante conformarían la Corona de Castilla. Por otro, con él la frontera avanzó muy notablemente hacia el sur: en 1236 las tropas cristianas entraban en la Córdoba que había sido capital del islam andalusí durante siglos, y en el que habían derramado su sangre no pocos cristianos en defensa de la fe; en 1246 hicieron lo propio en Jaén; en 1248, la cruz volvía a alzarse en la ciudad de Sevilla, donde el rey Fernando sería enterrado años después (y donde reposan desde entonces sus restos, hasta hoy). Al mismo tiempo, a aquellos territorios que no pudo someter completamente, logró imponerles el pago de parias, con lo que aseguró la supremacía de la Cristiandad sobre el islam en el suelo ibérico. En todas las poblaciones que fue conquistando ordenó que en la torre más alta se colocase la cruz. Esto testimonia cuál fue el motor de su expansión, por encima de consideraciones de tipo político o económico.
Si en 1212, con la batalla de Las Navas la balanza había quedado inclinada en favor de los reinos cristianos en la lucha por la superioridad en la península, con el reinado de Fernando III (y, junto a él, con el de Jaime I de Aragón en la vertiente oriental de la península) quedó consolidada de forma incontestable esta tendencia.
Muerte santa
Puesto que se muere como se vive, Fernando, que «en Dios tuvo siempre su corazón y sus ojos», en sus últimos momentos certificó este hecho. En 1252, estando en Sevilla, viendo acercarse la muerte, pidió que le trajesen el Viático, para cuya recepción se preparó prescindiendo de todo símbolo regio. Al entrar en la habitación el sacerdote, el monarca, no sin esfuerzo, se puso de rodillas para recibir el Sacramento. Este gesto fue acompañado del de portar una soga al cuello y una cruz para venerarla. Rodeado de diversos familiares, dio unas indicaciones a su heredero, siendo la última un resumen de su vida: «señor te dejo de toda la tierra de mar acá, que los moros del rey Rodrigo de España ganado hubieron; y en tu señorío queda toda: la una conquerida, la otra tributada». Después tomó una vela, según la costumbre cristiana, y los clérigos, a petición suya, entonaron el himno del Te Deum. Pasados unos instantes, murió. Tenía cincuenta años. Era el 30 de mayo de 1252.
El reconocimiento de su santidad no vendría hasta 1671, siendo el último monarca canonizado por la Iglesia. Su vida constituye un ejemplo más de cómo, por la gracia divina, pueden alcanzar la santidad el guerrero y el gobernante. Su fiesta se celebra el 30 de mayo, día en que puede venerarse su cuerpo incorrupto, ubicado en la Capilla real de la catedral de Sevilla. Allí reposa su cuerpo junto al de su esposa Beatriz y al de su hijo Alfonso. Es patrón de esta ciudad.
San Fernando constituye un modelo no solo para los gobernantes, sino para todo cristiano, acerca de cómo es cosa grande dar la vida por Cristo, de cómo se muere como se vive y de cómo ninguna circunstancia es inútil para quien busca en todo agradar a Dios. Fernando puso sus dotes y su poder al servicio del Rey eterno, y en premio obtuvo la vida verdadera. Que él otorgue a los lectores de Cristiandad el mismo espíritu, a fin de que trabajen sin desfallecer en la venida del Reino de Cristo, el único en el que el mundo puede encontrar la verdadera paz.











