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CRISTIANDAD

España «cuna» de san Ignacio, san Ignacio «sol» de España

El Padre eterno fue guiando su historia, corrigiendo sus yerros y otorgándole sus dones, siempre en escenarios españoles. A partir de su estancia en París, cuando Ignacio forme el núcleo de «amigos en el Señor» embrión de la Compañía, Dios convertirá a Ignacio de depositario de sus dones en instrumento de su gracia para el cuidado (entre otros) de la España de la que había recibido tanto.

Por Jose Ignacio Orbe hnssc
junio 2026
en Artículos
12 min de lectura

En el presente número de Cristiandad tratamos de ilustrar cómo es España tal como decía Torras i Bages, un «conjunto de pueblos unidos por la divina Providencia». Lo hacemos a través de las figuras de grandes santos españoles, verdaderos iconos en los que el amoroso cuidado de Dios ha ido depositando sus dones y gracias más señeras y –al mismo tiempo– los ha convertido en instrumentos eficaces para forjar el ser de este pueblo en su historia.
Dos expresiones nos sirven para dar cuenta de esta doble relación en el caso de san Ignacio. Por un lado, el vasco de Loyola recibió mucho de los pueblos y ciudades españolas, por ello, con Menéndez Pelayo en sus Heterodoxos, decimos que España tiene entre sus glorias más destacadas el haber sido «cuna» de san Ignacio. Por otro lado, el capitán de la Compañía aportó también mucho a España, guiándola por los nuevos caminos de la modernidad y así, podemos, con Lope de Vega en sus versos, llamar a san Ignacio, «sol» de España.

 

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España, «cuna» de san Ignacio

En dos sentidos nuestras tierras vieron nacer al más importante de los Loyola. El primero se refiere a su nacimiento a la vida natural, su familia, su niñez, su educación, los primeros hechos reseñables en su vida social y pública… Pero la expresión también apunta al nacimiento a su vida espiritual, a su rol en la vida de la Iglesia. España fue primero cuna del gentilhombre Íñigo, pero fue también cuna del santo Ignacio.
La primera cuna de Ignacio es Loyola, aquella casa-torre de la villa de Azpeitia, metida entre valles y montañas vascongadas. Loyola le va a dar estirpe, impronta familiar, código genético y horizonte primigenio. El menor de trece hermanos, hijo de don Beltrán y doña Marina, aunque pronto huérfano de madre, Íñigo heredará de sus mayores ese «ánimo de grandes cosas» y gran determinación en sus propósitos. Allí mamará aquella fe robusta y sencilla que siempre tuvo (aunque durante un tiempo no le acompañaran las obras), recibirá también aquella educación de nobleza campesina y tono musical, siempre orientado al servicio del Rey de Castilla, allí aprenderá a expresarse en su característico estilo concreto y rotundo.
Otra ciudad que puede considerarse «cuna» de un Íñigo adolescente fue Arévalo. En el corazón de Castilla Íñigo vivió por once años entre los hijos de don Juan Velázquez, Contador mayor del Reino, de la máxima confianza de Isabel y Fernando. Aquí nacería el Íñigo cortesano y caballeresco, a la vez que pendenciero y vano. Entre sus salones y recepciones Íñigo cultiva afición a la pluma y a la música, y especialmente a los libros de caballerías como el Amadís de Gaula, llegando a tener «todo el entendimiento lleno de ellos». Su mayor deleite está en el uso de las armas y en el deseo de honra. En esta época san Ignacio habló de sus «travesuras de mancebo», en efecto, por esos días tenemos noticia por alguna calaverada carnavalesca en Azpeitia de un proceso que Íñigo consiguió esquivar. Pero la Providencia también actúa en negativo: la primera frustración del joven y soñador advino con la caída en desgracia de su protector. Al morir el rey Fernando, su nieto Carlos dispuso que las villas de Arévalo, Madrigal y Olmedo, donde don Juan Velázquez era señor, pasaran a depender de la viuda del rey católico doña Germana de Foix. La arbitrariedad e ilegalidad de la medida hizo que el protector de Íñigo decidiera rebelarse contra el nuevo rey, atrincherándose en las villas, pero a la postre, sin éxito, tuvo que rendirlas, muriendo al poco. Sin duda Íñigo participó de aquella desventura que supuso para él un primer desengaño.
Junto a Loyola y Arévalo la siguiente ciudad que «acunaría» al joven hidalgo sería Pamplona, su residencia más frecuente durante los casi cuatro años en los que Íñigo estuvo al servicio del virrey de Navarra y duque de Nájera, don Antonio Manrique de Lara. Por estos años ocupa su pensamiento aquella mujer, «no condesa ni duquesa», sino de más alto rango, que sus biógrafos adivinan en la bella infanta Catalina. El padre Orlandis explicó en una serie de ocho artículos publicados en esta revista cómo por aquellos días se oyó por todo el mundo cristiano la proclamación de la bula de cruzada que promulgó el papa Julio II, con una serie de similitudes bien expresivas, que sin duda le servirían de base en su parábola del rey eternal.
En efecto, Íñigo trabajaba ahora por ser «noble caballero»: participa entre las tropas del rey Carlos frente a los comuneros, ejerce alguna misión diplomática y pacificadora entre bandos guipuzcoanos… Pero el hecho de armas más destacado acaecería en la defensa de Pamplona. Un poderoso ejército acaudillado por Enrique de Albret trataba de recuperar el reino perdido años atrás. Su amenaza a las puertas de la capital del viejo reino trastornaba los precarios equilibrios políticos de la ciudad. Íñigo impulsado «por la grandeza de su ánimo y por la ambición de gloria», se precipitó en ella para defenderla. Cuando las autoridades de la villa, no obstante, decidieron rendirla, Íñigo tuvo papel principal en que el alcaide accediera a encerrar sus pocas tropas en la fortaleza, dispuestos a defenderla hasta la muerte. Sería en este trance cuando le alcanzó el proyectil que quebró sus piernas dejándolo malherido en el cuerpo y magullado en el alma. Aquello daba un nuevo giro providencial a su vida.
Si Loyola, Arévalo y Pamplona simbolizan el nacimiento del gentilhombre Íñigo, a la vida, a la corte y a la milicia, nuevamente van a ser ciudades españolas las que sean escenario de su «segundo nacimiento» a la gracia y a la mística. En Loyola (allí volvería Ignacio para pasar su convalecencia, entre dolores y sangrías, meditaciones y lecturas) se daría en su alma una suerte de nueva gestación, en este caso a una vida nueva y sobrenatural. La Vita Christi, el Flos Sanctorum, las diversas mociones de los espíritus observadas en su alma, el ejemplo de los santos –los caballeros de Dios– en sus penitencias, peregrinaciones y grandes mudanzas… En estos deseos en una noche se encomendó a María «prometiéndole seguir su estandarte real y dar coces al mundo». La mano de la Virgen mecía la cuna de la nueva criatura.
En efecto, así fue también durante el camino emprendido desde Loyola hasta Barcelona, que tuvo dos paradas maternales: Aránzazu y Montserrat. Ambas advocaciones marianas tienen su lugar en el proceso de transformación de Ignacio, en la primera hace vigilia de oración, en la segunda hará vela de armas al uso de los antiguos caballeros. En la sierra catalana Ignacio había hecho confesión general de sus pecados y trocó sus vestidos por otros más pobres y abandonó sus armas como exvotos para María, como diría Lope, «porque se quiere ceñir / armas que conquisten almas / que Dios se lo manda así». La Madre nuevamente tras recibir su ofrenda le conduciría a Manresa, allí el Hijo ilustraría su alma.
Manresa, seguramente la ciudad ignaciana por antonomasia. Acogido entre las buenas familias del lugar, Ignacio vivió allí once meses penitente. Él llamaba a ese periodo «mi noviciado». Allí la gracia de Dios le hizo santo, allí el Señor lo elevó a cumbres místicas, lo ilustró con luces y sabiduría divinas y le hizo vislumbrar la obra que pretendía hacer con él. Entre iglesias, cruceros, albergues, hospitales y cuevas, Ignacio, hambriento de Dios, llevaba una vida eremita y contemplativa. El Señor le hizo atravesar un viaje espiritual a través de tres etapas, primero de paz y sosiego, más tarde de purificación por tribulaciones interiores en forma de escrúpulos y desolaciones, para, por último, recibir una serie de consolaciones y luces de altísimos quilates. La Trinidad, la humanidad de Cristo, la obra de la salvación, la maternidad de María… la comprensión que recibió de los misterios sobrenaturales alcanzó su culmen en la iluminación a la orilla del Cardoner. «Aquella vez sola» entendió más que en el transcurso de su vida posterior, según él decía. De estas gracias nacería el núcleo de los Ejercicios Espirituales y el primer esbozo de la Compañía.
Una nueva tanda de ciudades españolas tendría su rol en la vida de Ignacio: Barcelona, Alcalá y Salamanca. La primera sería el puerto desde donde partiría para Roma, camino de Jerusalén, pero también el de regreso desde Tierra Santa, con la convicción de que Dios le pedía «estudiar letras» para poder «aprovechar a las almas». En la Ciudad Condal haría Ignacio sus estudios de gramática, a pesar de las dificultades. Aprendidos los latines, sería Alcalá quien viera sus intentos por progresar en las Artes o filosofía. Allí estudiaría algo desordenadamente «los Términos de Soto, la Física de Alberto y el Maestro de las Sentencias». Entre erasmistas y alumbrados, los primeros proselitismos de Ignacio provocaron hasta tres procesos que le investigaron en la ciudad complutense. Absuelto de toda culpa, pero bajo sospecha, Ignacio decidió trasladarse a Salamanca. No sería mejor su suerte en la «Atenas española», en ella estuvo apenas dos meses, de los cuales una veintena de días en la cárcel. Nuevamente sus escritos serían absueltos de error, pero la prohibición de hablar de cosas de moral hasta que no acabara sus estudios le decidió a marcharse a París. Los primeros estudios de Ignacio quedan algo deslavazados, pero no dejó de aprender algunas lecciones vitales en las tres ciudades por las que pasó.
En la vida de los hombres suele haber un punto de inflexión en el que se pasa de una etapa en que principalmente se recibe o acoge a un tiempo nuevo en que primordialmente se dedican a dar y entregar. En la primera parte de su vida, Dios cuidó de Ignacio, como suele, a través de causas segundas, por amistades y protectores, entre entramados sociales, por tradiciones patrias, según dones de cultura y educación… De otra manera también le habló más directamente con sus dones místicos e ilustraciones del alma. Así, el Padre eterno fue guiando su historia, corrigiendo sus yerros y otorgándole sus dones, siempre en escenarios españoles. A partir de su estancia en París, cuando Ignacio forme el núcleo de «amigos en el Señor», embrión de la Compañía, Dios convertirá a Ignacio de depositario de sus dones en instrumento de su gracia para el cuidado (entre otros) de la España de la que había recibido tanto.

San Ignacio, «sol» de España
En la encrucijada que inaugura la Edad Moderna, mucho se ha hablado de la significación y contrastes de los caminos tomados por tres súbditos de Carlos V: Erasmo, Lutero e Ignacio. El flamenco podría representar simbólicamente el humanismo renacentista, con su aire de modernidad y crítica de la decadencia escolástica, con su superioridad entre erudita y vanidosa, reformista y egocéntrica. Sabemos de san Ignacio que empezó a leer su De milite christiano escrito en impecable latín, pero también cómo notó que a medida que avanzaba en su lectura se le entibiaba el fervor, resolviendo dejarlo de lado. Tampoco en Alcalá quiso leer el Enchiridion militis christiani del mismo autor. Más tarde en una de sus visitas a Flandes para recaudar dinero para sus estudios, sabemos que Ignacio comió con Luis Vives, a quien hizo una reconvención por algunos comentarios con sabor erasmiano sobre los preceptos de abstinencia. Sin desdeñar las buenas ideas metodológicas o lo acertado de algunas críticas que se hicieron en ese ambiente, Ignacio tenía sin embargo una concepción diferente de la verdadera caballería cristiana, mucho más arraigada en la España medieval, más mística que mundana, más sobrenatural que humana, aunque no por ello menos moderna.
Otras veces se ha hecho el paralelo entre las mociones espirituales de Ignacio en la torre-fortaleza de Loyola y la experiencia de la Torre que invocaba Martín Lutero para acusar de contaminación pelagiana a la Iglesia católica. ¡Qué diferentes maneras de responder a los dones de Dios! Uno desde la humildad, la contrición y la conversión, otro desde el secreto orgullo, la rebeldía antirromana y la reforma rupturista. También al parecer coincidieron fugazmente Calvino e Ignacio en París. Ignacio coincidía, sin duda, con algunas de las críticas a la mundanidad renacentista que se había instalado en la Iglesia y también él laboró por una verdadera reforma de Roma y de la Cristiandad, sin embargo, quiso hacerlo siempre sintiendo con la Iglesia, sin levantar bandera de rebeldía y al servicio del pontificado.
Providencialmente, en este proceloso mar de la modernidad, sería finalmente el «Sol» de Ignacio el que iluminara el camino de la nave española. Cuando al llegar a París reuniera a los primeros amigos, cinco de los siete primeros fueron españoles. Junto al saboyano Pedro Fabro, Ignacio conquistaría al navarro Francisco de Javier, que sería el mayor misionero de la era moderna. Poco más tarde al segoviano Francisco Laínez y al toledano Alfonso Salmerón, que llegarían a ser verdaderas luces en el Concilio de Trento. También, al palentino Nicolás de Boadilla el inquieto verso suelto del grupo, todos ellos pertenecieron al núcleo del fundador, haciendo los votos de Montmartre. Después de muchas peripecias, estando ya en Roma, nuevos hombres españoles se unirían a la Compañía. De mucha importancia fue el burgalés Juan Alfonso Polanco, «memoria y manos», del padre Ignacio, que ejerció la labor callada pero importantísima de secretario de la naciente Congregación. Otro nombre clave sería el mallorquín Jerónimo Nadal, que se convertiría en uno de los colaboradores más estrechos de Ignacio, siendo su comisario y visitador por las distintas provincias y gran comentarista de las Constituciones.

Las obras apostólicas de la Compañía
La primera misión de la Compañía en España tuvo como nombres clave a Pedro Fabro, y de una manera más duradera al vasco Antonio de Araoz. Ignacio los envió para hacer conocer el instituto a príncipes, obispos y pueblo, para dar Ejercicios Espirituales, reclutar vocaciones, fundar colegios y predicar el Evangelio. Todo ello se cumplió con creces. Pero el personaje que más contribuyó para el arraigo de la Compañía en tierras españolas sería sin duda san Francisco de Borja. La vocación a la Compañía del duque de Gandía y virrey de Cataluña pondría al servicio de Ignacio un santo varón con grandes cualidades de gobierno y especial consideración en la Corte. La profusión de vocaciones en suelo español provocaría que al tiempo la provincia de España se dividiera en tres (Castilla, Andalucía y Aragón).
¿De qué medios se sirvió la Providencia para hacer bien a España a través de los hijos de Ignacio? Sin duda uno de los más característicos fueron los colegios. Aquella intuición ignaciana de aplicar la evangelización a la educación de la juventud de una manera sistemática y constante sería una de sus grandes aportaciones al apostolado de la Iglesia. Empezando por el de Gandía, la Compañía fundaría hasta dieciocho colegios en España en vida del fundador, más tarde llegarían a alcanzar en torno al centenar antes de ser expulsados del reino por Carlos III. Generaciones de españoles han sido formados en «piedad, virtud y letras» por los hijos de Ignacio.
Otro de los grandes dones de la Compañía a España fueron sus misioneros por los cuatro continentes. Javier «apóstol de las Indias» fue el primero de todo un reguero de jóvenes que entregaron su vida en el Oriente asiático, no pocos jesuitas españoles se cuentan entre los famosos mártires de Nagasaki. También en el Nuevo Mundo los jesuitas tuvieron una labor ingente de misiones, colegios y universidades, desde san José de Anchieta, el canario apodado «apóstol del Brasil», hasta las famosas Reducciones del Paraguay. Nuevamente en estos lares habría no pocos grupos de mártires. Otros jesuitas españoles intentarían alcanzar los reinos africanos o las más remotas islas oceánicas, como Pedro Páez el «apóstol de Etiopía» y el beato burgalés Diego Luis de San Vitores quien bautizaría las Islas Marianas.
Más tarde vendrían nuevos hijos ilustres de Ignacio y de España. Desde la provincia aragonesa aparecería san Alonso Rodríguez como modelo de los hermanos coadjutores y san Pedro Claver «esclavo de los esclavos para siempre». Desde la provincia castellana el Señor se serviría de otro jesuita como primer heraldo de la buena noticia del Amor del Corazón de Cristo: el beato padre Hoyos en su mística juventud empezaría una corriente de agua viva que alegró la ciudad de Dios en nuestra patria. Por desgracia, España no siempre supo ser agradecida con la benéfica influencia de la Compañía. Fue el rey Carlos III uno de los primeros en expulsar la Compañía de sus reinos. Las presiones hicieron que el mismo Papa decretara su disolución (1773). Al menos, a modo de desagravio, podemos decir que otro de nuestros compatriotas, el zaragozano san José Pignatelli fue una de las figuras clave para mantener el espíritu en el desierto y propiciar la restauración de la Compañía, alcanzada en 1815.
La que se llamó Nova Compañía volvió a dar frutos insignes en España y a pesar de las nuevas expulsiones que habría de sufrir la Orden en nuestro país por las revoluciones liberales (1820, 1835, 1868, 1932), brillarían nuevos nombres jesuitas. Entre los llegados a los altares están el beato Francisco Gárate, «hermano finuras», humilde portero de la influyente Universidad de Deusto. En Madrid, san José María Rubio, gran apóstol de los barrios pobres y predicador incansable. En Málaga el beato Tiburcio Arnaiz, apóstol de las misiones rurales. Aunque quizá el signo más elocuente de los rayos de luz que proyecta el sol de Ignacio sobre la vieja piel de toro es la cosecha de más del centenar de mártires durante la persecución de la guerra civil española. En fin, entre los jesuitas que dieron y siguen dando luz para caminar entre las encrucijadas de nuestro tiempo, contamos por supuesto a nuestro padre Orlandis, quien supo siempre ser un «hijo de san Ignacio» y «apóstol del Sagrado Corazón».

 

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