La caída del Muro de Berlín, el hundimiento de la Unión Soviética y el colapso del bloque comunista significó, cuando faltaba aproximadamente una década para el final del siglo xx, el final de la Guerra Fría. En la contienda nacida al acabar la segunda guerra mundial entre quienes habían combatido juntos al Eje, el bloque liderado por Estados Unidos acabó imponiéndose. Fueron aquellos momentos de euforia: en ausencia de enemigo, que entonces no sólo se rendía, sino que se convertía en nuevo aliado, se vislumbraba ya una paz bajo la égida democrático-liberal que todos los pueblos iban a abrazar con entusiasmo. Ya no iba a existir conflicto grave en un mundo unido por el comercio global y el liberalismo, y en consecuencia, la guerra como modo de resolución de tensiones iba a desaparecer del horizonte de la humanidad.
Fue aquel el momento en que Francis Fukuyama publicó primero un artículo en The National Interest y luego, ampliando aquel texto, un libro con el título «El fin de la historia y el último hombre», que se convirtió en el lema de la época. En efecto, aquel anuncio de que la historia había terminado fue acogido con júbilo. A pesar del escepticismo de unos pocos, por un corto espacio de tiempo pareció que el progreso había alcanzado su fin y que, a partir de ahora, ya no tendríamos que seguir añadiendo horrores a una historia ya saturada de sufrimiento. Y por supuesto, el fin de la historia al que se refiere Fukuyama no es el de la Lumen gentium cuando enseña que «el final de la historia ha llegado ya a nosotros y la renovación del mundo está ya decidida de manera irrevocable» porque «desde la Ascensión, el designio de Dios ha entrado en su consumación» (CIC 670).
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