En el momento en que escribimos estas líneas de presentación de este número dedicado a reflexionar sobre la paz y la guerra estamos inmersos en la incertidumbre, con la expectativa de un futuro imposible de predecir, pero temiendo que se desencadenen consecuencias irreparables. En este compás de espera, fruto de una temporal y frágil tregua totalmente precaria, las palabras del Papa León en su vigilia de oración para pedir la paz son una llamada a la esperanza puesta en el Dios de la paz: «En esta hora dramática de la historia… Las limitadas posibilidades humanas se unen en la oración a las infinitas posibilidades de Dios. De este modo, pensamientos, palabras y obras rompen la cadena demoníaca del mal y se ponen al servicio del Reino de Dios; un Reino en el que no hay espada, ni drones, ni venganza, ni banalización del mal, ni lucro injusto, sino sólo dignidad, comprensión y perdón».
Añade el Papa la razones profundas de esta trágica situación internacional que tiene sus raíces y manifestaciones en tantos aspectos del mundo actual, que son contemplados con una actitud suicida como conquistas de derechos y libertades del hombre actual: «Incluso el santo nombre de Dios –el Dios de la vida– es arrastrado en discursos de muerte. Por todas partes se perciben amenazas, en lugar de llamadas a la escucha y al encuentro. (…) En cambio, está sometido a la muerte quien ha dado la espalda al Dios vivo, para hacer de sí mismo y de su propio poder el ídolo mudo, ciego y sordo (cf. Sal 115, 4-8), al cual sacrificar todo valor y pretender que el mundo entero se doblegue ante él».
De igual modo Pío XI después de la experiencia de la primera guerra mundial y ante las amenazas, más adelante hechas realidad con una nueva guerra mundial, recordaba las palabras de los profetas, que hoy son de plena actualidad:
«Esperamos la paz y este bien no vino, el tiempo de la curación, y he aquí el terror (Jer. 8, 15); el tiempo de restaurarnos, y he aquí a todos turbados (Jer 14, 19). Esperamos la luz, y he aquí las tinieblas…; y la justicia, y no viene; la salud, y se ha alejado de nosotros. (Is 59, 9, 11)».











