Al caer el Muro de Berlín e iniciarse el proceso político que daría lugar a la desintegración de la URSS, cambió radicalmente el panorama internacional que había estado vigente desde finales de la segunda guerra mundial. Parecía que una vez desaparecida la causa principal de la tensión política de los últimos decenios se abría en el horizonte político internacional un período de paz. Se anunciaba un nuevo orden político internacional, garantía de una paz consolidada y estable, se afirmaba que la superioridad del sistema político y económico vigente, es decir de la democracia y de un renovado liberalismo económico, había quedado patente y se auguraba su rápida difusión y aceptación por la práctica totalidad de los países que forman la comunidad mundial.
Los hechos desmintieron de forma rápida y demasiado contundente estos buenos presagios. Los conflictos de todo tipo pronto vinieron a caracterizar el panorama internacional, Oriente Medio, Guerra del Golfo, persistencia del conflicto arabe-israelí, conflictos culturales, étnicos y religiosos en Bosnia, conflictos también étnicos en el centro de África, y otros muchos focos de tensión entre estados o en el seno de las mismas naciones, cuestionando sus actuales fronteras. Los conflictos no sólo no desaparecieron, al contrario, se multiplicaron hasta la actual situación actual. Desde ámbitos diversos se anuncia repetidamente una posible y terrible tercera guerra mundial. Parece como si las esperanzas de una paz duradera se hubieran desvanecido, la precariedad de un equilibrio de intereses circunstanciales es manifestación de la debilidad de una civilización que se está apagando por falta de vida.
Apoya a los autores y suscríbete a los contenidos
Esto es material premium. Suscríbete para leer el artículo completo.











