Vivimos en un mundo en el que los acontecimientos se suceden con tal rapidez y precipitación, lo que parece hoy de rabiosa actualidad mañana está en el cajón de los olvidos. Si alguien pretendiera centrar siempre su atención en aquello que parece de actualidad, muy pronto tendría experiencia de su fracaso. Movido el padre Orlandis por esta convicción escribió el año 1946 un editorial en el que glosaba un artículo publicado en un periódico Barcelonés en el que se afirmaba en un sentido laudatorio que Cristiandad no es una revista que trate de actualidades, pero sí que tiene preocupación por lo que es realmente de «actualidad», es decir, por todo aquello que por distintas razones humanas o providenciales ayudan a explicar en qué tiempos vivimos, contemplados a la luz de la fe y de las enseñanzas de la Iglesia. Por ello podía añadir este juicio con El que a tantos sorprendería por su radical actualidad: «Consiste la suprema actualidad precisamente en que la soberanía de Cristo, su acatamiento por los pueblos y naciones, por el género humano, es el único remedio del mundo actual, el antídoto contra el veneno de rebelión inoculado por la Revolución. Sujétese el mundo a este divino régimen y recobrará la salud, y alcanzará la verdadera paz. Pax Christi in Regno Christi. Mas la soberanía de Cristo, no tan sólo es actualidad de remedio, es además actualidad de esperanza». En la situación en que vive el mundo, buscando un camino de paz que no encuentra, estas palabras del padre Orlandis continúan teniendo una «suprema actualidad».
Hemos hecho esta referencia a la actualidad porque este número dedicado a san José en el mes en que la devoción popular ha considerado que le está dedicado, está pensado para responder a cuestiones de verdadera actualidad. Principalmente dos: san José, como modelo de esposo, y como modelo de padre.
En tiempos en los que la familia es objeto de múltiples agresiones políticas, culturales y sociales, siendo estos ataques el principal medio del Maligno para erradicar a Dios de la vida de los pueblos y del corazón humano, es necesario, como tantas veces han proclamado los papas, dirigir nuestra mirada al hogar de Nazaret. Recordemos la palabras de Pablo VI pronunciadas con ocasión de su viaje a Tierra Santa: «Nazaret es la escuela de iniciación para comprender la vida de Jesús, la escuela del Evangelio. Aquí se aprende a observar, a escuchar, a meditar, a penetrar en el sentido, tan profundo y misterioso, de aquella simplísima, humildísima, bellísima manifestación del Hijo de Dios… nos ofrece además una lección de vida familiar. Que Nazaret nos enseñe el significado de la familia, su comunión de amor, su sencilla y austera belleza, su carácter sagrado e inviolable, lo dulce e irreemplazable que es su pedagogía y lo fundamental e incomparable que es su función en el plano social».
Las dificultades en que se vive hoy la educación de los hijos son fruto en gran parte de una falta de autoridad paterna en el seno de la familia, falta de autoridad que es manifestación de una actitud espiritual de extrema gravedad por su naturaleza y por su extensión en tantos ámbitos y situaciones. El hombre de hoy pretende ser, con su exclusivo criterio, capaz de juzgar a todos y de todo, la obediencia parece ser sinónimo de humillación o cobardía. A pesar de que a través de tantos medios culturales y políticos está más que nunca sometido inconscientemente a los que aquellos exigen.
Las palabras del recordado obispo de Vic Torras y Bages, en su devoto mes dedicado a san José son siempre oportunas: «en la juventud de Nuestro Señor Jesucristo hemos de contemplar la sumisión que mostró a san José, porque ella ensalza y engrandece la autoridad y la dignidad del glorioso Patriarca. Todo un Dios hecho hombre se pone a su disposición, está a sus órdenes, le sirve como oficial en las tareas de su profesión; y en aquel venerable taller de Nazaret san José era verdaderamente el dueño y el maestro del mismo Hijo de Dios. Nosotros, por desgracia, huimos de la obediencia, murmuramos de nuestros superiores, creyendo, tal vez, que tenemos más méritos que ellos; y el buen Jesús, Hijo de Dios, no se desdeña de obedecer; al contrario, obedece con amor y humildad al Carpintero de Nazaret, respetándole como a padre y sirviéndole como su amo».











