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CRISTIANDAD

San José, modelo de amor casto y esponsal

En tiempos de una profunda crisis de lo viril, la devoción a san José y el estudio de su personalidad resultan providenciales. Las raíces de esta crisis se encuentran precisamente en una defectuosa comprensión del matrimonio, la vida conyugal, la paternidad y del sentido de la diferencia entre varón y mujer; es decir, todo aquello que las virtudes de san José iluminan con una luz especialmente cercana, concreta y serena.

Por Gonzalo Letelier Widow
marzo 2026
en Artículos
11 min de lectura

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Todo lo que sabemos sobre san José procede de los Evangelios, que dicen bastante poco.

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Por la genealogía de Jesús, tenemos certeza de su ascendencia davídica, porque José es verdaderamente padre del hijo de David. Sabemos también que era tékton, un carpintero o albañil.  Finalmente, tenemos unos breves relatos de la infancia de Jesús.

Cuando María concibe por obra del Espíritu Santo, José piensa repudiarla en secreto porque «era justo». Se ha dado toda clase de lecturas exóticas a este pasaje; la clave para cualquier interpretación plausible es que a José lo mueve su justicia. Más allá de los detalles particulares, solo cabe atribuir un repudio en secreto a la justicia si asumimos que José excluyó de entrada cualquier tipo de adulterio de María y entendió que allí había un misterio en el que no debía participar sin ser llamado.

Sabemos de su viaje a Belén a causa del censo de Augusto; que no encuentra posada y que, como bien puede, prepara un lugar en un establo; que está presente en la adoración de los pastores y de los Magos y en la presentación en el Templo. Sabemos de su huida a Egipto, dejando todo atrás, y de su regreso a Nazaret. Después de la pérdida y el hallazgo de Jesús en el Templo, asumimos con plena certeza que muere en compañía de Jesús y María, por lo cual es patrono de la buena muerte. Así ha querido la Providencia que lo conozcamos.

No conocemos una sola palabra de san José. No se puede concluir que haya hablado poco, pero sí nos muestra el valor de un cierto tipo de silencio. Ante la voz del Dios, san José calla y obedece. No hay nada que interpretar, objetar o discutir: José se levanta, toma sus cosas y se va. Se trata de una obediencia instantánea, que no excluye, sin embargo, el juicio prudencial. El ángel le dice qué hacer (volver a Israel desde Egipto, por ejemplo), pero no le dice cómo (es José quien decide radicarse en Nazaret). José aparece como modelo de una función familiar típicamente masculina, que hoy es políticamente incorrecto siquiera sugerir: el gobierno. Firme, sereno, sin estridencias, propio de aquel que, a su vez, obedece. De hecho, no entendemos la virtud propia del mando porque tampoco entendemos la obediencia, pues mandar no es sino el modo más noble de obedecer. Mandar no consiste en lograr que otro haga lo que yo quiero, sino en determinar el modo concreto, entre los múltiples posibles, en que haremos lo que se nos ha mandado hacer; por eso, es auténtica virtud y no mera suspensión del juicio o sometimiento a la voluntad de otro. El auténtico gobierno se da siempre dentro de un orden recibido, y no se debe a la virtud (de hecho, José es el menos santo de la Sagrada Familia) sino a un encargo.

Pureza y castidad

En Marcos 7, Jesús recrimina a los fariseos su concepto de la pureza, increpándoles que «anuláis el mandamiento de Dios para guardar vuestra tradición». Condena el modo de su obediencia, centrado en el detalle exterior y olvidado del corazón: «escuchadme todos y entendedlo bien. Nada hay fuera del hombre que al entrar en él pueda hacerlo impuro. Las cosas que salen del hombre, esas son las que hacen impuro al hombre».

La pureza no tiene que ver con el cumplimiento exterior y formal de cierto tipo de normas, tampoco en el orden de la castidad, sino con aquello que sale del corazón, «porque del interior del corazón de los hombres proceden los malos pensamientos, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, los deseos avariciosos, las maldades, el fraude, la deshonestidad, la envidia, la blasfemia, la soberbia y la insensatez» (Mc, 7, 14-22). Se trata del catálogo de actos malos más largo del Evangelio, e incluye todo lo esencial del orden de la castidad.

La impureza brota del corazón, porque es el lugar en que reside la vida, el órgano vital por excelencia, y el signo de la voluntad y del amor. La impureza es un amor desordenado que desordena la vida; un querer mal cosas que en principio pueden ser buenas. Al contrario, la pureza consiste en un corazón ordenado, que ama rectamente el bien.

Así entendida, la virtud que más claramente realiza la pureza del corazón es la castidad. Su rasgo distintivo es que la inclinación que ordena no está dirigida a una cosa, sino a alguien: la inclinación del varón a la mujer y de la mujer al varón. La castidad se refiere al amor sexuado hacia otra persona, permitiendo amarla bien, es decir, querer su bien completo como persona sexuada. Por eso es tan común que identifiquemos castidad y pureza como sinónimos.

Como explica el Catecismo (§2337), la castidad no es una virtud «negativa», centrada en la prohibición de actos malos, sino que es un orden del amor. Es la plena integración de la inclinación sexual en el amor, sin quitarle nada. Por ella, se asume la atracción sensible integrándola en un amor electivo y oblativo a alguien que me complementa.

Si la pasión consiste en un movimiento del cuerpo hacia la posesión de un bien deleitable, la castidad eleva esta pasión hacia alguien, de manera que el «hacerlo propio» se realiza mediante la donación de sí. Esta mutua donación es aquello en lo que consiste el vínculo conyugal expresada en la fórmula del sacramento: un darse y recibir al otro; un recibir al otro dándose, en un amor total y excluyente.

El matrimonio de José y María realiza plenamente lo constitutivo del vínculo conyugal: plena donación de sí, una sola vida, un solo corazón, una sola voluntad. En el matrimonio cristiano, esa única voluntad de los cónyuges no es la de uno que prevalece sobre la del otro; ni siquiera es una voluntad común a ambos porque se pusieron de acuerdo: es la voluntad de Dios. Los cónyuges disciernen en común la voluntad de Dios para ejecutarla como les parece conveniente.

El modo masculino del amor y la virtud: José, padre y esposo

El amor matrimonial es amor de varón y de mujer. El reconocimiento de la igual dignidad de varón y mujer solo es posible a partir de esta diferencia. Cuando se nos quiere hacer simplemente iguales, uno de los dos termina siendo una especie de parodia del otro. Es solo porque somos distintos que cada uno es el bien del otro. Por supuesto, esta diferencia no consiste en que haya actividades exclusivas de uno o de otro; salvo los actos generativos, no hay nada que pueda realizar un varón que no pueda realizar una mujer o viceversa. Pero todo lo hacemos según un modo diverso, porque aquel que lo realiza es distinto. Así también, el modo masculino del amor conyugal no es igual al femenino.

La raíz de la diferencia, en una apretada síntesis, es el respectivo modo de participar en la generación. El fin de la inclinación sexual de ambos es un hijo que es común: nuestro hijo. Pero «tener un hijo» significa algo muy distinto para cada uno. Ella lo forma dentro de sí y lo percibe de modo sensible desde el primer instante; su maternidad es un proceso de paulatina separación de alguien que creció a partir de su propio cuerpo. La paternidad, en cambio, es un proceso de acercamiento hacia alguien de quien no se tiene experiencia directa hasta que nace; es una realidad que se conoce intelectualmente mucho antes de sentirla. Para un padre, el contacto con el hijo y con la propia paternidad no es un dato o una experiencia, sino una elección, ciertamente obligatoria, pero no por eso menos libre.

En los hechos, la maternidad pone a la mujer en una situación particularmente vulnerable. Esta vulnerabilidad no significa debilidad (al contrario), sino posibilidad de ser herido o dañado. La mujer que concibe lleva un niño completamente indefenso que depende de ella en el orden de la subsistencia. Casi todo lo que necesitan debe ser provisto por otro.

En este contexto, lo propio del varón es la custodia. No solo en razón de la necesidad material, sino también en el orden del misterio. Ya desde Adán, lo femenino causa admiración y fascinación al varón. La maternidad, el hecho de que, a causa de uno, el cuerpo de alguien sea formado de las entrañas de una mujer que después continuará alimentándolo desde su propio cuerpo, es un misterio grande. Elevado al orden de la Encarnación del Verbo, la custodia de este misterio constituye a José como arquetipo de toda paternidad humana. Con las debidas distancias, un matrimonio cristiano asiste a un misterio semejante: la generación de un hijo de Dios, no por naturaleza sino por adopción. Y semejante también es la misión del padre: servir como instrumento para una vocación que me excede, la vocación divina de un hijo que es hijo de Dios.

Allí donde la mujer teje vínculos personales, incluso a partir de su propia carne, es propio del varón aproximarse a las cosas desde una cierta distancia, objetivándolas; por eso, su conocimiento suele ser más objetivo (algo que solo para el racionalismo moderno significó lo mismo que «más verdadero»). Ante aquello que conoce como inferior, el modo masculino es el dominio técnico que subordina; el femenino, la humanización de la cultura, integrándola a la vida. Ante lo superior, la disposición femenina es acogida disponible y agradecida, al modo del «sí» de María; el acto masculino es un servicio que custodia, protege y, si cabe, posibilita; es decir, el culto sacerdotal.

Como los pasajes evangélicos sobre san José son tan pocos, uno debe imaginar; y entonces José nos aparece proveyendo mediante el trabajo y observando con la simplicidad del que contempla; buscando cada cierto tiempo un lugar para quedarse solo y pensar.

Buscando representar la virginidad de María, la iconografía ponía a José como un hombre anciano. Su iconografía es, probablemente, una de las pocas que ha experimentado un progreso: de distintas maneras, vemos hoy a un padre joven y sereno que tiene ante sí a su hijo; un varón judío que se encuentra a sí mismo como padre del Hijo de Dios.

Su asombro insondable ante el Hijo y su madre es el modelo de la adoración eucarística. Donde María hace las veces de custodia que contiene y nos muestra a Jesús, José simplemente está allí, a una cierta distancia, mirando con amor y reverencia, invitado sin mérito alguno, haciendo posible que se manifieste un misterio que él, mediante su gobierno paterno, está llamado a entregar a las naciones. Uno podría razonablemente esperar que a san José se lo nombre patrono de la adoración a Jesús sacramentado.

Jesús «crecía en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres» (Lc, 2, 52)

Muchas cosas se las enseñó José; por lo pronto, el trabajo con el que se ganó la vida durante treinta años. San José enseñó a Dios para hacer posible su plan de redención. Nuevamente, este es el modelo del gobierno paterno sobre una familia: poner los medios para que se realice el plan de Dios sobre nuestros hijos.

Solamente desde esta lógica, la de una paternidad normal y cotidiana, puede uno intentar la «composición de lugar» que propone san Ignacio para contemplar sus virtudes, típicamente viriles. ¿Qué habrá hecho camino a Egipto, habiendo salido con lo puesto? ¿Qué habrá sentido cuando al Hijo de Dios y a la Inmaculada le cerraban las puertas, y no le quedó más que limpiar un establo? Podemos imaginar a un varón sufriente, pero sereno, ecuánime y prudente; sensible a las dificultades de los suyos, pero sin exaltaciones del ánimo. Uno que, desde su fuerza, comunica paz.

Ya dijimos algo sobre su obediencia. Habrá sido además un hombre laborioso; según Redemptoris custos (22), ser carpintero es la vida misma de José, es uno que vive de su trabajo. A partir del pontificado de Francisco, entendimos también la ternura de José. Uno podría definirla como la delicadeza del fuerte. No actúa con ternura el débil, aquel que realiza sus actos de un modo delicado porque no tiene la fuerza. Ternura parece ser aquí la suavidad de aquel que podría actuar de otro modo, pero contiene su fuerza para, desde ella y condescendiendo a la debilidad del otro, manifestarle su amor.

El amor y castidad conyugal de san José

A partir de estas reflexiones sobre el matrimonio y el modo masculino de la virtud, parece posible decir algo sobre el vínculo de José y María: plena comunión de vida, don de sí en una sola voluntad, que es la voluntad de Dios relativa a su Hijo eterno.

En este contexto, san José aparece como patrono y modelo de la devoción mariana. San José tiene que haber estado profundamente enamorado de María. Con un amor humano perfeccionado por la gracia, tal como sucede mediante el sacramento del matrimonio; un amor casto, completo y perfectamente ordenado. Hay que imaginar el modo en que la habrá mirado. Como todo enamorado, san José ve en su señora pura virtud y nada más (aunque en su caso era verdad…). Si alguien quiere aprender a amar a la Virgen, tendrá que pedírselo a san José.

Se dan plenamente en ellos todos los bienes del matrimonio: fidelidad, fecundidad y sacramento. No les falta nada. De hecho, es el matrimonio más fecundo, porque nosotros engendramos hijos de Dios por adopción, y ellos, en cambio, engendraron al Hijo de Dios, de cuya vida todos vivimos. Es cierto que no hay intimidad conyugal, pero esto no implica defecto. La unión carnal de los esposos es el modo natural de realizar una fecundidad que ellos realizaron de modo sobrenatural. Ciertamente, para nosotros es también un signo que manifiesta y realiza la mutua donación; pero lo significado, es decir, la plena comunión de voluntades (la fidelidad), se realiza en ellos sin necesidad del signo. Así, no solo es un auténtico matrimonio, sino que es modelo de todo matrimonio. Y lo es, entre otras cosas, porque realiza plenamente la castidad conyugal.

Como dijimos, por la castidad se ama bien a aquel hacia quien estoy inclinado. Al integrar las distintas dimensiones de la inclinación humana, cesa la lucha interior y el amor se hace sereno y pacífico. La castidad hace posible amar en paz. Así, además de respeto y ternura, la castidad conyugal implica pudor, una reverencia que se refiere no solo a lo estrictamente sexuado, sino a todo aquello que es íntimo. Como explica Juan Pablo II, lo propio del pudor no es ocultar lo malo, feo o vergonzoso, sino proteger los valores personales de una mirada que los reduce a mero objeto. En la vida conyugal todo es común, hasta los mismos cuerpos; pero lo íntimo solo puede ser compartido cuando se dan las condiciones para que el otro lo reciba según lo que es, sin distorsiones que lo reduzcan a un dato o a un objeto de dominio. Y eso no sucede ni siempre ni espontáneamente. Esto que es mío, y que porque es mío te pertenece, solo puede llegar a ser verdaderamente tuyo si te es dado libremente y por amor.

San José participaba de todas aquellas cosas que, según narra el Evangelio, María guardaba en su corazón. Ciertamente, el conocimiento de María respecto del Verbo de Dios era más perfecto que el suyo, porque es la más santa y porque es su madre. José ve esto y participa en la medida en que es hecho partícipe; no se inmiscuye, sino que protege y custodia.

En tiempos de una profunda crisis de lo viril, la devoción a san José y el estudio de su personalidad resultan providenciales. Las raíces de esta crisis se encuentran precisamente en una defectuosa comprensión del matrimonio, la vida conyugal, la paternidad y del sentido de la diferencia entre varón y mujer; es decir, todo aquello que las virtudes de san José iluminan con una luz especialmente cercana, concreta y serena.

Etiquetas: San José en su matrimonio - su vida conyugal y su paternidadsentido de la diferencia entre varon y mujer en el matrimonio
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