El largo proceso de la degradación de la figura paterna arrancaría con la reforma protestante, iría desarrollándose a lo largo de los siglos xvii y xviii con el Racionalismo y la Ilustración y se agrandaría durante el Romanticismo. Se iba formando así un sustrato cultural en el que crecerían y echarían raíces teorías de carácter psicológico y sociológico que llegan a demonizar la figura del padre.
La transformación de la cultura y, por consiguiente, de las mentalidades, en la modernidad secularizadora se inicia con la tendencia subjetivista del protestantismo. Con el Racionalismo y la Ilustración, triunfa el ideal emancipador: el individuo debe ser causa de sí mismo, autor de su propia vida, totalmente liberado de las ataduras de la herencia y de la transmisión. El padre sería así el prototipo de la autoridad frente a la libertad, de la herencia frente a la creatividad, de la dependencia frente a la autonomía. La soberanía de Dios es cuestionada; el origen divino del poder y de la autoridad, discutido; la jerarquía, un condicionamiento arbitrario; la tradición y las costumbres, la religión y la moral sometidos a crítica racional. La razón humana es ahora causa única de todo juicio, fuente única de verdad. La Revolución avanza. Minorías nuevas salen a la palestra y, aún en contra de un sentir general todavía arraigado en el buen sentido y en una fe sencilla, se van imponiendo por la fuerza y la seducción. Honrar padre y madre, mandamiento que sigue al que se refiere a lo debido a Dios, va perdiendo su fuerza, eco éste como es del amor a Dios como Padre.
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