¿Quién como José? ¿A quién le compararemos en su misión? José no tiene más comparación que el mismo Padre eterno. Todos los demás patriarcas son figuras de José. También Abrahán es padre cuando su mujer Sara no podía ya ser madre. Pero el milagro del nacimiento de Jesús es mayor y pide una fe y una aceptación ante el plan de Dios mucho mayor en José. También supera al otro José, el hijo del patriarca Jacob, padre de las doce tribus, pues José no alimentará y protegerá a hombres sino al mismo Dios. También superará a Moisés –que sólo mandó sobre un pueblo de hombres– pues José llevó al mismo hijo de Dios primero a Egipto y luego a Nazaret. Y, máximamente, por largos años –unos treinta años– tuvo sometido el Hijo único de Dios hasta el comienzo de su vida pública.
Jesús no le estuvo sometido con humillación, sino con gozo, para que, bajo José, creciese en edad y en sabiduría y en gracia, y ello tanto ante los hombres como ante Dios. Jesús «nació» de María, pero «se hizo» de María y José. El misterio de la encarnación no culmina en Navidad con el nacimiento de Jesús sino en la realización de su vida pública. «Yo para esto he venido al mundo» le dijo Jesús a Pilatos, «para dar testimonio de la verdad», es decir, para enseñar a todos los hombres. Así pues, Jesús no sólo nació sino que creció como nosotros los hombres. En este crecimiento que sólo se da en una familia. Este es el misterio completo de la Sagrada Familia. La Sagrada Familia es el lugar donde nace y también donde crece el que ha de salvar al mundo ¿Por qué, si no, se dijo de Jesús, aunque como menosprecio, que era «el Hijo del carpintero»? Jesús recordaba a José en todos sus modos de obrar, en todo lo que tenía de psiquismo humano, tanto como a María.
Por ser padre en la tierra del que es el Hijo de Dios tiene sobre nosotros una peculiarísima misión. Es protector en todas nuestras vicisitudes –incluida nuestra muerte– porque ejerce en nuestra vida la función providencial propia del Padre. Propia, pero no exclusiva, del mismo modo que Jesús, hijo de María e Hijo del Padre tuvo a José por providente en todo el tiempo de su vida oculta, que fue la mayor parte. Y la misma Iglesia, en cuanto Cuerpo místico de Cristo, lo tiene por patrono. Y teniendo el papa Juan XXIII conciencia de su paternidad universal le nombró el patrono del Concilio Vaticano II. Él es también, como el mismo Espíritu del Padre, nuestro abogado perenne, el impulsor de nuestra vida espiritual. En este año del Padre, hemos de vivir también este mes del padre en la Tierra, José. Padre de Dios y Padre nuestro. ¿Quién como José? ¿A quién le compararemos? Sólo al Padre eterno, del que es como su sombra.











