Es importante en nuestros días reflexionar sobre la «paternidad», y más concretamente sobre la figura del padre. Ello es así porque actualmente muchísimos problemas de orden psicólogico y moral, pero también social y cultural están estrechamente vinculados con la figura del padre, mejor dicho, con la ausencia del padre en la vida individual, familiar y social. Cuando en una sociedad como la nuestra el fenómeno de la ausencia paterna adquiere carácter masivo, deben esperarse consecuencias negativas no sólo en el devenir psicológico y el crecimiento moral del ser humano concreto, sino también en el orden social y cultural.
Por distintas circunstancias y presiones de orden ideológico, y también a causa del reto de la incorporación masiva de la mujer al mundo laboral; a causa del aumento de madres que atienden y educan ellas solas a los hijos, así como también por el crecimiento desmedido de la primacía social de una afectividad preferentemente femenina, surgen «nuevas imágenes» del padre que reducen la presencia y la función del padre (particularmente en la vida familiar) a una especie de «asistencia» a las tareas domésticas y a una especie de «compañero afectivo» de los juegos y entretenimientos infantiles.
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