La guerra, fenómeno histórico
La Iglesia implora así: «del hambre, de la peste y de la guerra, líbranos Señor». Y es que la guerra es el conflicto menos deseable de la historia y a pesar de ello ha sido la que ha dibujado la mayor parte de todas las fronteras del mundo, el medio por el que su curso ha cambiado más veces; y, si alguna vez dejó la alegría de la victoria, a menudo, no fue sino a costa de un rastro de sangre y desolación como ningún otro agente lo ha hecho en este peregrinar de la humanidad.
El mayor porcentaje de los hechos históricos que estudiamos en la escuela son guerras. Guerreó el pueblo de Israel, guerrearon de Asiria a Roma todos los imperios de la antigüedad; guerrearon los pueblos bárbaros, guerreó el sacro Romano Imperio, guerreó el islam; guerrearon los cruzados; guerrearon en la India y en China; guerrearon en nombre de la religión todas las naciones de Europa; guerrearon los que impusieron las revoluciones y los que se defendieron de ellas; guerrearon hasta el sinsentido todas las potencias del mundo a lo largo del siglo xx, desde Estados Unidos a Japón… y aún hoy casi no hay continente que pueda decir que esté libre de guerra, porque si bien en la antigüedad y el medievo guerrearon, nadie puede negar que no ha habido jamás tanta guerra como en la modernidad.
No obstante, no es por la guerra, sino teniendo en cuenta la realidad del pecado por lo que se puede entender la historia… y el fenómeno de la guerra misma. No en vano enseñó el Concilio que «en la medida en que los hombres son pecadores, les amenaza y les amenazará hasta la venida de Cristo el peligro de la guerra» [Gaudium et spes, 78]
El pecado, fenómeno histórico
Decía Clausewitz que la guerra no es «más que un duelo a escala más amplia» [De la guerra. libr. I cap. I] y, quizás sin ser consciente, indicaba la referencia cronológica por excelencia hasta el primer duelo en que, fruto de la envidia, Caín mató a su propio hermano Abel. Porque fue el pecado del hombre lo que rompió la paz establecida por Dios; porque fue la quiebra de su ley, la que exilió primero la paz del corazón del hombre… y luego la echó a perder en su relación con los demás, porque el pecado también tiene una dimensión social y la guerra es quizás su fenómeno más elocuente.
Por el pecado fuimos condenados «a formidable guerra en la tierra» contra la propia carne, contra el mundo y contra el diablo. Y para ello, siguiendo a san Pablo, debemos revestirnos con las armas de Dios, ceñida la cintura con la verdad, vestida la justicia como coraza, calzados los pies con el celo por el Evangelio, embrazado el escudo de la fe, con el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu, siempre en oración y fe, velando (Cfr. Ef 6, 10-20)… porque desde que pecamos todos en Adán, se quebró la paz en el corazón del hombre y este combate espiritual se hizo necesario.
Pero Clausewitz, como otros a los que se estudian y citan habitualmente al referirse al fenómeno de la guerra, no atiende a la raíz de su origen, sino a la necesidad de conocerla como arte. En Sun Tzu encontramos la necesidad de la consideración de la guerra como «algo vital para la supervivencia del estado; el dominio de la vida o de la muerte» [El arte de la guerra, cap I]; en Maquiavelo la necesidad del conocimiento y la práctica de la guerra como la base del poder político, tanto que «un príncipe no debe tener otro objeto ni pensamiento de cosa alguna fuera del arte de la guerra» [El Príncipe, cap 14]; y en el ya citado Clausewitz leemos que «la guerra es una mera continuación de la política por otros medios» [De la guerra, libr I cap I].
Pero estas consideraciones sin moral no solo trasgreden la misma ley de Dios y la enseñanza de la Iglesia, sino el propio derecho natural a considerar como legítima la lucha por la defensa de la propia vida, la del inocente… y condenar por injusta la afrenta, el abuso, la iniquidad…
Y así como hay un combate justo y necesario en el corazón del hombre ¿no existe también algún combate exterior que sea justo y que tal vez debamos librar?
Guerra justa
Es más que reconocido que han sido los autores cristianos los que más han contribuido a la sistematización de una ética sobre la guerra, desde san Agustín hasta el Catecismo de la Iglesia católica, pasando por santo Tomás de Aquino y muy particularmente por dos grandes teólogos españoles como fueron el dominico Francisco de Vitoria (1483-1546) y el jesuita Francisco Suárez (1548-1617).
Siguiendo el Catecismo de la Iglesia católica, «se han de considerar con rigor las condiciones estrictas de una legítima defensa mediante la fuerza militar. La gravedad de semejante decisión somete a esta a condiciones rigurosas de legitimidad moral. Es preciso a la vez:
- Que el daño causado por el agresor a la nación o a la comunidad de las naciones sea duradero, grave y cierto.
- Que todos los demás medios para poner fin a la agresión hayan resultado impracticables o ineficaces.
- Que se reúnan las condiciones serias de éxito.
- Que el empleo de las armas no entrañe males y desórdenes más graves que el mal que se pretende eliminar».
Y continúa aún diciendo que «estos son los elementos tradicionales enumerados en la doctrina llamada de la “guerra justa”. La apreciación de estas condiciones de legitimidad moral pertenece al juicio prudente de quienes están a cargo del bien común.» [CIC 2309]
No obstante, hay que recordar que si puede haber causas justas para la guerra, nunca hay que dejar de considerar la perspectiva de Suárez que hablaba del «odioso derecho a la guerra» por cuanto «su aplicación significa un castigo gravísimo [y] hay que restringirlo en cuanto sea posible» [De la guerra, la intervención y la paz internacional, cap. VII]; como la necesidad de agotar todas las opciones de solución pacíficas posibles antes de conducir una nación a la guerra, porque «no se busca la paz para mover la guerra, sino que se infiere la guerra para conseguir la paz» [carta 185, Ad Bonifatium], como decía san Agustín.
La doctrina de guerra justa tiene fundamento en el Derecho natural y puede servir como buena prueba de ello la entrada de Wikipedia sobre «Philosophy of War» en la que se cita el Mahābhārata, un texto hindú del siglo iv antes de Cristo, como el primer texto escrito acerca de la moralidad de la guerra. En él se ofrecen ciertos principios harto interesantes: «como la proporcionalidad (los carros no pueden atacar a la caballería, solo a otros carros; no se puede atacar a personas en apuros), los medios justos (no se pueden utilizar flechas envenenadas ni con púas), la causa justa (no se puede atacar por ira) y el trato justo a los prisioneros y los heridos». Nada que no pueda considerarse sintetizado en esa entrada del Catecismo.
Tres consideraciones de actualidad
- La única causa justa para declarar la guerra es haber recibido injuria [Vitoria. Relección del derecho de guerra, cuestión III]
Esta máxima que estaba ya en san Agustín y recogía santo Tomás, es el fundamento de la enseñanza del Catecismo sobre la legítima defensa. No obstante, esta legítima defensa no puede restringirse solamente al ámbito de la propia vida o de la propia nación, sino que extendido por la caridad hacia el prójimo –de otras naciones– que recibe «injuria» tal que merezca justa venganza y castigo, podría legitimarse esa «intervención» a la que tan acostumbrados estamos en los últimos tiempos.
Hoy en día cuando las Naciones Unidas y otras organizaciones supranacionales intervienen –habitualmente condicionada e interesadamente– en conflictos o emergencias humanitarias que acaecen en cualquier parte del orbe, puede resultarnos extraño que Pío IX condenara el «principio de no intervención» en el Syllabus.62 Pero la realidad era que ese extraño derecho era entonces exhibido por muchas naciones europeas que no querían socorrer al Romano Pontífice ante las agresiones del anti-cristianísimo rey de Cerdeña; como también lo habían hecho durante mucho tiempo los Estados Unidos de América para evitar que nadie interviniera en sus asuntos internos, fuera cuando se rebelaban en tiempos de colonia, como cuando masacraban indios o esclavizaban masas de negros a lo largo y ancho de su geografía.
Además, es importante tener en cuenta que la determinación de justa causa tiene que permanecer a lo largo de todas las fases de la contienda: en la declaración de la guerra (ius ad bellum), durante su progreso (ius in bello) o al concluirla (ius post bellum), por eso dice también el Catecismo que «la Iglesia y la razón humana declaran la validez permanente de la ley moral durante los conflictos armados».[CIC 2312]
Este criterio es también actual, puesto que esta «justicia» que se viene imponiendo al final de los conflictos por organismos supranacionales (ONU, Nuremberg 1945, Tokio 1948, La Haya…), lamentablemente suelen ponerla en marcha los vencedores, sin atender a la verdadera justicia de la guerra, sino al mero hecho de castigar en tiempo de victoria a aquellos que han sido vencidos, dejando impunes crímenes atroces (recuérdense las bombas atómicas sobre Japón) e infligiendo un mal humillante y permanente a los vencidos, lejos de la doctrina de Suárez, donde se dice que «es justo infligir aquellos males necesarios para un castigo justo, satisfacción y reparación de todos los daños, observando una justa equidad y teniéndose en cuenta las exigencias […] para garantizar la tranquilidad de la paz en el futuro, pues la razón de esto se deriva del mismo fin de la guerra honesta: que ésta sea un camino para una paz digna». [De la guerra… cap VII]
- Por ninguna causa pueden ser intencionadamente muertos los inocentes [Suárez. De la guerra… cap. VII]
Dice el libro de los Proverbios que entre las seis cosas que aborrece Yahvé están «las manos manchadas de sangre inocente» [Prov 6, 17] y es fácil entender que, en el discernimiento sobre la causa justa de una guerra, la muerte accidental de los inocentes es sin duda una de las mayores dificultades, puesto que tampoco en la guerra deja de ser un pecado que clama al Cielo la muerte deliberada y consciente de los inocentes.
Porque si bien es lícito inferir todos los daños necesarios para conseguir la victoria, siempre que no impliquen injusticias directas contra inocentes [Suárez. De la guerra… cap VII], dice Vitoria que «nunca parece lícito matar a los inocentes, ni siquiera accidentalmente y sin intención, sino cuando no puede llevarse de otro modo una guerra justa» siempre teniendo en cuenta aquello de que «es preciso que no se sigan males mayores de la guerra que los que por ella se pretende evitar». [Vitoria. Relección… cuestión III]
Denuncias de injusticia en acciones de guerra surgieron por ejemplo en el tiempo de los bombardeos de la OTAN sobre Belgrado en 1999 A lo largo de casi noventa días continuados o también hoy en día en las acciones militares sobre población civil en Gaza, como una muestra de la evidencia palmaria de la necesidad de proporcionalidad y justicia en las acciones de la guerra, puesto que como hemos citado ya del Catecismo, «la ley moral sigue vigente en cualquier momento del conflicto».
- Si al súbdito le consta con certeza que la guerra es injusta, no puede lícitamente participar en ella [Vitoria. Relección… cuestión 4]
Le corresponde a la autoridad –el príncipe, el soberano, el gobierno del Estado…– determinar la causa justa de la guerra y darla a conocer. Primero a los enemigos con la intención de agotar todos los medios pacíficos antes de lanzarse a una lucha armada –justa y necesaria–, y luego a los súbditos que deben secundarlo.
No obstante, hay dos «dificultades» grandes en esta determinación: la primera es si la causa merece una respuesta de guerra, porque no cualquier causa es suficiente, sino solo una causa grave y proporcionada a los daños de la guerra; porque, según Vitoria, no lo sería la diferencia de religión por ejemplo, pero en cambio sería lícita la guerra para que el Estado se defendiera y conservara sus derechos; también por causa de invasión, de negación del Derecho común de las gentes (tránsito, comercio y honor) o la conservación de la paz del Estado. La segunda «dificultad» que debe vencer el príncipe es el de la certeza en la esperanza de victoria, porque es necesario que esta esperanza sea más probable que la derrota en una guerra agresiva; en cambio en una defensiva no debe necesariamente seguirse. [Relección… cuestión 4]
Pero Vitoria va un poco más allá y se pregunta acerca del juicio del súbdito sobre la causa de la guerra, porque si al súbdito le consta la certeza de la guerra injusta, no puede participar en ella; pero si es dudosa, poco clara y difícil de juzgar para el súbdito, debe seguir el criterio de la autoridad.
Es obvio que no es sencillo, pues, la determinación de la causa justa de una guerra, del mismo modo que «la prudencia no pertenece ni a la ciencia ni al arte» como decía Aristóteles; y quizás por esta razón, si esto ha sido a menudo causa de confusión, a la vez puede ayudar a entender que no todos respondan del mismo modo a la misma causa.
El precepto de la paz
Suárez, termina su tratado de «De la guerra…» hablando de la paz. De ella dice que es un precepto «porque es una manifestación esencial del amor, el cual busca la unión entre los hombres»; y en este sentido es fácil entender que lo que se le opone a la paz es «la desunión de voluntades y todo lo que de ella se deriva, que de una manera general puede llamarse la discordia». [De la guerra… conclusión]. De esta manera podemos completar aquella cita del Catecismo que traíamos al principio del artículo y decía que «en la medida en que los hombres son pecadores, les amenaza y les amenazará hasta la venida de Cristo, el peligro de guerra»; pero seguía diciendo… «en la medida en que, unidos por la caridad, superan el pecado, se superan también las violencias hasta que se cumpla la palabra: “De sus espadas forjarán arados y de sus lanzas, podaderas. Ninguna nación levantará ya más la espada contra otra y no se adiestrarán más para el combate” (Is 2, 4)» (GS 78).
Esta es la esperanzadora profecía, la que nos habla de esa «tranquilidad en el orden» [san Agustín, De civitate Dei 19] que es obra de la justicia y efecto de la caridad [CIC 2304] y que alcanzará plenitud el día, sólo por Dios conocido, en que todos los pueblos invocarán al Señor con una sola voz y lo servirán hombro con hombro (Sof 3,9). Y no habrá más guerra.











