Una de las ansias más extendidas en todos los habitantes de la tierra es que no haya guerras, pero este deseo no permitirá alcanzar la verdadera paz, sino solo una falsa paz que no evitará que en un futuro no vuelvan las guerras, pues toda paz sin que el hombre y las naciones miren a Dios no es una paz verdadera.
La paz verdadera es un don de Dios, preclaro y eximio, que puso en el hombre cuando lo creó y lo colocó en el paraíso. Entonces estaba en paz con Dios, al que conocía y veneraba como Padre suyo; tenía paz consigo mismo, porque el apetito estaba sujeto a la razón; tenía paz con otros, ciertamente, con Eva, a la cual amaba con vehemencia como su cónyuge, carne de su carne y hueso de sus huesos. Porque la paz es la tranquilidad del orden y esta paz la destruyó el pecado. Así es, destruyó la justicia y el recto orden y consecuentemente destruyó la paz. Destruyó la paz con Dios porque por el pecado el hombre se reveló contra Dios e incitó a la cólera hacia Él, y se hizo su enemigo; destruyó la paz del hombre consigo mismo, porque el pecado produjo aquella lucha y rebelión de la concupiscencia contra la razón; destruyó la paz de los hombres entre sí, porque del pecado nacieron las envidias y el odio entre los hombres, incluso entre los hermanos, que produjo aquel primer fratricidio y después otras muchas disputas, luchas y guerras.
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