Primacía social de la contemplación
En el corazón de España está la vida contemplativa. Su historia no sólo está animada vitalmente por las oraciones de los monasterios, sino que su mismo carácter está configurado por la primacía social de la contemplación. Ya lo manifestaba san Juan Pablo II en Ávila en 1982: «Al contemplar hoy a tantas religiosas de clausura, no puedo menos de pensar en la gran tradición monástica española, en su influencia en la cultura, en las costumbres, en la vida española. ¿No será aquí donde reside la fuerza moral, y donde se encuentra la continua referencia al espíritu de los españoles?».
Esta primacía social de la contemplación es un principio irrenunciable en la configuración de una sociedad que tiene a Dios por el sumo Bien al que se ordena todo. Ya decía Aristóteles que, si el hombre fuera lo más excelente en el universo, la virtud suprema sería la prudencia, que es práctica; mas tratándose de Dios, esa virtud es la sabiduría, que es contemplativa (cf. Ética a Nicómaco IV, 7). Cuando la modernidad socavó este principio con su espíritu revolucionario que asumía el non serviam, operó una radical transformación hacia una sociedad que absolutizaba la praxis; enseñaba al respecto Francisco Canals: «Contra este carácter de la contemplación del bien como fundante y orientadora de la vida humana a sus fines, se rebela precisamente el radical antropocentrismo que quiere ejercerse en la primacía incondicionada de la acción» (Teoría y praxis en la perspectiva de la dignidad del ser personal). Y esto se inició con Martin Lutero, para quien la acción humana en la sociedad no tiene ninguna relevancia salvífica, y de ahí que la moral derivara hacia el mero utilitarismo.
Precisamente ante el luteranismo exclama con vehemencia y claridad diáfana santa Teresa de Jesús: «Estáse ardiendo el mundo, quieren tornar a sentenciar a Cristo, como dicen, pues le levantan mil testimonios, quieren poner su Iglesia por el suelo» (Camino de perfección 1, 5). Y su respuesta no es otra que la oración realizada en los palomarcicos del Carmelo. Por esta oración y la de muchos otros monasterios contemplativos quedó España amurallada como un castillo, en cuyo interior tiene el aposento su divina Majestad (cf. Castillo interior 1, 1), y así se imprimió carácter contemplativo en el alma hispana.
La reforma del Carmelo realizada por santa Teresa de Jesús y san Juan de la Cruz debe entenderse, por tanto, a la luz de este contexto histórico. No para relativizarla circunscribiéndola a unas coordenadas temporales, sino entendiendo su carácter universal desde la singularidad de su origen. Y esto hace de esta reforma del Carmelo –pues hubo otras, como la mantuana (s. XV), la turonense (s. XVII), etc.– algo perteneciente a nuestra patria, y que por la virtud de la piedad debemos honrar y tener como propia, si bien como don que desde España se ha hecho a toda la Iglesia. Y así lo celebramos este año 2026, tercer centenario de la canonización de san Juan de la Cruz y primer centenario de su proclamación como doctor de la Iglesia.
No es tampoco casual que esta reforma se diera en el momento más esplendoroso de la universidad española en lo que conocemos como «segunda escolástica», con la asunción por parte de la misma de la sabiduría teorética de santo Tomás de Aquino, sobre todo en Salamanca. Un signo de ello es el magnífico cuadro de Francisco de Zurbarán, Apoteosis de santo Tomás, en donde la doctrina del Angélico doctor ilumina desde el cielo la urbe hispana –en particular Sevilla, pues representa la fundación del Colegio santo Tomás por parte del arzobispo dominico Diego de Deza–, presidida por su rey Carlos I. De nuevo, se manifiesta la primacía de la contemplación, en este caso teológica y filosófica. El apoyo a la reforma del Carmelo de Domingo Báñez, uno de los más destacados representantes de este tomismo hispano, muestra esta sintonía entre las diversas órdenes de sabiduría contemplativa.
Teresa de Jesus y Juan de la Cruz, carmelitas
La reforma de santa Teresa de Jesús y de san Juan de la Cruz se realizó en la Orden del Carmen. Esta fue fundada en el siglo xii en el monte Carmelo, junto a la fuente de Elías, a partir de una presencia anterior de eremitas contemplativos, y quedó dedicada a la Santísima Virgen; de ahí que su nombre completo sea Orden de los Hermanos de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo. A principios del s.XIII san Alberto Avogadro, patriarca de Jerusalén, les concedió una Regla (1209), que fue luego aprobada por el papa Honorio III (1226). Pero ante la amenaza sarracena, que acabó ocupando el Monte Carmelo y degollando a los monjes que allí se encontraban, esta orden contemplativa tuvo que trasladarse a Europa en el s.xiii y adaptarse a la vida mendicante, pero sin dejar nunca su impronta contemplativa.
Esa fue la orden en la que en el siglo xvi profesaron Teresa de Cepeda y Ahumada, y Juan de Yepes Álvarez, quienes se vieron movidos por Dios a recuperar las antiguas exigencias de la Regla, mitigadas por las nuevas circunstancias en Europa. Cuenta santa Teresa que el prior general de la Orden, fray Juan Bautista Rubeo, al visitar el monasterio de san José de Ávila, «alegróse de ver la manera de vivir y un retrato, aunque imperfecto, del principio de nuestra orden, y cómo la Regla primera se guardaba en todo rigor, porque en toda la orden no se guardaba en ningún monasterio, sino la mitigada» (Fundaciones 2, 3).
Este retorno a los orígenes no se hizo sino para vivir mejor la oración, la vida contemplativa, que sor Teresa veía tan dificultada por la dispersión que sufría en el monasterio de la Encarnación. El retorno a la fuente de Elías en el monte Carmelo se hacía de la mano de san José, tomando así como modelo evangélico de contemplación la vida oculta en la Sagrada Familia de Nazaret.
Con esa reforma se podría, asimismo, contener la funesta amenaza del protestantismo. Así explica santa Teresa la razón de la fundación del monasterio de san José: «En este tiempo vinieron a mi noticia los daños de Francia y el estrago que habían hecho estos luteranos y cuánto iba en crecimiento esta desventurada secta (…) [Me] determiné a hacer eso poquito que era en mí, que es seguir los consejos evangélicos con toda la perfección que yo pudiese y procurar que estas poquitas que están aquí hiciesen lo mismo, confiada en la gran bondad de Dios, que nunca falta de ayudar a quien por Él se determina a dejarlo todo; y que siendo tales cuales yo las pintaba en mis deseos, entre sus virtudes no tendrían fuerza mis faltas, y podría yo contentar en algo al Señor, y que todas ocupadas en oración por los que son defendedores de la Iglesia y predicadores y letrados que la defienden, ayudásemos en lo que pudiésemos a este Señor mío» (Camino de perfección 1, 2).
Fray Juan, por su parte, estaba ya dispuesto a irse a la Cartuja en busca de mejores condiciones para la contemplación, cuando en 1567 el providencial encuentro con santa Teresa le hace cambiar de parecer y permanecer así en el Carmelo: «Llámase fray Juan de la Cruz. Yo alabé a Nuestro Señor, y hablándole, contentóme mucho, y supe de él cómo se quería también ir a los cartujos. Yo le dije lo que pretendía y le rogué mucho esperase hasta que el Señor nos diese monasterio, y el gran bien que sería, si había de mejorarse, ser en su misma Orden, y cuánto más serviría al Señor. Él me dio la palabra de hacerlo, con que no se tardase mucho» (Fundaciones 3, 17). Un año más tarde tiene lugar en Duruelo el inicio de la reforma de los frailes: «Nos, fray Antonio de Jesús, fray Juan de la Cruz y fray José de Cristo, comenzamos hoy, 28 de noviembre de 1568, a vivir la Regla primitiva». Así, en la meseta castellana, palpitaba con fuerza el corazón contemplativo de España revestido del hábito carmelita.
La contemplación, por la humanidad de Cristo
¿Y en qué consiste esta contemplación, que decimos ser propia tanto del carácter hispánico como del carmelitano?
Ya afirmaba Aristóteles al final de la Ética eudemia que vivir según la razón consiste en contemplar a Dios, a lo que se ordena todo otro bien al que el hombre se incline por naturaleza (cf. Ética eudemia VIII, n.3, 1249b); de ahí que, explique acertadamente santo Tomás que el fin último de la sociedad no es tanto la vida virtuosa, sino la misma contemplación de Dios: «No es, por tanto, el último fin de la multitud reunida vivir virtuosamente, sino llegar a la fruición divina a través de la vida virtuosa» (De Regno I, 15).
Mas dicha contemplación sobrepasa la capacidad humana, y de ahí que Dios le diga a Moisés que no contemplará su rostro, sino su espalda (cf. Ex 33, 20-23). Solo el bienaventurado en la vida eterna, y con la elevación del lumen gloriae, podrá contemplar a Dios en su esencia. Al hombre viador, que camina en la oscuridad de la fe, no le queda sino manifestar a Dios el deseo ardiente de contemplar su rostro, pidiéndole con insistente súplica que se lo muestre. Por eso, clama santa Teresa: «Véante mis ojos, / dulce Jesús bueno; / véante mis ojos, / muérame yo luego». Y con ella, san Juan de la Cruz: «¡Apaga mis enojos, / pues que ninguno basta a deshacellos, / y véante mis ojos, / pues eres lumbre dellos / y solo para ti quiero tenellos! // ¡Descubre tu presencia, / y máteme tu vista y hermosura; / mira que la dolencia / de amor, que no se cura / sino con la presencia y la figura!» (Cántico espiritual B, 10-11).
Ahora bien, el conocimiento imperfecto y oscuro de la fe es iluminado en la medida de lo posible en esta vida, gustándose ya un anticipo del gozo eterno, de modo que «el alma percibe algo bajo aquella claridad, con lo que va avanzando por la vía recta hasta llegar más tarde a la gloria de su visión» (Summa theologiae II-II, q.180, a.5 ad 1). Y así, la misma fe oscura comporta cierta luz, el lumen fidei. Pero Dios, que todo lo obra con suavidad, ha querido perfeccionar las virtudes con unos hábitos que las hagan obrar al modo divino, y estos son los dones del Espíritu Santo. Pues bien, a esta nueva iluminación, que no es obra de la actividad del hombre, sino de la acción del Espíritu Santo, podemos denominarla con san Juan de la Cruz «contemplación» del creyente, ordenada a la contemplación definitiva del rostro de Dios: «En un acto le está Dios comunicando luz y amor juntamente, que es noticia sobrenatural amorosa, que podemos decir es como luz caliente, que calienta, porque aquella luz juntamente enamora; y esta es confusa y oscura para el entendimiento, porque es noticia de contemplación, la cual, como dice san Dionisio, es rayo de tiniebla para el entendimiento» (Llama de amor viva B, c.3, 48-49).
Pero todo ello sin olvidar nunca la humanidad de Cristo: «Cuán gran yerro –dice santa Teresa– es no ejercitarse, por muy espirituales que sean, en traer presente la humanidad de Nuestro Señor y Salvador Jesucristo» (Castillo interior, moradas sextas, 7). Y como la contemplación es para enamorar el alma, habrá que dirigirla principalmente al Amor divino y humano del Corazón de Cristo. Y así, partiendo de la contemplación sensible de ese Corazón, que se nos ha manifestado para socorrer nuestra debilidad, si el alma se dispone convenientemente y Dios lo permite, será introducida en las profundidades de la contemplación del amor de ese Corazón divino en fe pura, hasta que puedan descorrerse los velos y contemplar a Cristo definitivamente. Y es que, con admirables palabras de san Juan de la Cruz: «En estas cavernas, pues, de Cristo, desea entrarse bien de hecho el alma, para absorberse y transformarse y embriagarse bien en el amor de la sabiduría de ellos, escondiéndose en el pecho del Amado» (Cántico espiritual B, 37, 5).











