No es común recitar el símbolo niceno-constantinopolitano en la misa dominical. Y es una pena. La fe profesada es obviamente la fe milenaria de la Iglesia, pero el olvido o preterición del «credo largo» puede suponer un empobrecimiento en la vida espiritual de los creyentes. O, por formularlo en términos positivos, recuperarlo o al menos explicar su riqueza, es decir, su fuerza y su sentido, posibilita entrar en el misterio de Dios de un modo muy singular. La Comisión teológica internacional, con ocasión del aniversario del Concilio de Nicea (325), ha publicado un documento en el que explica, desarrolla y profundiza en diversos aspectos del símbolo y, sin ánimo de ser exhaustivos, quisiéramos ahora destacar algunos elementos para invitar a la lectura del texto y, sobre todo, para que podamos recitar con devoción el símbolo, esta síntesis que expresa de modo admirable el tesoro de nuestra fe.[1]
El símbolo, un «icono en palabras»
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