En la tarde del domingo 28 de diciembre el templo del monasterio de la Santa Espina (Valladolid) fue objeto de un ataque deliberado y sacrílego. Unos individuos forzaron el sagrario y profanaron el Santísimo Sacramento, llevándose las sagradas Formas y no tocando nada más.
Ante una ofensa tan grave, que se repite por segunda vez el año pasado en una iglesia de la diócesis vallisoletana, monseñor Argüello, arzobispo de Valladolid, celebró el sábado 3 de enero en el monasterio un acto de desagravio «en reparación por el daño causado al Santísimo Sacramento de la Eucaristía, presencia real de Jesucristo en el pan y en el vino convertidos en su cuerpo y en su sangre tras la consagración».
Durante el acto, que consistió en la celebración de la Santa Misa y posterior adoración al Santísimo Sacramento expuesto, con una iglesia abarrotada de fieles y en un clima de recogimiento y oración, monseñor Argüello explicó cuál debe ser el sentido de nuestro desagravio ante ofensa tan grande.
«Vino, pero los suyos no le recibieron –recordó al arzobispo de Valladolid en su homilía–. Este es el drama de la historia, el drama de nuestra propia condición humana, llamada a la libertad, al amor, a la filiación y a la fraternidad, a la bendición y a la alabanza, pero que se topa una y otra vez con los conflictos y las guerras, con los desamores y las tristezas. El que ha tomado nuestra carne la ofrece y sube por nosotros al madero de los criminales y da la vida y abre su costado para que de él manen de manera permanente los dones de su misma vida. (…) Todo este misterio de salvación se concentra en el misterio de la Eucaristía. (…) [que] también es mal acogido, incluso a veces despreciado, a veces por ignorancia (…).
»Ahí quizás se produce un primer agravio, el agravio de la ignorancia, el agravio de no saber muy bien cómo valorar lo que constituyen las raíces de un pueblo, la razón de ser de la existencia de tantos. Esta mañana, en Mayorga, abríamos el año jubilar por la canonización de santo Toribio de Mogrovejo. Tantos hombres y mujeres a lo largo de la historia sostenidos por la Eucaristía han gastado su vida, algunos con el derramamiento de sangre, siendo mártires de Jesucristo, otros gastando su vida como este mayorgano que caminó 40.000 kilómetros en el Perú para anunciar el Evangelio.
»Otras veces el agravio no es por la ignorancia, sino por nuestra superficialidad e indiferencia. Reconozcámoslo. A veces hemos perdido el sentido de lo sobrenatural, el sentido del misterio, el sentido del templo, el sentido de lo sagrado en el sagrario, en la Eucaristía. Y participamos en la Eucaristía como si no pasara nada. (…) Es el agravio de los creyentes. Es el agravio de la mediocridad. Es el agravio de no querer ahondar en el misterio que nos acoge, nos salva y nos sostiene.
»Hay un tercer agravio, un agravio que supone la fe, la fe de los demonios. A veces cuando ocurre un hecho como éste, podemos pensar entre las hipótesis que motivan un robo sacrílego, si puede haber una intención de carácter demoníaco. No lo podemos saber, pero sí podemos caer en la cuenta de algo. El demonio tiene fe. Una fe que, en realidad, es una gnosis, es un conocimiento. El demonio sabe que Jesús es Dios. El demonio sabe que en el sagrario está el cuerpo de Cristo. Precisamente por eso, a lo largo de los siglos, tentaciones y manifestaciones satánicas han tenido que ver con el ataque a la Eucaristía. Porque el demonio sí tiene fe. Sí sabe que en la Eucaristía, en ese pan tan ridículo, está Jesucristo. Y piensa, iluso él, que Jesús en la humildad de su presencia no tiene poder. Y que él, el demonio, va a poder dominar a aquel que sabe que está ahí. Por eso, si nosotros queremos verdaderamente desagraviar, estamos llamados a dar testimonio de nuestra fe eucarística para enseñar al que no sabe, para ofrecer siempre de manera humilde, al estilo de Jesús, el que nació en un pesebre, el que se hace presente en un poco de pan sin fermentar y en un poco de vino, el que queda escondido en el sagrario, con esa humildad de Jesús (…).
»Estamos llamados a desagraviar, cultivando nuestras celebraciones eucarísticas, cuidando la celebración, su dignidad, el valor del silencio, el espíritu de adoración, la disposición para comulgar, preparando nuestro corazón, visitando al Santísimo Sacramento en el templo o recordando su presencia desde nuestras casas. No dejándonos llevar por la superficialidad en la manera de vivir nuestra fe. Dando testimonio cuando entramos en un templo, buscando el sagrario, acercándonos a Él.
»(…) Si adoramos la Eucaristía, si creemos en la presencia real del Señor en la Eucaristía y no queremos hacer de eso una gnosis, una ideología, estamos llamados a que la fe eucarística se haga caridad eucarística y esperanza eucarística. (…) Si desagraviamos así, el demonio quedará extraordinariamente confundido y derrotado, porque su proyecto es un proyecto diabólico de división. Si la respuesta a su agravio es la comunión, es la entrega, es el amor a la carne de Cristo que nos rodea también en los hermanos, nuestro desagravio será pleno».










