En nuestros días, a pesar de los males que acechan a la humanidad, la familia formada por un hombre y una mujer, en cuyo seno nacen los hijos, sigue siendo el ámbito en el que se mantiene la esperanza de transmitir la fe a las nuevas generaciones. Significativas fueron las palabras de Sor Lucía que, en respuesta a una carta del cardenal Carlo Caffarra para informarle de la próxima fundación de un «Instituto Pontificio sobre el Matrimonio y la Familia», escribía: «el enfrentamiento final entre el Señor y el reino de Satanás será sobre la familia y sobre el matrimonio».
Conviene, por tanto, reconocer la centralidad de la familia como último reducto para la transmisión de la fe a hijos y nietos, e incluso de aquellas verdades de orden natural que hoy se ven crecientemente cuestionadas. En un contexto cultural en el que parecen avanzar las tinieblas sobre la fe y la inteligencia, la familia se presenta como una realidad que requiere ser custodiada y defendida.
El artículo del doctor Francisco Canals que invitamos a leer, publicado en la revista Cristiandad hace setenta y cinco años, recuerda que la familia debe convertirse en un bastión desde el cual llevar a cabo una cruzada espiritual por la salvación del mundo. Y para ello, nada mejor que, como afirmó León XIII en el breve Neminem fugit, consagrar los hogares a la Sagrada Familia de Nazaret.
Cuando la sociedad se aparta de Dios y de la Iglesia: «queda la familia como el refugio providencial de la vida cristiana»
La consecución de la verdadera paz: una sagrada batalla bajo el signo de la Cruz en la que, cuantos llevan el nombre de católicos, avancen en el camino de la austeridad y abnegación de sí mismos, y la conservación de la vida cristiana en el matrimonio y en la familia; éstas fueron las «tres instantes súplicas dirigidas a Dios invocando el eficaz patrocinio de la benignísima Virgen María, Asunta a los Cielos», que S. S. el Papa anunció, en su audiencia del día 2 de noviembre, a los cardenales y obispos presentes en Roma con motivo de la definición dogmática de la Asunción.
Los papas modernos, y más que ninguno el actual, han dedicado a las cuestiones referentes al matrimonio y a la familia una atención siempre creciente; bastarían las maravillosas alocuciones de Pío XII a los recién casados para dar buena prueba de ello. En el momento presente, esta concreta invocación en tan solemne circunstancia y la doctrina que expuso a propósito de ella nos invitan a reflexionar sobre este hecho. En las enseñanzas del Papa desde el principio mismo de su pontificado encontraremos ya una razón fundamental que nos permitirá comprender mejor la urgente actualidad y el sentido de la consigna pontificia.
Pocos meses después de ascender al pontificado, dirigía Pío XII a toda la Iglesia su primera encíclica, la Summi Pontificatus, documento al que el hecho de haber sido redactado al tiempo del comienzo de la guerra mundial presta un acento particularmente dramático. Pío XII, atento siempre a lo concreto y apremiante de la realidad trágica en que vivimos, subraya en el texto el preciso momento en que la noticia temida le halló redactando su mensaje a la Iglesia y al mundo.
Citaremos, para mejor alcanzar el sentido de su enseñanza, este lugar fundamental de aquel célebre documento que Su Santidad puso, «con el corazón rebosante de confiada esperanza, bajo la insignia de Cristo Rey». Después del trascendental exordio, habla así Pío XII:
«Como vicario de aquel que […] pronunció la augusta palabra: “Yo para esto nací, y para esto vine al mundo, para dar testimonio de la verdad” (Juan 18, 37), Nos estamos persuadidos que el principal deber que nos impone nuestro oficio y nuestro tiempo es dar testimonio de la verdad con fortaleza apostólica. Este deber implica, necesariamente, la exposición y la refutación de errores y de culpas humanas […]. Nuestra conducta estará siempre animada de aquella caridad paternal […] Jesús, el Buen Pastor, que es, al mismo tiempo, luz y amor: Veritatem facientes in caritate».
»Al comienzo del camino que conduce a la indigencia espiritual y moral de los tiempos presentes, se yerguen los nefastos esfuerzos de no pocos por destronar a Cristo […]. El reconocimiento de los derechos reales de Cristo, y la vuelta de los particulares y de la sociedad a la ley de su verdad y de su amor, son la única vía de salvación.
»En el momento en que escribimos estas líneas […] el terrible huracán de la guerra se ha desencadenado ya…»
Nada hubiera podido subrayar de modo tan trágicamente eficaz la radical afirmación del Papa que este hecho del estallido de la guerra mundial. El Papa proclamaba, con mayor insistencia aún, la consigna de su predecesor: «No hay paz de Cristo sino en el Reino de Cristo». […]
El lector recordará, sin duda, un autorizado y trascendental juicio llegado de Roma acerca de la presente situación del mundo […]: trabajar por la conversión del mundo, es decir, hacer volver a los individuos y a las sociedades a la ley de la verdad y del amor de Cristo. Se trata de «un deber gravísimo» que no puede cumplirse con medios puramente humanos; por ello, lejos de eximirnos, nos obliga a poner «toda nuestra confianza en los medios sobrenaturales» y a «emplear los medios naturales de todas las maneras posibles».
Ya desde la primera proclamación de esta Cruzada […] se nos recordaba que era preciso insistir en la consigna de esperanza: «El advenimiento del Reino del amor de Cristo puede ser acelerado con nuestras oraciones y reparaciones lo mismo que con nuestra acción y apostolado».
Para esta acción de reconquista de la sociedad para Cristo […] se nos ha dado a los católicos de hoy todo un cuerpo de doctrina y todo un programa de acción. […]
Mas la experiencia nos enseña que, de momento, no es posible obtener en la vida pública tal reconocimiento práctico de la doctrina de la Iglesia. Nos falta algo todavía que es necesario para lograr la victoria de Cristo. Este requisito imprescindible es la oración. Una intervención extraordinaria de la gracia de Dios es lo único que puede hacernos creer en la posibilidad práctica de un retorno de la humanidad al acatamiento de las leyes de Dios.
En esta reconquista […] hemos querido subrayar este hecho: la invitación y el aliento que el Papa quiere dar a la familia cristiana. Porque la institución familiar —célula de la sociedad— […] tiene, por el carácter sobrenatural del sacramento del matrimonio, una tal fuerza íntima que le da el poder de triunfar fácilmente «sobre toda otra institución humana». Se nos dice en la Summi Pontificatus:
«Una ferviente falange de hombres y mujeres […] se consagran con todo el ardor de su ánimo a las obras de apostolado […]. “El venga a nos el tu reino” no sólo es el voto ardiente de sus plegarias, sino la regla directiva de sus acciones».
«En la labor de promover esta colaboración de los seglares […] toca una especial misión a la familia […]. Mientras en el hogar doméstico brille la llama sagrada de la fe en Cristo, la juventud estará siempre dispuesta a reconocer las prerrogativas reales del Redentor».
«Cuando se cierran las iglesias, cuando se quita de las escuelas la imagen del crucifijo, queda la familia como el refugio providencial […] de la vida cristiana».
Creemos que estas consignas del Papa son suficientemente expresivas para revelarnos cuál es la auténtica misión de la familia cristiana en la lucha bajo las banderas del Rey. […]
No es el egoísmo de la familia el que puede dar a la Iglesia los soldados que necesita; cuando el Papa señala que, al apartarse la sociedad de Dios, queda la familia como refugio inatacable de la vida cristiana, nos sugiere que puede todavía dirigir su llamamiento a las familias cristianas. Ellas están ahora, en la defensa y en la conquista, en primera línea de batalla, son las catacumbas y las avanzadas de una nueva Cristiandad.











