Sanae Takaichi, de 64 años, se ha convertido recientemente en la primera mujer en ocupar el cargo de primera ministra de Japón. Apodada como la «Dama de hierro japonesa», admiradora de Margaret Thatcher y fan del heavy metal y de las motocicletas, ha entrado en la esfera política del país nipón sin miramientos.
Su elección confirma un giro todavía más conservador en el país del sol naciente. Después de 4 primeros ministros en 5 años desde el mandato de Shinzo Abe, su mentor político, Takaichi llega al poder prometiendo dar estabilidad a la vida política de Japón, devolver el crecimiento económico y restringir de manera más agresiva la inmigración. En el plano social, no esconde sus posturas: se opone de manera inequívoca al matrimonio homosexual y aboga por restringir la sucesión imperial a herederos de sexo masculino.
En Japón el matrimonio entre personas del mismo sexo sigue siendo ilegal en base a la Constitución del país, que lo define como «el consentimiento mutuo de ambos sexos». A pesar de que, de cierta forma, se intenta avanzar hacia su liberalización mediante certificados de unión de parejas, o fallos judiciales sobre su constitucionalidad, la realidad es que, de iure, el matrimonio homosexual sigue sin estar reconocido.
La opinión pública japonesa ejerce una presión fuerte al respecto. Según las encuestas, un 70% de los japoneses, especialmente entre los jóvenes, apoya su legalización, y las grandes empresas e instituciones también presionan al respecto. En este contexto de tensión social, Takaichi, la nueva ministra, no ha dejado espacio para la duda en su discurso: el statu quo va a mantenerse mientras ella siga en el poder.
La postura decidida de la nueva primera ministra no se limita a este aspecto. Su lucha contra la inmigración también es inequívoca, y lo hace en un contexto económico y social difícil. La población japonesa no está pasando por su mejor momento. Los impuestos ahogan a la clase media, los salarios decrecen de manera recurrente limitando el poder adquisitivo de la población, la inflación aumenta, el mercado laboral está estancado y la deuda pública del país es la más elevada del mundo en comparación con su producto interior bruto.
Demográficamente el país se muere. Se calcula que la población japonesa decrece anualmente en un millón de personas y un tercio de los japoneses tienen más de 65 años. Por si fuera poco, la población anciana sufre para poder garantizarse cuidados básicos, ya que las enfermeras escasean y, aunque puedan pagarlo, muchos no encuentran quién lo haga.
Ante este panorama, Takaichi se ha presentado como la líder necesaria para revertir la crisis sin recurrir a una mayor apertura migratoria. Con promesas de impulsar la productividad mediante la robótica, la inteligencia artificial y la biotecnología, ha prometido generar empleos de calidad y revitalizar el tejido industrial japonés. Pero esto, resulta evidente, no bastará, por lo que también ha anunciado que intentará incentivar la natalidad a través de subsidios familiares, beneficios fiscales y un sistema de apoyo más sólido a las madres trabajadoras.
En el ámbito cultural, la nueva primera ministra tratará de reforzar la identidad nacional japonesa y frenar lo que se considera una erosión de los valores tradicionales. Su administración priorizará la educación patriótica, la promoción del papel familiar clásico y la defensa de la monarquía como símbolo de unidad y continuidad.
En cuanto a las relaciones exteriores, Takaichi propone una posición dura frente a China, devolviendo a Japón la fortaleza y cohesión interna.
La Dama de hierro japonesa no va a tener un camino fácil ni placentero. Su partido, el LDP, no controla el parlamento y necesita de alianzas. Además, el propio partido está formado por diferentes facciones enfrentadas cada vez más explícitamente. Por último, dada la breve vida política de sus predecesores, la sombra de un mandato corto se hará presente en la cabeza de todos a las primeras de cambio.
Sin embargo, por el momento, su elección ha vuelto a levantar ampollas en los medios de comunicación occidentales y progresistas. Takaichi, primera mujer en gobernar Japón, ya es tildada de «no feminista», «extremadamente conservadora», y «un peligro para las minorías sexuales». De nuevo, como ya ha pasado tantas veces en el pasado, el feminismo se enfrenta a una mujer que no comulga con su ideología.









