Francia entera quedó conmocionada con la noticia del espectacular robo perpetrado en la mañana del domingo 19 de octubre en el Louvre. Entre ellas la corona de la emperatriz Eugenia, esposa de Napoleón III, la tiara de perlas de la emperatriz Eugenia, un juego completo de zafiros con tiara que perteneció a las reinas María Amelia y Hortensia, y un suntuoso juego de esmeraldas que perteneció a la emperatriz María Luisa, esposa de Napoleón I. Un golpe de película en el que las joyas fueron sustraídas con una facilidad desconcertante.
A medida que se saben más detalles, la increíble cadena de negligencias que permitieron el éxito de los criminales no deja de aumentar. Empezando por la facilidad con la que los ladrones aparcaron un camión a los pies de la famosa Galería de Apolo, que alberga las suntuosas joyas pertenecientes a las distintas dinastías que gobernaron Francia y que sobrevivieron –sólo lo consiguieron unas pocas– a la Revolución francesa. Los ladrones colocaron conos de seguridad en la calle para asegurar el perímetro y, con una grúa, llegaron hasta una ventana de la galería, que forzaron de manera bastante elemental. Una vez dentro tardaron siete minutos en abrir una vitrina y robar las joyas. A continuación descendieron de nuevo hasta la calle y huyeron en moto.
Es ahora cuando ha salido a la luz pública el deplorable estado de las ventanas de la Galería Apolo, que representaban una muy endeble barrera para los ladrones. Otro descubrimiento escandaloso: las vitrinas que albergaban las joyas fueron sustituidas en 2019 por modelos «ultramodernos», que resultaron ser mucho menos seguros que los antiguos. Pero más allá de consideraciones materiales, está la cuestión de la responsabilidad humana. El antiguo protocolo preveía actuar contra los ladrones en caso de alerta. Pero eso no fue lo que ocurrió ese domingo por la mañana. La prioridad ahora es calmar a los visitantes y asegurarse de que están en lugar seguro. Esto dio lugar a que los ladrones dispusieron de siete minutos completos para llenar sus sacos sin que nadie se lo impidiera.
Por último, salió a la luz que el nombramiento de la nueva jefa de seguridad del Louvre en 2021, Dominique Buffin, se hizo en función de criterios distintos a su competencia para el cargo, sino para cumplir con la exigencia de mayor presencia femenina en los puestos de responsabilidad de las instituciones culturales. Pero en una Francia donde reina desde hace décadas una cultura de irresponsabilidad institucionalizada, parece que todo esto no signifique nada ni tenga consecuencia palpable alguna.
En realidad estamos ante un síntoma más de la grave crisis que atraviesa Francia y que afecta incluso a los servicios esenciales de ese Estado que en Francia siempre se ha presentado como todopoderoso. El robo del Louvre es el último episodio de una crisis sistémica francesa que afecta a todo: instituciones, gobierno, economía, orden público y una sociedad cada vez más fragmentada. Francia no sólo ve disminuir su prestigio internacional, sino que también dispone de menos recursos para contener el malestar interno. En paralelo al aumento de la delincuencia, crece lo que las autoridades denominan «separatismo» islámico. Un fenómeno de guetización por el que las comunidades musulmanas (ya más del 10% de la población francesa) empiezan, de hecho, a gobernarse a sí mismas, con sus propias leyes, incompatibles con las de la República.
La imposibilidad de conseguir un gobierno estable o la reciente encarcelación de un ex presidente, Nicolás Sarkozy, son momentos emblemáticos, pero no son más que episodios de esta crisis sistémica que ha llevado a Francia, segunda potencia europea después de Alemania, a ser considerado el gran enfermo de Europa. En este sentido, el robo en el Louvre sirve como metáfora del estado de decadencia del país, incapaz de salvaguardar y transmitir sus tesoros, debido a la negligencia y mediocridad de sus dirigentes.











