Son numerosos los académicos occidentales que dedican sus esfuerzos a denigrar el colonialismo europeo, pero una rápida mirada al modo en que los africanos se autogobiernan genera nostalgia sobre una época que, con todos sus defectos, algunos muy graves, al menos impedía las eternas guerras tribales y golpes de Estado en que vive sumida el África negra. Un caos que, por cierto, no suscita el menor interés ni preocupación en Occidente, que ha normalizado con cierto fatalismo que allí «las cosas funcionan así».
En Madagascar, el ejército acaba de aprovechar las manifestaciones antigubernamentales de la generación Z para dar un golpe y tomar el poder. Allí, su capital, Antananarivo, es, como tantas capitales africanas, una ciudad con rascacielos, amplias avenidas y modernas estructuras y edificios que han costado millones de dólares. Sin embargo, un tercio de los malgaches no tiene electricidad ni agua corriente en sus hogares, y quienes sí disponen de estos servicios se quejan de cortes cada vez más frecuentes en su suministro. El dato más desconcertante, increíble si no estuviera documentado, es que, en comparación con 1960, año de la independencia de Francia, la renta per cápita de los malgaches ha disminuido un 45 %. Tres de cada cuatro viven por debajo del umbral de la pobreza.
Y mientras se desata la muerte y el caos en Tanzania y Camerún tras sendas elecciones con más bien poca transparencia. África tiene un problema grave y su principal responsable son los propios africanos.









