Desde finales del pasado mes de diciembre, cuando los comerciantes del Gran Bazar de Teherán tomaron la valiente decisión de cerrar sus tiendas y realizar una huelga como queja por el deterioro económico que vivían, la violencia en el país ha escalado hasta límites inéditos. A los comerciantes rápidamente se les unieron los estudiantes, y poco después otras ciudades y regiones del país, convirtiéndose en uno de los movimientos de protesta más amplios en Irán en décadas. Marchas por las calles, confrontaciones con las fuerzas de seguridad, asalto a varias embajadas iraníes extranjeras, como la de Londres, llevaron al aparato represivo del régimen de los ayatolás a emplearse a fondo contra la población.
Las fuerzas de seguridad iraníes, incluida la Guardia Revolucionaria, no dudaron en masacrar, literalmente, a la población civil que se manifestaba. Al mismo tiempo, el gobierno iraní empezó a controlar estrictamente la información y decretó el apagón de internet del país. Sumidos en un aislamiento y caos total, resulta difícil estimar las muertes reales causadas. Sin embargo, sabemos que el rango oscila entre los 3.000 muertos admitidos por el gobierno y los 30.000 que reportan las instituciones independientes. A los fallecidos se les han sumado miles de detenidos sin cargos claros, así como incontables desaparecidos o mantenidos en incomunicación, lo que aumenta el riesgo de tortura y malos tratos.
Las causas inmediatas detrás de estas protestas son económicas. El rial iraní sufrió una caída brusca y acelerada, destruyendo de la noche a la mañana el ahorro de la gente y creando caos en los precios de los bazares del país. Esta situación interna, parcialmente derivada de sanciones internacionales y restricciones a los mercados de divisas, prendió la mecha y encendió la gasolina que ya llevaba tiempo acumulándose en forma de malestar social.
Tras la Revolución Islámica de 1979, Irán está organizado con una estructura de poder aparentemente dual, en la que el Líder Supremo, actualmente el ayatola Ali Khamenei, máxima autoridad política, religiosa y militar, comparte poder y atribuciones (sobre el papel), con un presidente elegido por voto popular. Sin embargo, en la práctica, el sistema está diseñado como un entramado prácticamente inexpugnable de poder en el que la voluntad del Líder Supremo, articulada a través de un consejo de juristas islámicos y defendida por la fuerza por la Guardia Revolucionaria, es la única autoridad real en el país.
Desde entonces, el régimen ha atravesado crisis recurrentes. Las más recientes, en 2019 por las protestas por el precio de la gasolina; y en 2022, por el caso de Mahsa Amini, la joven iraní de origen kurdo que fue arrestada, torturada y asesinada por la policía religiosa islámica por no usar su hiyab correctamente. Todas ellas fueron reprimidas con dureza, consiguiendo el sistema contenerlas sin colapsar. En esta ocasión quienes se suman a las protestas han recibido mensajes de ánimo del exterior. Tanto Reza Pahlavi, hijo mayor del último shah de Irán, como el propio Donald Trump animaron a mantener la movilización, llamando a la unidad nacional y reclamando a la comunidad internacional que reconociera el derecho del pueblo iraní a cambiar el sistema. El apoyo de Trump, quien destruyó las bases nucleares iraníes hace apenas unos meses, resultó un importante aliento que luego no ha llegado a materializarse. Si bien Estados Unidos ha movilizado fuerzas militares en la región, finalmente no ha habido ni una invasión ni ataques directos contra el país ante el temor de que cruzar el umbral de una guerra abierta pudiera provocar una peligrosa escalada en la región. Irán es un país complejo, lejano y con un régimen interno diseñado al milímetro para perpetuar el sistema y proteger a sus líderes. Además, ha amenazado explícitamente con bloquear el Estrecho de Ormuz en caso de un ataque directo, algo que causaría una subida brusca del precio del petróleo con un impacto directo en la inflación mundial y enorme riesgo de recesión global.
Las protestas, duramente reprimidas, se han enfriado, pero sigue existiendo un malestar social profundo. Cuando escribimos estas líneas, Estados Unidos e Irán han empezado unas negociaciones, centradas en el programa nuclear iraní. El futuro próximo de Irán es difícil de prever. El régimen parece haberse salvado en el corto plazo, pero la tensión subyacente se ha multiplicado. Además, a pesar de que la estrategia de Defensa estadounidense publicada el pasado mes de noviembre insiste en priorizar el hemisferio occidental, abandonando la política de intervenir en conflictos lejanos, ese propio documento hace una excepción con Israel, perpetuamente amenazado y del que se dice que es también prioridad de los Estados Unidos «que Israel siga seguro».











