El pasado 9 de enero tuvo lugar el tradicional discurso del Papa a los miembros del cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede. Este tipo de discursos tienen una parte formal, más previsible y codificada, y otra más sustancial. En esta ocasión, la parte en la que se abordan cuestiones de fondo es más larga de lo habitual, por lo que ha llamado la atención de numerosos analistas.
La prensa se ha fijado especialmente en las palabras del Papa en las que éste denuncia el lenguaje políticamente correcto que se nos quiere imponer, con referencia incluida a George Orwell y su neolengua: «Es doloroso ver cómo, especialmente en Occidente, el espacio para la verdadera libertad de expresión se está reduciendo rápidamente. Al mismo tiempo, se está desarrollando un nuevo lenguaje al estilo orwelliano que, en un intento por ser cada vez más inclusivo, acaba excluyendo a quienes no se ajustan a las ideologías que lo alimentan».
Pero hay más. El Papa señala lo que cada vez aparece como más evidente: vivimos un cambio de época, marcada por «la debilidad del multilateralismo» y en la que «la diplomacia que promueve el diálogo y busca el consenso entre todas las partes está siendo sustituida por una diplomacia basada en la fuerza». Y constata que «la guerra vuelve a estar de moda». Es indudable: desde el final de la segunda guerra mundial hasta hoy en día, ahora es cuando hay más guerras activas. Aunque, por otra parte, cuando se habla con nostalgia de un «orden internacional basado en reglas», es necesario recordar el estrepitoso fracaso de la ONU: nacida para prevenir la aparición de nuevas guerras, lo cierto es que durante su existencia han tenido lugar más de 500 conflictos armados. En promedio, ha estallado una nueva guerra en algún lugar del mundo cada dos meses desde 1945. Un balance nada alentador.
Recuerda el Papa el trauma que supuso la tragedia de la segunda guerra mundial, y cómo «la ONU fue creada por la determinación de 51 naciones como centro de cooperación multilateral con la finalidad de prevenir futuras catástrofes mundiales, salvaguardar la paz, defender los derechos humanos fundamentales y promover el desarrollo sostenible». En realidad siempre fue el instrumento de las dos grandes potencias de la Guerra Fría, y ambas vulneraron reiteradamente, en su esfera de influencia, todo tipo de ley internacional cuando así les convenía. Es lo que ha reconocido abiertamente también estos días el primer ministro canadiense, Mark Carney, en su interesante y sincero discurso en el foro económico mundial de Davos. Allí Carney afirma que «durante décadas, países como Canadá prosperaron bajo lo que llamábamos el orden internacional basado en normas… Sabíamos que aquel relato de un orden internacional basado en normas era parcialmente falso, que los más fuertes se eximían cuando les convenía, que las normas comerciales se aplicaban de forma asimétrica. Y sabíamos que el derecho internacional se aplicaba con mayor o menor rigor en función de la identidad del acusado o de la víctima. Pero esta ficción nos era útil… Participamos en sus rituales y evitamos hablar de las diferencias entre la retórica y la realidad. Pero esto ya no funciona. Seré directo. Estamos en medio de una ruptura, no de una transición». En efecto, la realidad es que nunca ha existido un orden internacional basado en normas para todos: era sólo un modo de hablar para tranquilizar nuestras conciencias que corría un velo sobre la cruda realidad. Ahora ese velo ha sido levantado y vemos, bien a las claras, lo que ya existía. Y, efectivamente, la visión de la realidad nos inquieta (y con razón).
Las palabras del Papa pueden ayudarnos a comprender por qué este orden internacional ni existe ni ha existido. El verdadero derecho internacional necesita un referente, no puede quedar al arbitrio caprichoso de los poderosos: «la protección del principio de la inviolabilidad de la dignidad humana y la santidad de la vida siempre cuenta más que cualquier mero interés nacional». Nunca ha sido así. El tan reclamado diálogo es imposible «cuando las palabras pierden su conexión con la realidad, y la realidad misma se vuelve discutible». El mundo necesita, para alcanzar la paz, un fundamento que permita construirla sobre bases sólidas, y este fundamento no puede buscarse fuera del reconocimiento de que Dios nos ha dado una ley natural que todos debemos respetar. Concluye León XIV afirmando que «a pesar de la trágica situación que tenemos ante nuestros ojos, la paz sigue siendo un bien difícil, pero posible». En efecto, esa paz que tanto anhelamos sólo puede ser un regalo de Dios. Advierte el Papa que «la paz ya no se busca como un regalo y como un bien deseable en sí mismo, o como una búsqueda de la instauración de un orden querido por Dios, que comporta una justicia más perfecta entre los hombres». No vendrá la paz de acuerdos humanos que camuflan lo que en realidad son posiciones de fuerza, como los citados en el discurso (los Acuerdos de Dayton, que nacen de la derrota militar de Serbia, o los acuerdos de paz entre Armenia y Azerbaiyán, que no son más que la aceptación de la anexión militar por parte azerí y de la expulsión de la población armenia de Nagorno-Karabaj), sino de la renuncia a nuestra soberbia y la humilde aceptación de que la paz sólo puede ser don de Dios.










