El pasado 29 de marzo, en la homilía de la misa de domingo de Ramos el papa León XIV insistió reiteradamente en que el mundo vuelva su mirada a Jesús, «que se presenta como Rey de la paz». «Cristo, Rey de la paz, sigue clamando desde su cruz: ¡Dios es amor! ¡Tengan piedad! ¡Depongan las armas, recuerden que son hermanos!». Y en la vigilia de oración por la paz celebrada el pasado 11 de abril el Santo Padre insistió en este llamamiento: «La guerra divide, la esperanza une. La prepotencia pisotea, el amor levanta. La idolatría ciega, el Dios vivo ilumina. Basta un poco de fe, una pizca de fe, queridos hermanos, para afrontar juntos, como humanidad y con humanidad, esta hora dramática de la historia. (…) ¡Basta ya de la idolatría de uno mismo y del dinero! ¡Basta ya de la exhibición de la fuerza! ¡Basta ya de la guerra! La verdadera fuerza se manifiesta en el servicio a la vida».
Las palabras del Pontífice no sentaron nada bien al gobierno de Trump, que reaccionó de mala manera, llegando incluso al ataque personal al Papa y a su magisterio. Al hilo de esta polémica, monseñor Massa, presidente del Comité de Doctrina de la Conferencia de Obispos Católicos de EE.UU., ha recordado que «durante más de mil años, la Iglesia católica ha enseñado la teoría de la guerra justa, y es a esa larga tradición a la que el Santo Padre hace referencia cuidadosamente en sus comentarios sobre la guerra. Un principio constante de esa tradición milenaria es que una nación solo puede legítimamente tomar la espada “en legítima defensa, una vez que han fracasado todos los esfuerzos de paz” (CEC 2308). Es decir, para que sea una guerra justa, debe ser una defensa contra otro que activamente libra la guerra».
En esta polémica, además del presidente norteamericano, intervino también el vicepresidente JD Vance pidiendo al Papa que, dejando a un lado sus opiniones teológicas, se mantuviera al margen de la política pública estadounidense y se ciñera a cuestiones de moral.
Por este motivo, monseñor Massa subrayó también que «cuando el papa León XIV habla como pastor supremo de la Iglesia universal, no se limita a ofrecer opiniones teológicas, sino que predica el Evangelio y ejerce su ministerio como Vicario de Cristo. La enseñanza constante de la Iglesia insiste en que todas las personas de buena voluntad deben orar y trabajar por una paz duradera, evitando los males e injusticias que acompañan a todas las guerras». Además, qué duda cabe que la gravedad de iniciar una guerra exige considerar con rigor las condiciones estrictas que legitimen moralmente una defensa mediante la fuerza militar, cuya apreciación pertenece al juicio prudente de quien está a cargo del bien común (cf. CEC 2309).








