El título que encabeza estas líneas está tomado del artículo que ofrecemos al lector en esta sección de Hace 75 años, correspondiente al número de abril de 1951. En él, la revista consagraba su atención a la obra de la Enciclopedia, presentada sin ambages como «instrumento de la impiedad» y señalada como bandera de un naturalismo que, elevando la razón a categoría suprema, pretendía relegar toda verdad revelada al ámbito de lo inútil y lo superado.
Leídas hoy, en una sociedad edificada sobre los presupuestos de la Ilustración, estas afirmaciones pueden parecer sorprendentes, incluso provocadoras. Sin embargo, no carecen de fundamento histórico. La modernidad nacida al calor de los principios de libertad, igualdad y fraternidad mostró pronto su reverso, cuando en los años del Terror el lema revolucionario se transformó en la dramática alternativa: «liberté, égalité, fraternité ou la mort». Bajo ese mismo impulso ideológico se produjeron episodios como la persecución religiosa y la tragedia de la Vendée, denominada como el «primer genocidio de la época moderna».
La Enciclopedia, fruto de los denominados «philosophes», no se presentaba directamente como enemiga de la fe, sino como promotora de un nuevo saber, científi co y universal. Frente a este carácter aparentemente neutral, se ocultaba un deseo más profundo, socavar, con refi nada prudencia, los fundamentos de la fe cristiana. Para ello, en lugar de negar abiertamente, se insinuaba, se erosionaba y en ocasiones hasta se ironizaban aquellas verdades que habían guiado al pueblo francés.
Es así como la razón, emancipada de toda dependencia de la fe, era elevada a criterio único de verdad, quedando la revelación reducida a una reliquia del pasado. Este «endiosamiento de la razón», denunciado en aquel número de Cristiandad, constituía la raíz de un naturalismo que, al excluir la acción providente de Dios, abría el camino a una concepción puramente humana —y, en último término, secularizada— de la vida y de la sociedad.
Desde esta perspectiva, la Enciclopedia aparece no sólo como una obra intelectual, sino como un instrumento eficaz de transformación cultural y ruptura con la tradición. Es por ello que el magisterio de la Iglesia, especialmente a lo largo de los siglos XIX y XX, no dejó de señalar los peligros de esta deriva. En ella veía no sólo un error teórico, sino una desviación profunda del orden querido por Dios: una visión del hombre y del mundo cerrada a la trascendencia, incapaz de reconocer la soberanía de Cristo sobre la historia. Por eso, el juicio que el autor del artículo formula con rotundidad no es una simple exageración polémica, sino la conclusión de un análisis histórico y doctrinal: «La apostasía moderna, entendida como el progresivo alejamiento de la sociedad respecto de la fe, es hija legítima del espíritu enciclopedista». Ante lo cual sólo queda confi ar en la providencia misericordiosa de Dios.
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«La Enciclopedia», instrumento de la impiedad (Roberto Coll Vinent)
En este año concurre el segundo centenario de la aparición en Francia de la «famosa Enciclopedia, hoy de nadie consultada y memorable sólo a título de fecha histórica».
No es sólo para rememorar una efeméride de la historia universal por lo que exhumamos una obra que, en opinión de Menéndez y Pelayo, yace en el olvido para no levantarse ya. El que hoy sea una obra anticuada y «superada» por otras posteriores no borra el hecho de que «para su siglo (“el más perverso y amotinado contra Dios que hay en la historia”) fuera máquina de guerra y legión anticristiana en que todos sus enemigos, directos o solapados, se conjuraron y unieron sus fuerzas». […]
Hoy, a dos siglos de distancia, y cuando la impiedad ha avanzado mucho más en su obra destructora, podrán muchos no ver más que una aparente inocuidad en las afirmaciones de la Enciclopedia. Y, sin embargo, la empresa que con ella acometieron los que, puestos a deshonrar el lenguaje, no vacilaron en llamarse filósofos, señala el primer paso de una conjura de vuelos universales, hija de Satán, que no podía tener otro fin que destruir a la Iglesia y con ella los fundamentos mismos sobre los que se asienta la sociedad.
«Estoy harto —decía Voltaire— de oírles repetir (a los cristianos) que doce hombres han bastado para establecer el cristianismo, y tengo ganas de demostrarles que con uno hay bastante para destruirlo». A estos deseos responde con perfecta adecuación la consigna «Écrasez l’infame», que vendría a ser el leitmotiv de la actuación demoledora de todos los secuaces de la Enciclopedia. […]
Los esfuerzos para encubrir los verdaderos fines de la Enciclopedia no fueron bastantes a evitar que los filósofos descubrieran en sus obras «el fin de los filósofos, que era destruir toda religión revelada y aun natural, y abolir la soberanía». […]
Un objetivo de tales alcances necesitaba justificación ante una sociedad que no iba a admitir la proclamación abierta de principios tan contrarios a los que exteriormente profesaba. La justificación, el pretexto más bien, sería la filosofía y el cultivo de las ciencias y bellas artes, la exaltación e independencia de la razón. He aquí la Enciclopedia.
Éste fue el orden de la batalla contra todo lo revelado y sobrenatural. Federico II de Prusia lo entendía así cuando escribía a Voltaire: «minar sordamente y sin ruido el edificio, equivale a forzarle a que caiga por sí mismo». Y D’Alembert añadía: «Si el género humano se iba ilustrando es porque se tenía la precaución de no hacerlo sino poco a poco.» […]
Ésta fue también labor de los enciclopedistas al margen de su obra escrita. Fue extraordinaria la influencia de los salones, focos principalísimos de difusión de sus ideas. Allí se reunían en torno a damas complacientes lo más florido de la sociedad francesa, y allí tenían tribuna casi a diario los mismos autores que luego volcarían el veneno en las páginas de la Enciclopedia. Por las memorias de Mme. Geoffrin sabemos que en esas reuniones exponían con facilidad teorías sobre la no existencia de Dios, la inutilidad del culto religioso o la hipocresía de los sacerdotes. […]
Es muy probable que nunca se permitiese negar rotundamente la existencia de Dios. De mejor tono era bromear sobre la religión, mofarse de sus ministros, ceremonias e instrumentos sagrados. Sentar con agradables comentarios las nuevas bases del mundo que renacía, socavando todos los fundamentos en que descansan la sociedad y convivencia humanas. […]
El espíritu de la filosofía enciclopedista no hubiera llegado tan fácilmente hasta las últimas esferas de la sociedad sin esos instrumentos difusores. El hombre medio no leía los infolios de los heraldos de la impiedad, y aceptaba, en cambio, las dosis prudentes de la doctrina nueva bajo la forma sutil de la ironía. «Esta manera de engañar a los hombres –escribe Diderot en el artículo “Encyclopedie”– actúa muy prontamente en los espíritus cultivados… Es el arte de deducir tácitamente las consecuencias más avanzadas».
La lectura del discurso preliminar de D’Alembert da, a primera vista, la sensación de casi total inocuidad y ponderado equilibrio. Cierto que una lectura más atenta permite descubrir la verdadera intención de los autores, pero no quita que sea un modelo de hipócrita comedimiento y suma prudencia humana. […]
La pauta marcada por D’Alembert es seguida fielmente en toda la obra hasta provocar quejas en Voltaire. D’Alembert le consuela: «Lo que en un artículo queda oscuro, está dicho con tanta mayor claridad en otro donde la autoridad no lo busca; la posteridad observará bien lo que se ha pensado y lo que se ha dicho». Diderot, por su parte, lo expresa con mayor claridad: «Cuantas veces un prejuicio nacional exige respeto, hay que dejarlo parecer verosímil en el artículo que le está dedicado; pero en otros artículos hay que quitar el polvo y la suciedad». […]
El procedimiento es el «renvoi». En los artículos más vigilados se procuraba no faltar a la ortodoxia oficial; al fin de ellos se remitía al lector a otro artículo «complementario», donde se decía exactamente lo contrario. Diderot lo explica así: «estos “renvois” pueden ser un medio delicado y ligero de rechazar una injuria sin ponerse apenas en la defensiva y arrancar así la máscara a graves personajes. […]».
Diderot termina su explicación sobre el «renvoi» declarando el objetivo final de la obra: «cambiar la común manera de pensar». Sencillamente, una verdadera revolución en las ideas. Una destrucción total de lo existente. La consigna «Écrasez l’infame» pudo haber sido realidad si Voltaire no se hubiera equivocado al creer que sólo doce hombres habían establecido el cristianismo. Estos hombres estaban asistidos del Espíritu Santo, y lo divino y sobrenatural que la Enciclopedia quiso destruir escapa al alcance de los ataques humanos. […]
Los estragos que desde la Enciclopedia ha causado el naturalismo en el seno de las sociedades son inmensos. La apostasía moderna es hija legítima del espíritu enciclopedista. […]
«Señor –decía un contemporáneo a Helvetius– , dejadnos estas ilusiones tan queridas… o, por piedad, dadnos en su lugar realidades que puedan resarcirnos de los placeres ilusorios, pero divinos, que nos queréis arrebatar». Destruir es cosa fácil. No vinieron, ni vendrán, esas realidades que sustituyan a lo que la impiedad de ayer y de hoy socavó. «Ellos atacan a Dios para aniquilarnos, y nosotros seguimos ignorando a Dios para defendernos». […]
La batalla impía que desató el naturalismo sólo podrá ser ganada con el arma poderosa y hoy única del sobrenaturalismo cristiano. Nuestra única potencia está en Dios. En Él está también nuestra esperanza.










