Como señalaba recientemente monseñor Olivier de Germay, arzobispo de Lyon, miembro de la Comisión para la Iniciación y la Vida Cristiana de la Conferencia de los obispos de Francia (CEF) y obispo responsable del catecumenado, «el fenómeno de los catecúmenos –adolescentes y adultos en Francia que solicitan el bautismo en la Iglesia católica– sigue sorprendiendo y suscitando interrogantes».
Y es que un año más, las cifras de adultos y adolescentes que solicitan el bautismo en Francia no paran de crecer, un fenómeno que no es exclusivo de la nación gala, sino que también se da, por ejemplo, en Australia, Estados Unidos, Reino Unido, Escandinavia y en nuestro propio país.
Los datos difundidos por la CEF para la Pascua de 2026 hablan de un máximo histórico: 13.234 adultos y 8.152 adolescentes han recibido el bautismo, cifras que suponen un incremento del 28% y 10% respectivamente respecto a los bautizos del año anterior y un incremento del 460% (en adultos) en los últimos 25 años.
Para interpretar adecuadamente este fenómeno hay que tener en cuenta varios aspectos. Por un lado, conviene recordar que «Dios, nuestro Salvador, quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1Tim 2, 4) y, por tanto, el Espíritu Santo sigue llamando a los hombres de todas las naciones a participar del «sacramento de la fe» (CEC 1253), por el que nuestros pecados son perdonados y nacemos a la nueva vida divina, incorporados a la Iglesia de Cristo.
Sin embargo, el modo ordinario de transmisión de la fe ha sido reiteradamente atacado en nuestro mundo occidental por las políticas laicistas que se han ido sucediendo desde el siglo xviii hasta nuestros días y ahora recogemos sus amargos frutos. Por primera vez en la historia tenemos una sociedad en que una gran parte de la población no ha recibido (o no se ha sentido interpelada) por la Buena noticia de la salvación obrada por Cristo. La expulsión de Dios de la vida social afecta ya de lleno a los menores de 40 años, que en muchas ocasiones nunca han oído hablar de Dios como un ser personal que los ama y desea su salvación. Y esta situación, provocada por la soberbia de un poder político endurecido en su apostasía, parece que no tiene ningún remedio de orden natural. De hecho, la tendencia se agrava año tras año de manera que, en la misma Francia, se ha pasado de bautizar casi el 50% de los niños nacidos a principio del siglo xxi a bautizar únicamente el 26% en 2024, de manera que tenemos casi siete millones y medio de franceses menores de 25 años que no han sido bautizados.
Es en este contexto en el que se debe analizar el fenómeno del bautismo de adultos en Francia para evitar la sorpresa que pueden causar los números y poder responder a los interrogantes que suscita esta tendencia.
Carentes de una fe que dé sentido y dignidad a sus vidas (los bautizos de personas procedentes de otras religiones son muy minoritarios, inferior al 5%), los hombres y mujeres de hoy están abocados a un mundo totalmente lleno de ruido, pero vacío de palabras de vida. Pero Dios es bueno y, a pesar de todas las trabas que se le pone, continúa llamando a los hombres a su lado, utilizando en muchas ocasiones medios extraordinarios para que no nos olvidemos que Él lo puede todo.
Así se desprende de la encuesta realizada este año por la CEF sobre 1.450 catecúmenos de 60 diócesis respecto a los motivos que les impulsaron a solicitar el bautismo, donde en la gran mayoría de casos la llamada a acercarse al sacramento vino por la vivencia de un acontecimiento difícil, una experiencia espiritual profunda, la necesidad de respuestas sobre lo que significa la fe o un sobrecogimiento frente a la belleza transmitida por la liturgia o los lugares de culto.
El incremento del bautismo de adultos es, por tanto, un signo para nuestro tiempo. En un mundo humanamente sin solución, el Señor nos ofrece un signo de esperanza al mostrarnos que la caridad de Dios está por encima de los pecados de los hombres y anuncia el día en que la gran efusión de la caridad de que hablaba León XIII en la encíclica Rerum novarum llenará el mundo entero al consumarse el Reino de Cristo en la tierra.









