Aproximadamente un mes antes de esta operación, se publicaba el documento de Estrategia de seguridad nacional de la administración Trump, un documento notable que merece ser revisado para entender la nueva estrategia de los Estados Unidos y comprender, no el mundo hacia el que vamos, sino el mundo que ya es.
El documento parte del reconocimiento de un error: Estados Unidos ha expandido demasiado el concepto de interés nacional. La solución es limitar la acción exterior a la protección de los intereses vitales norteamericanos. Si la Estrategia de seguridad de Biden partía de la premisa de que Estados Unidos era el administrador de un sistema global, la de Trump parte de la premisa de que Estados Unidos es una nación particular, arraigada en la historia y la geografía. De esa divergencia se derivan profundas consecuencias.
Para Biden la seguridad estadounidense se plantea siempre en términos de mantenimiento de un supuesto orden internacional basado en reglas compartidas. Para Trump, por el contrario, la prioridad es proteger a la propia comunidad política estadounidense: sus fronteras, su continuidad demográfica, su independencia económica y su capacidad soberana para actuar. Por eso la inmigración no se aborda como un reto humanitario externo, sino como una amenaza estratégica interna, como una fuerza que disuelve la confianza social y desestabiliza el orden político. Por eso también, el hemisferio occidental, que contiene principalmente el continente americano, se prioriza por encima de los compromisos globales abstractos. Y por eso la dependencia económica se considera como una vulnerabilidad en lugar de como una consecuencia de ser más económicamente eficientes. Si la aspiración de Biden es preservar un determinado orden mundial (cada vez más frágil y contestado), la de Trump es preservar y fortalecer a una nación.
Ha llamado también mucho la atención la franqueza del documento respecto de Europa. El documento diagnostica una Europa en declive, que ha pasado de suponer el 25% del PIB mundial en 1990 al 14% hoy en día. ¿Las causas? Para la administración Trump son la hiperregulación y la burocracia asfixiante, la bajísima natalidad y una «perspectiva de borrado civilizacional» vinculada a políticas migratorias que favorecen una inmigración masiva y «que transforman el continente y generan conflicto», al tiempo que provocan la pérdida de la identidad nacional. «Si continúan las tendencias, el continente será irreconocible en dos décadas», concluye el documento.
Asimismo, reitera la prioridad del continente americano, donde los Estados Unidos no van a permitir la presencia de potencias hostiles (como sucedía en Venezuela), la voluntad de llegar a acuerdos que reduzcan riesgos de escalada e instauren un cierto equilibrio que permita liberar recursos para enfrentar al principal competidor de Estados Unidos, China. De ahí el interés de Trump por cerrar, incluso asumiendo situaciones en las que se renuncia a ciertos intereses, los conflictos en Ucrania o en Oriente Medio.
Porque efectivamente, el gran rival de los Estados Unidos es China y el documento abandona la idea de que gracias a su desarrollo económico ese país pueda cooperar con Occidente. Al contrario, cuanto más próspero es, más consolidado está el régimen comunista chino y más expansivo se muestra. Es por ello que se aboga por debilitar a China y reforzar la primera línea de islas (Japón, Taiwán, Filipinas, Indonesia) para impedir que China controle un mar por el que pasa una gran parte del comercio internacional.
Ante la puesta en práctica de esta doctrina en Venezuela, se han alzado voces criticando un actuar que, denuncian, significa la muerte del derecho internacional. Y es muy cierto que ese orden mundial sujeto a normas comunes bajo el que supuestamente vivíamos ha quedado en evidencia. Las reacciones del secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, y del presidente Trump a propósito de la intervención en Venezuela van en esta dirección: Rubio afirmó que no le importaba nada lo que tuviera que decir la ONU al respecto y Trump afirmó que «no necesito ninguna ley internacional» para salvaguardar la seguridad de su país. Ciertamente se ha vulnerado la soberanía de un país sin tener ningún mandato de Naciones Unidas, pero, ¿realmente significa esto el fin del derecho internacional? Es más, ¿alguna vez ha existido ese orden global por el que ahora se derraman lágrimas?
En realidad Trump no ha quebrado nada: se ha limitado a prescindir del velo de hipocresía con el que nos hemos acostumbrado a encubrir la realidad. Trump se ha limitado a hacer lo que se viene haciendo desde hace mucho, eso sí, prescindiendo del relato justificativo, de las mentiras sobre el interés por llevar la paz y la libertad más allá de sus fronteras, y exponiendo crudamente los motivos que mueven (y siempre han movido) a una potencia. Sí, los Estados Unidos no se consideran vinculados por ningún derecho internacional… como tampoco China al invadir el Tibet, Rusia al anexionarse Crimea, Israel al atacar a Irán o a Hizbulá en el Líbano, Turquía al intervenir en Siria, los propios Estados Unidos al bombardear Belgrado o atacar Libia… La realidad es que vivíamos en una ensoñación que sólo nos hemos creído en Occidente, un cuento de hadas sobre un supuesto derecho internacional que nunca ha existido y que era vulnerado impunemente una y otra vez. Un relato del que se reía el régimen chavista en Venezuela mientras encarcelaba y torturaba sin que nadie moviera un dedo. Trump ha descorrido el velo y ahora vemos la realidad: potencias defendiendo agresivamente sus intereses, esferas de influencia y una lucha despiadada por el poder que no se detiene ante unas normas proclamadas en instituciones corruptas, carentes tanto de autoridad moral como de poder para imponerlas.
Una gran desgracia, un terrible retroceso, una dolorosa pérdida para la humanidad: sin verdadera ley regresamos a la ley del más fuerte, se lamentan algunos. Y es cierto que vivimos en un mundo sin ley entre las naciones, una creciente anomia en la que se impone el poder y la fuerza sin mayores cortapisas. Pero esto no es ningún accidente, sino la consecuencia lógica, inevitable, de la soberbia pretensión de ordenar el mundo sin Dios. Sin reconocer que todo orden se debe fundamentar en algo que nos supera, que está por encima de nuestra voluntad, abrazamos la utopía de una humanidad que iba a vivir en paz gracias al diálogo, al consenso, a la cooperación. La única autoridad reconocida es la de las propias naciones, conviviendo democráticamente, en igualdad, sin necesidad ya de un Dios del que nos habríamos liberado. Esa utopía ha fracasado. La condición anárquica de la humanidad cuando actúa sólo por sus propios deseos, ha producido el efecto contrario: una ley que precisamente por ser humana es débil, prescindible, y el emerger de unas relaciones internacionales que son puro producto de las relaciones de fuerza. El orden internacional nacido tras la segunda guerra mundial hace tiempo que se desmoronó: lo saben y han actuado en consecuencia todas las potencias, y todas las declaraciones y resoluciones del mundo ya no pueden ocultarlo por más tiempo.










