La celebración del 1700 aniversario del Concilio de Nicea –primer Concilio ecuménico y gran victoria de la ortodoxia– ha sido el principal acontecimiento eclesial de este último mes.
En la solemnidad de Jesucristo, Rey del universo, el papa León XIV publicaba una carta apostólica–In unitate fidei– para conmemorar esta efeméride y alentar en toda la Iglesia un renovado impulso en la profesión de fe en Jesucristo, Hijo de Dios. Una fe recibida de los Apóstoles que el Concilio definió con clara conciencia de que debía permanecer ya para siempre como algo inamovible.
Como afirma el Sumo Pontífice, éste es el corazón de la fe cristiana y la substancia de nuestra esperanza en los tiempos difíciles que vivimos, en medio de muchas preocupaciones y temores, amenazas de guerra y violencia, desastres naturales, graves injusticias y desequilibrios, hambre y miseria sufrida por millones de hermanos nuestros.
Los Padres de Nicea quisieron permanecer firmemente fieles al monoteísmo bíblico y al realismo de la Encarnación. Quisieron reafirmar que el único y verdadero Dios no es inalcanzablemente lejano a nosotros, sino que, por el contrario, se ha hecho cercano y ha salido a nuestro encuentro en Jesucristo. Un Dios que, siendo Dios, descendió y se hizo hombre para divinizarnos a nosotros y que, como señala el Papa, nada tiene que ver con la auto-deificación del hombre sino con su verdadera humanización. Y qué actualísima resulta la meditación de estas verdades de nuestra fe, en las que podemos profundizar también mediante el estudio del documento recientemente publicado por la Comisión Teológica Internacional: Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador. El 1700 aniversario del Concilio Ecuménico de Nicea.
En este contexto de la profesión de fe de Nicea y las posteriores profundizaciones de Calcedonia y Constantinopla el Papa se pregunta: «¿Qué ha sido de la recepción interior del Credo hoy? ¿Sentimos que concierne también a nuestra situación actual? ¿Comprendemos y vivimos lo que decimos cada domingo, y lo que eso significa para nuestra vida?
»El Credo de Nicea nos invita a un examen de conciencia. ¿Qué significa Dios para mí y cómo doy testimonio de la fe en Él? ¿Es el único y solo Dios realmente el Señor de la vida, o hay ídolos más importantes que Dios y sus mandamientos? ¿Es Dios para mí el Dios viviente, cercano en toda situación, el Padre al que me dirijo con confianza filial? ¿Es el Creador a quien debo todo lo que soy y lo que tengo, cuyas huellas puedo encontrar en cada criatura? ¿Estoy dispuesto a compartir los bienes de la tierra, que pertenecen a todos, de manera justa y equitativa? ¿Cómo trato la creación, que es obra de sus manos? ¿La uso con reverencia y gratitud, o la exploto, la destruyo, en lugar de custodiarla y cultivarla como casa común de la humanidad?»
Para concluir, el papa León XIV llama la atención sobre el altísimo valor ecuménico del Concilio de Nicea y la necesidad de caminar juntos hacia la unidad y la reconciliación entre todos los cristianos de manera que nuestro ministerio pueda ser creíble para todos los hombres, encomendando esta gracia al Santo Espíritu de Dios.
Pocos días después de la publicación de la carta apostólica el Santo Padre tomó el avión hacia Ankara para realizar su primer viaje apostólico a Turquía y el Líbano, donde además de confortar a los fieles que viven en esos países de mayoría musulmana el Papa quiso reunirse con los líderes de las comunidades cristianas separadas en el mismo escenario en que tuvo lugar el Concilio de Nicea.
De hecho, uno de los principales objetivos de esta conmemoración, según quedó recogido en la declaración conjunta firmada por el Papa y SS. Bartolomeo I en Estambul, ha sido el de afrontar los numerosos desafíos ecuménicos de nuestro tiempo para poder dar nuevos y valientes pasos en el camino hacia la unidad a la luz del mismo Espíritu Santo que habló a través de Nicea.
En el encuentro de oración que tuvo lugar el 28 de noviembre en la catedral del Espíritu Santo de Estambul, el papa León XIV recordó la larga y rica tradición cristiana de esas tierras –donde se celebraron los primeros ocho concilios ecuménicos– y animó a mirarla con los ojos de Dios para poder descubrir cómo Dios ha escogido el camino de la pequeñez para descender en medio de nosotros. «Esta lógica de la pequeñez es la verdadera fuerza de la Iglesia, (…) [que] vive de la luz del Cordero y, reunida en torno a Él, es impulsada por el poder del Espíritu Santo en los caminos del mundo». El Papa acabó su intervención destacando un triple desafío planteado por la conmemoración del 1700 aniversario de Nicea: la importancia de acoger la esencia de la fe y del ser cristianos, la urgencia de redescubrir en Cristo el rostro de Dios Padre y la mediación de la fe y el desarrollo de la doctrina en los lenguajes y categorías del contexto en el que vivimos.
Esa misma tarde el Papa tuvo también un encuentro ecuménico de oración cerca de las excavaciones arqueológicas de la antigua basílica de San Neófito en İznik en el que insistió en la importancia de la confesión de fe cristológica de Nicea en el camino que los cristianos están recorriendo hacia la plena comunión y el escándalo que suponen las divisiones que, lamentablemente, aún existen.
El domingo 30 el Santo Padre visitó la catedral armenia apostólica de Estambul, donde agradeció a Dios el valiente testimonio cristiano del pueblo armenio a lo largo de los siglos, a menudo en circunstancias trágicas, insistiendo de nuevo en la necesidad de recuperar la unidad que existió en los primeros siglos entre la Iglesia de Roma y las antiguas Iglesias orientales.
El día siguiente y ya en el Líbano se reunió con los obispos, sacerdotes, consagrados y operadores pastorales de ese país en el santuario de Nuestra Señora del Líbano en Harissa. Después de escuchar diversos testimonios el Papa entregó una rosa de oro a ese santuario, gesto antiguo que, entre otros significados, tiene el de exhortarnos a ser perfume de Cristo con nuestra vida, perfume que «no es un producto costoso reservado a unos pocos que pueden permitírselo, sino el aroma que se desprende de una mesa generosa en la que hay muchos platos diferentes y de la que todos pueden servirse juntos».
En el viaje tampoco podía faltar el encuentro del papa León con los jóvenes, que le dieron una calurosísima bienvenida en la explanada frente al Patriarcado de Antioquía de los maronitas en Bkerké y a los que alentó a poner su esperanza en Cristo y no en una idea, un contrato o un principio moral. «El verdadero principio de vida nueva es la esperanza que viene de lo alto: ¡es Cristo! Jesús murió y resucitó para la salvación de todos. Él, el que vive, es el fundamento de nuestra confianza; Él es el testigo de la misericordia que redime al mundo de todo mal».
EL viaje apostólico concluyó el martes con la santa Misa en la zona del «Beirut Waterfront», en la que el Papa agradeció al Señor todos los dones recibidos durante esos días e hizo de nuevo un enérgico llamamiento en favor de la paz.









