Una larga paz puso en peligro la fe – San Cipriano
I- La caída
¡Cuántos llegaron a procurar que no se difiriese su caída!
El decreto de persecución dado por Decio les cogió desprevenidos. No se hallaban «preparados» para la lucha; y así la apostasía superó en mucho la esperanza de los paganos.
«No esperan, dice san Cipriano, ser presos para negar después de interrogados. Muchos, vencidos antes de la batalla, postrados antes de obligarles a ello, ni el honor de parecer obligados a sacrificar a los ídolos quisieron guardarse. Corren al Foro, se acercan espontáneamente a la ruina, como si ya de tiempo la deseasen, como si consiguiesen por fin la ocasión tan ansiada. ¡Cuántos fueron despedidos de allí al acercarse la noche! ¡Cuántos llegaron a rogar que no se difiriese su caída! (…)
»Y para muchos ni su misma ruina fue suficiente. Con las exhortaciones mutuas el pueblo fue empujado a la ruina; fue esparcida entre ellos la muerte en mortífera bebida; y para que nada faltase al cúmulo de crímenes, los mismos niños, llevados o arrastrados de la mano de sus padres, perdieron siendo párvulos lo que inmediatamente después del nacimiento habían conseguido» (san Cipriano. De Lapsis, VIII-IX).
II- Sus causas
La traición de una larga paz
Los cristianos primitivos vivían siempre en una santa tensión que consideraban indispensable como «preparación» para el martirio. A los cristianos africanos les parecía, sin embargo, que la paz de que gozaban había ahuyentado para siempre el peligro de las persecuciones. No sólo ya no se «preparaban» para un martirio que no creían probable, sino que, como es natural en el hombre, siguiendo por ese camino de la «distensión» llegaron fácilmente a la «relajación».
«El Señor quiso probar a su familia —nos dice el santo obispo cartaginés—; y pues una larga paz había corrompido la disciplina que se nos había confiado, la censura divina levantó nuestra yacente y casi, por así decirlo, muerta fe» (De Lapsis, V).
«Se desvivían por acrecentar cada uno su propio patrimonio, y olvidando lo que bajo los Apóstoles hacían los creyentes o lo que siempre deben hacer, velaban, en el ardor de su deseo, por medrar en sus riquezas. No había religión devota en los sacerdotes ni fe íntegra en los ministros, ni misericordia en las obras, ni disciplina en las costumbres. Afeitada barba, los varones; las mujeres, acicalado cuerpo, ojos adulterados después de salir de la mano de Dios, cabellos teñidos con engaño. Fraudes apasionados para engañar los corazones simples; astutas amistades para acechar a los hermanos. Se juntan a los infieles con el vínculo del matrimonio y prostituyen a los gentiles los miembros de Cristo. […]» (De Lapsis, VI).
III. La influencia de un santo
Se hallaba en lo más crudo de la persecución de Decio cuando san Cipriano dirigió a su clero la carta de donde extractamos los siguientes párrafos:
Es preciso gemir con lágrimas para aplacar a Dios
«Aun cuando sé, hermanos carísimos, que por el temor que todos debemos tener a Dios, también vosotros os dedicáis ahí con insistencia a las continuas oraciones y preces diligentes, sin embargo también yo quiero amonestar personalmente a vuestra religiosa solicitud que es preciso gemir, no ya con sola la voz, sino también con lágrimas y toda suerte de ruegos para aplacar a Dios y hacérnoslo propicio. Pues hemos de tener entendido y confesar que la turbia torrentada de esta persecución que ha devastado en su mayor parte nuestro rebaño y continúa devastándolo, ha venido como consecuencia de nuestros pecados, en tanto que no seguimos los caminos del Señor y no observamos los celestiales preceptos, que nos fueron dados para nuestra salvación (…).
Pidamos y lo tenemos concedido
«Pidamos desde lo íntimo del corazón y con toda el alma la misericordia divina, puesto que Dios ha dicho: “No apartaré de ellos mi misericordia”. Pidamos y lo tenemos concedido; y si hubiere demora o tardanza en el recibir por cuanto hemos ofendido gravemente a Dios, llamemos; pues también al que llama se le abre, con tal que sean las que llamen a la puerta nuestras preces y gemidos y nuestras lágrimas, en las cuales es preciso que insistamos y nos detengamos, y con tal que la oración sea unánime. […]
Sin intermisión en el pedir, roguemos
»Nosotros, en tanto, sin intermisión en el pedir, y con la fe de que alcanzaremos, con simplicidad y unanimidad roguemos al Señor pidiendo con gemidos y llanto como deben orar quienes moran entre cristianos que caen y luego se lamentan y otros que están con el temor de caer entre el estrago de muchos débiles y la firmeza de unos pocos que continúan en pie. Pidamos que luego vuelva la paz; que pronto se nos envíe socorro a nuestros escondrijos y peligros, que se cumpla lo que el Señor se digna revelar a sus siervos, la restauración de su Iglesia, la seguridad de nuestra salvación, la serenidad después de las lluvias, después de las tinieblas, la luz, después de las borrascas y torbellinos, la plácida calma, […]» (carta XI, en Cartas selectas, Aspas, 1946).
IV -La victoria
Pasada la lucha, otras cuestiones amenazaban de nuevo a la Cristiandad. Por una revelación conoció san Cipriano que amagaba una nueva persecución. Pero esta vez el enemigo no logrará la victoria. El Pastor que ha sostenido el rebaño en medio de la ruina, lo preparará para la próxima batalla.
Una lucha más grave y feroz amenaza.
«Y no creamos que será lo que viene como lo que ya pasó —les dice—. Una lucha más grave y feroz amenaza, para la cual deben prepararse los fieles con una fe incorrupta y una virtud robusta, considerando que cada día beben la sangre de Cristo, para que puedan derramar la suya propia por la causa de Cristo» (Ep. LVI).
A nadie le aterre la persecución futura
San Cipriano ve que se acerca fatal la tempestad, pero ve también la misericordia divina tendiendo las manos a sus escogidos.
«A nadie de vosotros, hermanos carísimos, le aterre el miedo de la persecución futura, ni la venida inminente del Anticristo, hasta el punto de afrontar la lucha sin las armas de las exhortaciones evangélicas, de los preceptos y de los avisos divinos. Viene el Anticristo, pero sobreviene Cristo; avanza y se enfurece el enemigo, pero en seguida viene el Señor a vengar nuestros sufrimientos y nuestras heridas; arde en ira el adversario y amenaza, pero existe quien puede librarnos de sus manos. A aquel debemos temer cuya ira nadie puede evadir, habiendo Él mismo dicho: «No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Temed más bien a aquel que puede echar cuerpo y alma en el Infierno» (…).
Puesta la confianza en Dios, les propone el santo la formación de una milicia espiritual.
«Y no tomamos el nombre de milicia –dice– de modo que debamos sólo pensar en la paz y recusar la lucha. Armémonos, pues, carísimos hermanos, para la lucha con un alma pura, con fe íntegra, con virtud devota. Ármense los íntegros, no caiga el íntegro que poco ha se mantenía en pie; ármense los caídos para que el caído recobre lo que perdió» (Ep. LVI)..











