San Jerónimo fue una figura gigante, original, una persona con fuertes contrastes y sobre todo con una gran pasión y desvelo por su trabajo principal: las Sagradas Escrituras. Pensemos que aún hoy día se conserva como versión oficial de la Iglesia la traducción que él hizo, llamada Vulgata, para lo cual tuvo que trasnochar y sudar en el aprendizaje de idiomas exóticos y difíciles.
Su vida fue, especialmente en sus años jóvenes y en los primeros años de vida de trabajo, muy movida. Nació en Estridón, ciudad ubicada en los límites entre Dalmacia y Panonia. Se cree que fue en el año 347, pero no se sabe exactamente. Estridón, era un lugar cerca de Aquileya y de la antigua Hemona (hoy Ljubljana, capital de la actual república de Eslovenia, país ubicado entre Croacia, Hungría y Austria), y cuyos territorios formaban parte de las provincias romanas de Dalmacia y Panonia. El año 347 fue también el del nacimiento del emperador Teodosio, cuyo padre Valente dirigía el Imperio en el momento del nacimiento de Jerónimo.
Eusebio, su padre, era una persona adinerada y pudo enviar a su hijo a las mejores escuelas, lo cual aprovechó este rapaz inquieto, acumulando gran cantidad de textos de autores latinos en sus primeros años. De familia cristiana, pero parece que no era costumbre bautizar a los pequeños, pues Jerónimo no fue bautizado en su infancia. En el año 359 fue a Roma junto con su amigo inseparable, Bonoso, a cursar los estudios secundarios. Sus estudios se ajustaron al ordenamiento que había tras la enseñanza primaria y eran de cuatro años de gramática, lectura y comentario de poetas e historiadores y cuatro años para el estudio de retórica y filosofía. Una ley de este tiempo, que se aplicaba en Roma, era que el alumno debía concluir sus estudios a los veinte años, como muy tarde. En su memoria quedará grabado el nombre de su mejor maestro: Elio Donato.
En sus años de Roma, los estudiantes copiaban manuscritos que luego llevarían allá donde estuvieran, pues era la única forma de hacerse con una «biblioteca». Pero además de la escuela, donde se formaban en la palabra escrita, Jerónimo no olvidó la expresión oral y, en sus años de Roma, asistiría frecuentemente a los discursos del Foro y él mismo se ejercitaría declamando piezas ficticias, como «fingidos discursos judiciales». Roma formó al humanista Jerónimo y siempre viajó junto a él la «biblioteca» que copió en Roma. Los ejercicios estilísticos de juventud no eran para él un esfuerzo sino un juego y así no utilizará la palabra exercere (trabajar), sino ludere (gozar, jugar); no ocurre lo mismo con sus escritos en la época de madurez.
Además de su formación y su «biblioteca», Jerónimo se llevó de Roma el afecto de un puñado de amigos, como Rufino de Aquileya, Heliodoro de Altino y Panmaquio y sobre todo la alegría íntima que le proporcionó el haberse bautizado. De ello escribirá dos cartas al papa Dámaso desde el desierto. El bautismo le confiere una cierta unión constante con Roma, una adhesión doctrinal con la cátedra de Pedro. Esta unión se le hacía más clara al comprobar, durante su estancia en Antioquia, el confusionismo arriano que le rodeaba y le presionaba, y así se dirige a «la Cátedra de Pedro en busca de alimento para su alma, pues en ella ha recibido en otro tiempo la vestidura de Cristo». Jerónimo se bautizó a los veinte años en Roma.
No parece que las «delicias romanas» descarriaran mucho a Jerónimo con pecados de juventud, como él mismo reconocerá más tarde, pues sus estudios le absorbían plenamente. Él mismo recapitulará más tarde el efecto que le producían: «los poemas de los poetas, la sabiduría de los clásicos, la pompa de las palabras retóricas, todo esto agrada por su suavidad a todo el mundo y, al arrebatar los oídos con versos que corren dulcemente modulados, penetran también el alma y encadenan lo íntimo del corazón.» Pero su corazón fuertemente encadenado por el estudio no dejó muchos espacios libres para las liviandades, que seguramente también conoció. Sus amistades, por su trayectoria, tampoco parece que fueran un obstáculo, más bien todo lo contrario, pues le ayudaron a la maduración de la vida cristiana que había vivido en su propia familia. En sus escritos recoge las menudas experiencias de fe, hechas con sus amistades a lo largo de su estancia en Roma. Recuerda la impresión que le hacen sus visitas a las catacumbas y a las reuniones de la comunidad, que, aunque no las realiza con mucha frecuencia, queda impresionado por el fervor del pueblo y la memoria de los mártires y le sobrecoge el «amén» que pronuncian los fieles, «que resuena como un trueno y llega con su eco hasta los templos vacíos de los ídolos».
La vida de fe de Jerónimo, en esta época, aunque no fuera un dechado de profundidad, tampoco se puede decir que estuviera del todo aletargada, sino que tuvo la fuerza de llevarle al bautismo que recordará como la gran experiencia que marca su vida de estudiante. Sin embargo, más tarde él recordará que, así como su formación clásica se había convertido en una especie de segunda naturaleza, su formación religiosa apenas pasaba de ser un mero añadido. El Jerónimo posterior consideraría a este Jerónimo recién bautizado como un «párvulo de Cristo».











